A pesar de las advertencias, las notas publicadas y las intervenciones estéticas impulsadas por el municipio, la presencia de personas durmiendo en la vía pública y en edificios del Estado sigue siendo una postal cotidiana en Rafaela. La imagen actual del estacionamiento de la Secretaría de Cultura, hoy nuevamente habitado pese a la colocación de pinches metálicos, confirma que la gestión local continúa reaccionando tarde, sin políticas de fondo y con una mirada que prioriza el orden visual por sobre la dignidad humana. Desde CASTELLANOS, retomamos un problema que venimos señalando durante todo el año y que, a la vista de los hechos, permanece intacto.
Un problema advertido que el tiempo volvió a confirmar
La escena es la misma, el lugar también. Personas durmiendo a la intemperie en un espacio público perteneciente al municipio, utilizando frazadas, cartones y bolsos como único resguardo frente al frío y la noche. La diferencia es que, esta vez, la postal convive con una intervención previa del propio municipio: pinches metálicos colocados para impedir que las personas se recuesten.
La imagen actual del estacionamiento de la Secretaría de Cultura no es una excepción ni un hecho nuevo. Es la continuidad de un proceso que CASTELLANOS ya había analizado meses atrás al abordar la ocupación de la Recova Ripamonti y otros espacios públicos por parte de personas en situación de calle.
Entonces, como ahora, el diagnóstico era claro: la calle no es una elección individual, sino la consecuencia visible de una trama de exclusión que el municipio no logra (o no decide) abordar de manera integral. El tiempo no desmintió aquella lectura. La confirmó.
Como señala la socióloga Elizabeth Jelin en “Los trabajos de la memoria” (2002), no existe política patrimonial, cultural o urbana que pueda desligarse de las condiciones materiales del presente. Cuando el Estado protege edificios pero desatiende cuerpos, lo que queda no es memoria ni cultura, sino una gestión escindida de la realidad social.
Arquitectura defensiva y exclusión estética
La colocación de pinches metálicos en espacios públicos sintetiza una forma de intervenir que no resuelve el problema, pero lo desplaza. No busca asistir, acompañar ni incluir, sino evitar la visibilidad de la pobreza. El mensaje es inequívoco: no molesta tanto la exclusión como su presencia en lugares centrales de la ciudad.
Sin embargo, incluso esa lógica fracasa. Las personas vuelven. Duermen igual. Se acomodan entre obstáculos diseñados para expulsarlas. Y ese dato debería interpelar con fuerza a cualquier gestión: cuando alguien duerme entre pinches, el límite moral ya fue cruzado.
Loïc Wacquant, en “Castigar a los pobres” (2009), advierte que las políticas urbanas que reemplazan la protección social por mecanismos de hostigamiento simbólico terminan criminalizando la pobreza sin reducirla. La marginalidad no desaparece: se vuelve más cruel, más visible y más deshumanizada.
La imagen actual lo demuestra con crudeza. Allí donde el municipio intentó imponer una solución defensiva, el problema persiste, exponiendo la impotencia de una política pública que confunde gestión con escenografía.
Cuando el Estado llega tarde y la calle llega primero
Lo más preocupante no es solo la repetición de la escena, sino la ausencia de una política sostenida de abordaje integral. No hay dispositivos visibles de acompañamiento, no hay estrategias de contención de largo plazo, no hay presencia estatal constante en el territorio. Hay reacción, y casi siempre posterior a la exposición pública.
Tal como ya se planteó en esta misma columna meses atrás, el municipio aparece siempre detrás de los hechos, empujado por la indignación social o la viralización de imágenes que incomodan. Esa lógica no construye soluciones: administra urgencias.
Rafaela no está exenta de ese proceso. La persistencia de personas durmiendo en edificios públicos y la vía pública, incluso después de intervenciones restrictivas, revela una gestión que no logra enfrentar el problema de fondo.
En síntesis, la foto actual del estacionamiento de la Secretaría de Cultura no agrega una novedad: agrega evidencia. Confirma que lo que venimos señalando durante todo el año, sigue ocurriendo de la misma manera. Sin cambios estructurales, sin políticas integrales y sin una mirada ética que coloque a la dignidad humana por encima del orden urbano.
Dormir en la calle no es una infracción, es una tragedia social. Y cuando el Estado responde con pinches en lugar de presencia, con estética en lugar de acompañamiento, lo que queda al descubierto no es la pobreza ajena, sino la insuficiencia de la gestión pública para estar a la altura del problema.



