Por Nicolás Bordón – La tarde del pasado domingo, regaló un clima ideal para la celebración del «Día de las Infancias» en la ciudad. Desde temprano, la Plaza «25 de Mayo» comenzó a poblarse de familias que, con mate en mano y sonrisas expectantes, se sumaron a una propuesta que combinó música, juegos, arte y deporte. Castillos inflables, ludotecas, teatrillos de títeres, rayuelas gigantes y espacios de pintura libre ocuparon cada rincón, mientras payasos, mimos y estatuas vivientes recorrían los senderos generando risas y asombro.
La amplia oferta artística se desplegó en dos escenarios: uno central, que recibió a la Banda Municipal de Música, a «Gurubú Rock», a integrantes del Centro de Día DIAT y a «Pido Gancho»; y otro con propuestas itinerantes de danza, teatro y animación. A un costado, el circuito deportivo convocó a niños y jóvenes al vóley y al boxeo recreativo, mientras el Museo Histórico abría sus puertas para visitas guiadas. La gastronomía también tuvo su espacio, con food trucks, barras de bebidas y zonas de descanso que invitaron a prolongar la estadía hasta entrada la tarde.

Rituales que construyen comunidad
Más allá de la diversión, este tipo de celebraciones públicas cumplen una función social fundamental. La antropóloga Bárbara Myerhoff, en «Number Our Days» (1978), señala que los rituales comunitarios actúan como un pegamento simbólico que fortalece el sentido de pertenencia y continuidad entre generaciones. Cuando una comunidad se reúne para celebrar a sus niños, no sólo reconoce su presente, sino que proyecta en ellos sus valores y expectativas de futuro.
En la misma dirección, el psicólogo Lev Vygotsky en «El desarrollo de los procesos psicológicos superiores» (1931), subraya que las experiencias colectivas en contextos lúdicos potencian el aprendizaje social y emocional de la niñez. El juego compartido (ya sea en una plaza, en una rayuela dibujada con tizas o en un espacio para cantar) permite que los niños se enfrenten a desafíos, aprendan a cooperar y desarrollen habilidades que luego trasladan a otros ámbitos de la vida.
En un plano más contemporáneo, la pedagoga italiana Loris Malaguzzi, creadora de la filosofía de Reggio Emilia, afirmaba que los lugares que escuchan a la infancia son los que mejor cuidan de su futuro. Los espacios públicos, en este sentido, no son meros escenarios para actividades sino que por el contrario, se convierten en territorios donde la ciudad reconoce a los niños como ciudadanos plenos con derecho a ocupar, transformar y resignificar el entorno.
En tiempos donde las infancias crecen en entornos cada vez más mediados por pantallas, el contacto con la comunidad en espacios abiertos se convierte en un acto reparador. Como advierte Francesco Tonucci en «La ciudad de los niños» (1996), la calle, la plaza y el parque no son sólo lugares físicos, sino escenarios de socialización y construcción de ciudadanía desde los primeros años de vida. El «Día de las Infancias», celebrado de esta forma, no es sólo un evento anual. Es un recordatorio de que una ciudad viva es aquella que abre sus espacios y su tiempo para el juego, el encuentro y la alegría compartida.

Propuestas artísticas que dejaron huella
La diversidad de actividades permitió que cada niño encontrara su espacio; desde quienes disfrutaron pintando pizarras hasta quienes bailaron al ritmo de las bandas. En este contexto, «Gurubú Rock», la banda reconocida por sus versiones de canciones de María Elena Walsh con un toque rockero y energético, logró que chicos y grandes cantaran a coro clásicos que atraviesan generaciones.
En relación con la posibilidad de participar de estos festejos, Bresan expresó: «Para nosotros es súper importante transitar los espacios donde se celebra la infancia porque son espacios que disfrutamos mucho. Hay algo que sucede cuando vemos la reacción del público al momento del show, que es realmente impagable».
«Desde que comenzamos con la banda, el objetivo fue traer las canciones de nuestra infancia a un público actual, del presente. La búsqueda giraba en torno a encontrar sonidos que puedan captar la atención de niños, niñas, adolescentes; pero que a su vez, permita a los adultos presentes emprender un viaje a sus propias infancias. La esencia de nuestra maravillosa María Elena Walsh, invita a que todo el público pueda bailar y cantar a través de su música».
Por otro lado, en lo que refiere a la respuesta recibida por el público, el músico agregó: «Desde Gulubu, siempre esperamos el disfrute de todo el público y nos llena de satisfacción recibir devoluciones tan amorosas luego de cada show; tal como sucedió esta tarde. La alegría de disfrutar las canciones, que la gente se divierta, que conozcan o recuerden la obra de María Elena Walsh y también, que puedan llevarse un mensaje, es parte de nuestros objetivos cada vez que nos presentamos. Hace poco fuimos al museo de María Elena Walsh en Buenos Aires, Casa Meu, la casa donde vivió María Elena y donde se encuentra el famoso árbol del Jacarandá; y luego de la presentación nos regalaron una semilla de Jacarandá de ese mismo árbol a cada uno de nosotros. Devoluciones como esas y como la de esta tarde en la plaza, nos reconfortan mucho y nos llenan de energía para continuar transitando este camino».
Por último, como balance y mensaje a las infancias, Bresan expresó: «Nos pone muy felices saber que el público pudo divertirse y disfrutar mucho del espectáculo, y que quedaron las ganas de que se repita en algún otro momento. El mensaje que quisimos transmitir es que no hay edad para sentirse niño o niña y que nunca dejen de jugar porque es una herramienta formadora y liberadora».



