Por Nicolás Bordón- El testimonio de Alberto «Beto» Emmert, comerciante de avenida Mitre, expone con crudeza un proceso que ya no puede leerse como una suma de hechos aislados. Frente a años de ausencia estatal y a un desborde social que avanza sin regulación, decidió contratar seguridad de la PDI para proteger su cuadra. Su relato interpela al conjunto de la ciudad y plantea una advertencia de fondo: cuando el Estado se retira, la convivencia se rompe y cada vecino empieza a arreglarse como puede. Desde CASTELLANOS, una lectura necesaria sobre inseguridad, fragmentación social y el riesgo de naturalizar lo intolerable.
Del hecho puntual al desborde estructural
Emmert no habla desde la improvisación ni desde el enojo circunstancial. Habla desde la experiencia acumulada. Hace 31 años que su comercio, El Establo, funciona en avenida Mitre 532. Conoce la dinámica del barrio, sus cambios y sus tensiones. Por eso, cuando relata el momento en que la situación dejó de ser manejable, lo hace con precisión.
«Cuando empezaron a llegar los trapitos supe que esto se iba a complicar», explica. No lo dice como una intuición liviana, sino como quien reconoce el inicio de una secuencia conocida. La presencia se volvió permanente, el consumo empezó a darse a plena luz del día y el espacio público dejó de ser compartido para transformarse en territorio apropiado.
Lo que siguió no fue inmediato, sino progresivo. Emmert habla de nueve años de situaciones reiteradas, de denuncias, de reclamos que nunca terminaron de resolverse. «Esto no empezó hace dos meses ni hace dos días. Hace nueve años que está así», insiste, desarmando la idea de un episodio aislado.
En ese proceso, la violencia dejó de ser excepcional y empezó a integrarse a la rutina. «Nos estamos acostumbrando a los tiros», dice. Y ahí aparece una de las alertas más profundas de su testimonio: cuando una ciudad se acostumbra, deja de reaccionar.
No naturalizar, no callarse, no correrse
El punto de quiebre llegó cuando las amenazas dejaron de ser abstractas. Emmert relata un episodio concreto: un hombre consumiendo drogas frente a su local, la intervención para sacarlo del lugar y la respuesta con un arma blanca. Luego, las amenazas. La denuncia fue realizada. Pero algo cambió.
«Yo no me voy a callar», afirma. «Pago impuestos, doy trabajo, vivo acá. No me voy a acostumbrar». En esa decisión aparece una ética ciudadana que recorre toda la entrevista. Para Emmert, callar es ceder terreno. Y ceder terreno es habilitar el avance.
La contratación de seguridad privada no surge del deseo, sino de la necesidad. «No es justo tener que pagar para vivir tranquilo, pero no me voy a quedar con los brazos cruzados», explica. Por eso decidió ser «la punta del ovillo» y probar durante 12 días un esquema de vigilancia con efectivos de la PDI, financiado inicialmente de su bolsillo.
El gesto tiene una dimensión individual, pero también colectiva. «El territorio no es de ellos, es de todos», sostiene. No habla desde la exclusión, sino desde la defensa de reglas mínimas de convivencia que, según su mirada, dejaron de regir.
Convivir con otras lógicas yel riesgo de la fragmentación
Uno de los tramos más densos del testimonio aparece cuando describe la convivencia cotidiana con personas que, según sus palabras, «tienen otra forma de ver y vivir la vida». No se trata de una diferencia cultural abstracta, sino de prácticas concretas.
«No les importa la basura, no les importan los perros que muerden, viven como si el barrio fuera de ellos», describe. El consumo frente a los comercios, la violencia verbal, la apropiación del espacio y la sensación de impunidad configuran un clima que erosiona cualquier intento de vida común.
Aquí resulta pertinente traer a colación a Zygmunt Bauman, cuando advertía que las sociedades se fragmentan cuando el Estado deja de ser garante de seguridad y previsibilidad, y traslada esa responsabilidad al individuo. Lo que aparece entonces no es comunidad, sino supervivencia.
Eso es lo que subyace al relato de Emmert. No hay odio, hay cansancio. No hay revancha, hay defensa. «Si vos te quedás quieto, estas personas avanzan», resume. La presencia policial momentánea logró, al menos, frenar ese avance. Pero el propio entrevistado sabe que no es una solución de fondo.
Por eso insiste en no normalizar, en no mirar para otro lado, en no acostumbrarse. Porque cuando la costumbre se instala, la decadencia deja de ser una hipótesis y se vuelve destino.
Desde CASTELLANOS, sostenemos que el testimonio de Alberto Emmert no habla solo de avenida Mitre. Habla de una ciudad que empieza a fragmentarse cuando el Estado no regula, cuando la inseguridad se privatiza y cuando los vecinos deben defenderse solos para seguir viviendo donde siempre vivieron.



