Por Nicolás Bordon- El episodio ocurrido en la Escuela N°40 «Mariano Moreno» dejó al descubierto una trama delicada: un adolescente de 15 años que, según las primeras reconstrucciones, atravesaba conflictos personales, posibles situaciones de acoso y un entorno emocional complejo. Pero más allá de los datos puntuales, lo que emerge con fuerza es la necesidad de comprender algunos de los conceptos que expone la tragedia.
El bullying como proceso y no como hecho aislado
Para la psicóloga Silvana Best, especialista en ciberacoso y bullying, el primer error frecuente es simplificar el concepto. «El bullying no es cualquier conflicto. Implica una agresión intencional, injustificada y sostenida en el tiempo», explica, subrayando que se trata de dinámicas que se repiten durante meses y colocan a la víctima en una posición de vulnerabilidad estructural.
Esta precisión no es menor. En un contexto donde muchas veces se banalizan ciertas formas de violencia cotidiana, distinguir entre un conflicto puntual y un proceso sistemático resulta clave para intervenir a tiempo. Según Best, las manifestaciones del bullying son múltiples: desde insultos y exclusión hasta agresiones físicas, amenazas o la circulación de rumores, una práctica cada vez más frecuente.
A este escenario se suma un factor determinante: la expansión de los entornos digitales. «Lo que comienza en la escuela continúa en los grupos de WhatsApp, en Instagram o en TikTok», señala la especialista, marcando cómo la violencia deja de estar circunscripta a un espacio físico y se vuelve permanente, sin pausas ni refugios posibles para quien la sufre.
Aquí aparece una de las claves interpretativas más profundas. El sociólogo Pierre Bourdieu, en «La dominación masculina» (1998), advierte que las relaciones de poder se naturalizan cuando se vuelven invisibles para quienes las padecen. En el bullying, esta lógica se traduce en una violencia que muchas veces no es reconocida como tal por el entorno, lo que agrava su impacto y prolonga su duración.
La soledad de las víctimas y la fragilidad de los lazos
Uno de los aspectos más preocupantes que señala Best es la posición en la que queda quien sufre bullying: una situación de indefensión donde no cuenta con herramientas para cortar el circuito de violencia. «Muchas veces se le dice ‘defendete’, pero no siempre hay recursos para hacerlo», advierte.
En este punto, la red de pares aparece como un sostén fundamental. Los compañeros, incluso aquellos que no participan directamente en la agresión, cumplen un rol clave. No intervenir también es parte de la dinámica del problema. Sin embargo, la especialista destaca que en los últimos años se observa un cambio: los grupos de amigos comienzan a funcionar como espacios de contención y resiliencia.
En un contexto de relaciones cada vez más inestables, la capacidad de sostener al otro se vuelve un recurso escaso, pero al mismo tiempo indispensable.
La pregunta que subyace es inquietante: ¿qué tan disponibles estamos, como sociedad, para ver y escuchar lo que les pasa a los adolescentes?
Más allá de los casos extremos, la mirada de Best apunta a una dimensión estructural. «Estamos perdiendo destrezas para vivir con otros», sostiene, en referencia a una vida cada vez más mediada por lo digital. Esta transformación no solo afecta la comunicación, sino también la capacidad de empatía, de lectura del otro y de intervención frente al sufrimiento ajeno.
En ese marco, la escuela aparece como un espacio clave, pero insuficiente si actúa en soledad. La especialista insiste en la necesidad de abordajes comunitarios que involucren a familias, docentes y entornos barriales, en un contexto donde los lazos se vuelven cada vez más frágiles. Porque en esa pérdida, que va desde la dificultad para sostener una conversación hasta la incapacidad de reconocer y acompañar situaciones de injusticia, se juega una parte central del problema.



