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Enfoques

Llegó carta de Madrid

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Por Vicente Massot. La vicepresidente está hoy más preocupada por las causas que la involucran junto a sus hijos que por cualquier otra cosa. En este orden, es que reservadamente ha tomado contacto en las últimas semanas, con referentes de peso, tanto de la oposición como de la judicatura, con el propósito —ciertamente difícil de llevar a la práctica— de sondear el ambiente y tratar de desenvolver un plan al que cabría definir como de borrón y cuenta nueva. Para decirlo en forma más clara: que ella y Mauricio Macri queden a cubierto de toda inclemencia judicial. El viernes pasado tuvo razones para alegrarse, enterada de una decisión del Tribunal Oral Federal 5, la que descontaba. Dados los antecedentes de dos de los magistrados intervinientes, Daniel Obligado y Adrián Grunberg, lo raro hubiese sido un fallo de naturaleza contraria al emitido. Sucedió algo que estaba cantado y le significó a la viuda de Kirchner un triunfo parcial. Ahora su suerte quedará en manos de la sala 1 de Casación Penal en donde cuenta, de antemano, con una jueza que le ha sido siempre fiel y que votará en su favor: Ana María Figueroa. En cuanto a los otros dos integrantes de ese tribunal, Daniel Petrone y Diego Barroetaveña, son independientes. Hora antes de que se conociera el fallo del TOF 5 —que sin haber realizado el juicio correspondiente sobreseyó al vicepresidente del delito de lavado de dinero en el caso Hotesur y Los Sauces— los dos jueces mencionados, con la disidencia de Figueroa, rechazaron un pedido del abogado de Cristina Fernández que objetaba la elevación a juicio oral de esa causa. Parece difícil que cambien de opinión a esta altura.
En petit comité, la Señora califica a Alberto Fernández de inútil y teme que haga un desastre. Por eso es que desea estar lo más lejos posible del centro donde se toman las decisiones políticas. Si bien es consciente que no está en condiciones de despegarse del todo —porque no en balde es la segunda en la línea de sucesión y la jefa del Frente de Todos— prefiere hacer malabarismos y dar la impresión de que no se mete en los asuntos propios del Ejecutivo y, por lo tanto, no es responsable de los desaguisados que este produzca. En concreto, el mayor temor de la Señora —fuera de los temas judiciales ya citados— es la deriva que lleva la economía. No hay que ser un especialista en la materia ni un experto en finanzas públicas para darse cuenta de que el eslabón más débil de la cadena gubernamental son las reservas. Si las de libre disponibilidad orillan los U$ 2.500 MM o están debajo de la línea de flotación —dicho con lenguaje poco académico— no es tan importante como el hecho, innegable, de que así es imposible llegar a marzo del año próximo. Esa certeza, unida al escaso criterio de las autoridades del Banco Central y del Ministerio de Hacienda, han logrado llevar la desconfianza e incertidumbre ciudadanas a topes peligrosos.
La circular ordenada por Miguel Pesce que se conoció el viernes, sumada a la prohibición de la venta de paquetes turísticos en cuotas por parte de las agencias del ramo, lo único que generaron fue bronca de parte de la clase media —incapacitada de veranear fuera del país si no es apelando a esa modalidad instalada, entre nosotros, desde hace décadas— e inquietud acerca de los depósitos en dólares de los particulares. Tan cierto es que el lunes aquella institución bancaria debió lanzar un comunicado aclarando los tantos. Pero la duda ya estaba instalada —y con razón— en mucha gente. Su razonamiento es sencillo. Se basa en el pasado, o sea, en las experiencias recurrentes que a muchos les comieron sus ahorros, y reza así: ¿quién nos asegura que no echaran mano de esos depósitos? Nadie, en virtud de que el Gobierno ha perdido toda credibilidad. Al margen de otro dato verificable: si hubiese reservas suficientes y la devaluación fuese sólo un run run echado a correr por los enemigos del régimen, qué necesidad hay de repetir todos los días que no se tocará el tipo de cambio y que las reservas no hacen ruido.
Por más que tres reputados economistas proveniente de la oposición —Lucas Llach, Martín Tetaz y Hernán Lacunza— hayan salido a coro a proclamar el lunes que era un disparate pensar que los depósitos de los particulares peligraban —lo cual es verdad si nos atenemos a la teoría y a la práctica de los países civilizados— cada día hay más personas que desconfían de las razones técnicas. Da toda la impresión de que el kirchnerismo, en el laberinto en el que se haya metido, está raspando el fondo del tarro con una gillette. No sabe más que inventar para cuidar las pocas reservas que le quedan. Riza el rizo respecto del cepo con el propósito de pasar de cualquier manera el verano. En medio del derrumbe de los bonos, la aguda desconfianza de los mercados, la pronunciada suba del riesgo país —arriba de los 1.900 puntos— y las arcas semivacías del Banco Central, hay sobrados motivos para preocuparse.

