La desidia estatal deja crecer la chatarra urbana

La proliferación de vehículos quemados y abandonados en espacios verdes y urbanos revela la falta de atención del Municipio frente a un problema que se reproduce día tras día. La chatarra avanza sin permiso sobre espacios naturales, generando riesgos para la salud y una clara degradación estética de la ciudad. Desde CASTELLANOS, analizamos el impacto que tiene este abandono de espacios públicos y principales arterias de acceso a la ciudad, por parte de las autoridades municipales.

Rafaela empieza a acostumbrarse a una nueva postal cotidiana: vehículos oxidados y sin ruedas que yacen como esculturas del abandono a la vera de calles y paseos. No es arte moderno, ni una metáfora sobre el futuro distópico que ya vivimos, sino que, por el contrario, es simplemente la evidencia material de una ciudad que falla en el control y fiscalización de los espacios públicos.

Las imágenes no necesitan demasiadas palabras. La camioneta petrificada, sin motor ni alma, con la trompa abierta como si pidiera auxilio, está ahí desde hace semanas. Nadie la reclama, nadie la remueve, nadie fiscaliza y nadie responde. El Estado Municipal (tan activo para aumentar exponencialmente los impuestos y tasas) parece desvanecerse cuando se trata de cuidar el territorio común.

El politólogo Pierre Rosanvallon, en «La contrademocracia» (2006), advierte que la vitalidad democrática no depende sólo de la voluntad de los ciudadanos, sino también de un Estado capaz de sostener presencia y atención en los asuntos comunes. Cuando esa presencia se diluye, lo que emerge es un vacío. Y en los vacíos crece la impunidad. O el óxido. No se trata ya de castigar al vecino que abandona su vehículo. Se trata de preguntarnos por qué el aparato público no logra prevenir ni revertir esta postal de degradación urbana. No alcanza con operativos esporádicos ni con declaraciones de buenas intenciones. Cuando el abandono se vuelve permanente, deja de ser caso aislado y se vuelve parte del paisaje cotidiano.


Loïc Wacquant, al estudiar la marginalidad urbana en su obra «Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado» (2007), plantea que la miseria no sólo se mide por la falta de recursos, sino por el modo en que el entorno físico se va transformando en reflejo del abandono institucional. Calles rotas, autos destruidos y veredas tomadas por malezas, son todos elementos que conforman una gramática visual del deterioro. Y lo más grave, nos acostumbramos a ella. La incorporamos como fondo permanente, como si la ciudad ya no mereciera otra estética que la del desgaste. Esta naturalización del deterioro, es una forma silenciosa de violencia urbana.

El problema no es el hierro, el óxido ni el hollín. Es la señal que se envía. Se trata de un patrón urbano que delata la ausencia de planificación, fiscalización y cuidado constante. El problema no es el auto viejo; es el tiempo que lleva ahí, la falta de respuestas, la burocracia que demora todo y el silencio que lo rodea.

Mientras tanto, el óxido avanza y las malezas crecen a su alrededor. En este septiembre, además de lapachos, es común ver paisajes decorados con estos nuevos juguetes para lauchas, ratas, ratones, comadrejas y demás especies. Sin dejar de contemplar, claro, el toque artístico que le aporta a la naturaleza del lugar. Parece que la persona que abandono el vehículo de la foto, confundió el cartel. Leyó «Ángela de la Casa» y pensó que era una recolectora, en lugar de una colectora. Esto nos demuestra que, al fin y al cabo, lo que no se limpia, se incorpora; lo que se abandona, se queda; y lo que se decide ignorar se vuelve invisible. Cuando el Estado deja hacer, deja ser. Y cuando deja ser, más que abandono, lo que queda es territorio liberado.

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