Por Nicolás Bordón
Una democracia fatigada
La participación electoral a nivel nacional fue del 66%, según datos oficiales difundidos al cierre del escrutinio. Es uno de los valores más bajos desde el retorno de la democracia, lo que implica que más de 12 millones de argentinos (34% del padrón) decidieron no asistir a las urnas.
El fenómeno no sorprende a los analistas: la tendencia descendente ya se había advertido en los diez distritos donde las Elecciones Provinciales se desdoblaron entre abril y septiembre. En seis de ellos, ni siquiera se alcanzó el 60% de votación. La combinación de malestar social, deterioro económico y desconfianza institucional parece haber cristalizado una relación desgastada entre ciudadanía y clase dirigente.
El estudio reciente de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, había proyectado una participación esperada de entre el 65% y el 69%, y efectivamente el resultado final quedó en el piso de esa estimación. El ausentismo, lejos de ser una anécdota estadística, es hoy un indicador político de magnitud: revela una ciudadanía que ya no percibe el voto como herramienta de transformación, sino como un trámite sin efectos concretos sobre la realidad.
Como escribió Pierre Rosanvallon en «La contrademocracia» (2006), la desconfianza se ha convertido en el modo ordinario de la relación política en las sociedades contemporáneas. En esa lógica, la urna ya no funciona como un espacio de representación sino como un espejo del desencanto.
El contraste local: Castellanos fue una excepción
En contraste con el cuadro nacional, el Departamento Castellanos registró una participación del 64,74%, consolidando un crecimiento de más de 12 puntos porcentuales respecto a las Elecciones Provinciales de mitad de año, cuando apenas votó el 52% del electorado.
La mejora, aunque aún por debajo de los niveles históricos de la democracia argentina, resulta significativa si se tiene en cuenta el contexto general de apatía. En términos simbólicos, expresa una reacción cívica en territorios donde el tejido social y la identidad comunitaria siguen funcionando como resortes de pertenencia y compromiso.
En Rafaela, cabecera departamental, las escuelas mostraron un flujo sostenido de votantes a lo largo de la jornada, con una participación que superó la media provincial y se acercó al promedio histórico local. Este comportamiento, según analistas consultados, puede explicarse por una cultura política territorialmente más densa, donde el vínculo entre representantes y ciudadanos todavía conserva un grado de cercanía y reconocimiento.
La comparación con otros distritos santafesinos refuerza esta singularidad: en las Elecciones Provinciales del pasado julio, Santa Fe había tenido una concurrencia del 55,4%, una de las más bajas del país. Que el mismo electorado haya alcanzado ahora casi diez puntos más, sugiere que el agotamiento político nacional no se traduce de manera lineal en todos los territorios.

Desafección y representatividad
El politólogo Pierre Bourdieu advertía en «Sobre el Estado» (2012), que la participación no se distribuye al azar: es el producto de una competencia simbólica donde los sectores más alejados de los centros de poder tienden a autoexcluirse. En ese sentido, la caída nacional de la concurrencia podría leerse como un efecto de distancia social y política, más que de indiferencia pura.
Los datos oficiales de las autoridades electorales de cada provincia, confirman que el promedio histórico de participación desde la implementación de las PASO (2011) fue del 77%, con un descenso al 72% en 2021 (influido por la pandemia), y ahora al 66% en 2025. El deterioro es sostenido y abre interrogantes sobre la legitimidad futura de los mandatos electos con un tercio del país ausente.
Como sostiene Zygmunt Bauman en «Tiempos líquidos» (2000), vivimos una era en la que la ciudadanía se experimenta más como un consumo de derechos que como una práctica de participación. En esa clave, la erosión del compromiso electoral se vuelve síntoma de una ciudadanía fatigada, atrapada entre la precariedad económica y la saturación mediática.
Entre la alarma y la oportunidad
El dato del 64,74% en el Departamento Castellanos no es menor: muestra que aún hay espacios donde el voto conserva sentido colectivo. En sociedades medianas como Rafaela, donde la política aún tiene rostro y nombre, el acto de votar no se reduce a un gesto abstracto sino a una práctica social cargada de historia.
El desafío, para los partidos y las instituciones, será reconstruir la confianza en un escenario donde la participación dejó de ser un reflejo automático. Si la abstención nacional encarna el hartazgo, la respuesta local puede ser leída como un recordatorio de que la democracia todavía respira desde abajo, en los territorios donde el vínculo cívico persiste como valor compartido.