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El sueño de los héroes

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Por Rogelio Alaniz.
I
Ser reconocido por los «mayores» y en particular por los mayores que se admira o se respeta, suele ser la aspiración de todo jovencito que pretende ingresar al mundo, a la vida. No hablo en nombre de todos. Hablo de mi caso. Durante años -los de mi adolescencia y juventud- me jacté de que los mayores me aceptaran a su lado, que me permitieran estar en la mesa del café que ocupaban y participar en las conversaciones de ellos. Estoy hablando de hombres quince o veinte años más grandes que yo; hombres que cuando yo aún no había cumplido veinte años ellos ya andaban arañando los cuarenta. ¿Por qué esa afición? Tal vez un psicoanalista tenga alguna respuesta tentativa. Por lo pronto, mi respuesta callejera es que de esos hombres mayores recibía experiencia, «cancha». Y por lo tanto su decisión de aceptarme era un reconocimiento a mis aspiraciones por llegar a ser hombre, por adquirir experiencia, calle, vida. «El sueño de los héroes», titularía Adolfo Bioy Casares. ¿Prejuicios? Seguro. Pero a mis años ese es un lujo que puedo permitirme. Narro lo que viví y cómo lo viví. No pretendo dar lecciones de moral y mucho menos atribuirme dotes de sabiduría. Hablo de lo que fue mi oficio de vivir en una edad complicada y con referencia a un chico algo «complicadito» como era yo entonces. 
II
No voy a dar los apellidos de mis maestros juveniles. De algunos de ellos me limitaré a mencionar sus nombres. Luego, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. A Juan lo recuerdo en el bar Torino, el de bulevar y San Lorenzo. Siempre de madrugada. Vivía en una casa de estudiantes, en una de esas cortadas que abundan «detrás» de la Sociedad Rural. Estudiaba de noche y a la madrugada desayunaba en el bar. Allí nos encontramos muchas veces. Juan tenía entonces treinta y cinco años, uno más o uno menos. Rosarino. Le gustaban los burros, el naipe y la política. Alguna vez me dijo que conoció la felicidad del amor, pero su soledad ahora era absoluta. Como su desencanto. Buen lector. Él me presentó «La condición humana», de Malraux; «Palabras», de Prevert y «El barón rampante», de Calvino. Simpatizaba con Arturo Frondizi. Consideraba que era un estadista florentino. A un izquierdista irredento como era yo entonces, Juan le enseñó a ver la política desde otra perspectiva. Jugaba al póker en el Club Universitario y en una timba de estudiantes que funcionaba por calle Castellanos. Pero su pasión eran los burros. Y su lenguaje era burrero. Nunca me dijo Rogelio o Turco. Me decía «Potrillo». Y en su jerga era un reconocimiento, un honor y una demostración de afecto.
 III
A Chochó no recuerdo exactamente dónde lo conocí. Creo que fue en un asado de otro estudiante crónico y timbero que vivía en calle Güemes y que reunía todas las condiciones, psíquicas y físicas, para ser un personaje de Dostoievski. Viernes o sábado a la noche. Chochó llega con su traje, su corbatín y su sombrero. Debe de haber andado entonces por los cuarenta y cinco años, pero podría haber cantado sesenta sin que nadie lo contradijera. Robusto, lentes de marcos negros, voz enronquecida, lenguaje donde se mezclaban las palabras cultas con el lunfardo. Y peronista a carta cabal. Más que peronista, nacionalista, si esa distinción es posible. Por supuesto discutimos. Y fiero. Tenía un revólver y en algún momento lo apoyó en la mesa. Pero después, vaya uno a saber por qué inescrutables razones del Altísimo, me aceptó como amigo. La reconciliación se produjo en «Bacán», el boliche del Turco Neme levantado en la esquina de Juan de Garay y 25 de Mayo. No me acuerdo quién era el cantor, pero sí recuerdo cuando él solicitó «A mi manera». También recuerdo que compartía la barra un tipo muy bien vestido al que le decían Petitero, del cual alguna vez contaré algunas historias. Chochó me acusaba de zurdito y liberal. Y tenía razón. Y yo con mis 19 años me defendía como podía. Una noche (hablo de 1981) me invitó a una conferencia organizada por sus compañeros. El conferenciante era José María Rosa, y el lugar, el último piso del Hostal de calle San Martín. En tiempos de dictadura, asistir a una conferencia política, no importa el autor, era toda una hazaña. Balbucee algunas diferencias con el Pepe y Chochó se rió, con esa risa ruidosa y burlona, y me dijo que hiciera lo que se me diera la gana, pero que si decidía ir me portara bien. Fui y me porté como un señorito. Lo escuché al Pepe hablar contra el colonialismo inglés, la Unión Democrática y ponderar el 17 de octubre. No me gustaba nada lo que decía, pero oír hablar de política en 1981 era más importante que lo que dijera. Concluyó la conferencia y salimos todos. Yo bajé en un ascensor y mi única compañía fue un señor llamado Carlos Menem. Yo sabía quién era, pero una confesión quiero que me sea permitida. Sabía quién era ese señor; me resultaban desagradables su poncho, sus patillas, sus zapatos blancos, pero debo admitir que en los diez o quince segundos que demoró el ascensor en descender hasta la planta baja descubrí un tipo agradable. Sobrio, discreto. ¿En tan poco tiempo? A veces, quince segundos alcanzan y sobran. Después hubo unas cervezas en un bar de la Costanera y habló Menem y habló Cuello. A la madrugada, Chochó y yo la recibimos en el bar que está, y sigue estando, frente a la terminal de ómnibus. «Sos buen pibe», me dijo. «Pero para la causa nacional sos un caso perdido». Compartía la mesa un mozo del cabaret y una puta amiga, quienes seguramente no entendieron bien qué quería decirme Chochó… hombre de la noche, nacionalista, calavera, guapo y algunas otras cosas más. 
IV
Chochó era amigo de Agucho y de Miguel. A ellos, los conocí en un boliche que entonces funcionaba en el viejo Mercado Central, antes de que llegara la desolada y estólida Plaza del Soldado. Agucho, Miguel y Chochó. Los tres se jactaban de haber nacido el mismo año: 1928. Su amistad no excluía diferencias políticas. Chochó, peronista y de derecha, como le dijera alguna vez; Miguel, socialista; Agucho, conservador, orgulloso de su linaje y prosapia. Por esas vueltas de la vida, Agucho se vino a vivir a la casa de estudiantes que entonces funcionaba, gracias a mi patrocinio, en calle Mendoza, arriba de La Modelo. Nada diré de su alcoholismo, pero sí mencionaré al pasar su singular condición de buen tipo. Solidario. A su manera un personaje. Equivocado en algunas cuestiones decisivas de la vida. Anacrónico. Pero leal. Una lealtad salpicada por el desencanto y la certeza del absurdo de la vida. Por vaya uno a saber qué motivos, Agucho era amigo de Benjamín. Abogado, traje de abogado, lenguaje de abogado y formal como abogado. Creo que hasta caminaba como abogado. Al mismo tiempo, y sin perder la formalidad y el tono, se decía marxista, pero le repugnaban la URSS, el stalinismo y Mao. «Marxista, pero no leninista», agregaba, como si estuviera recitando un artículo del Código Civil. Sus preferencias eran Trotsky y su versión local en la Argentina: Silvio Frondizi. Benjamín hablaba como dictando cátedra y hacía chistes que solo él festejaba. Se definía como un «trotskista solitario». Sin partido y sin confesión. Decía que no pretendía convencer a nadie, que las prédicas y las monsergas las dejaba para los sacerdotes y sus sustitutos laicos, los militantes. Recordaba con frecuencia sus años de adolescente y en particular el momento en que lo expulsaron del Colegio por negarse a ponerse de pie para rendir homenaje a Evita. Conversábamos largo y tendido en un bar de Suipacha y Rivadavia y en el San Jerónimo de bulevar. Decía no predicar, pero gracias a sus consejos leí la formidable biografía de Trotsky escrita por Isaac Deutscher y la «Historia de la revolución rusa». «No la leas como un libro de historia», me dijo, siempre fumando Particulares y siempre con el vaso de whisky, «léela como si estuvieras leyendo una versión de ‘La guerra y la paz’, de Tolstoi». Repito: entonces yo andaba por los veinte años. Y les aseguro que a pesar de todo, entonces la vida te ofrecía sorpresas todos los días.

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La Tablada y el delirio totalitario

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Por Rogelio Alaniz. Quienes ingresaron al cuartel de La Tablada aquel lunes 23 de enero de 1989 lo hicieron vestidos con uniformes militares y la cara pintada con betún. En la puerta del cuartel arrojaron numerosos volantes firmados por un Ejército Nacional. La intención era manifiesta: los guerrilleros querían ser confundidos con los militares liderados por Rico o Seineldín. Importa detenerse en este detalle porque es más importante de lo parece a primera vista. Es más, toda la estrategia de los guerrilleros se sostenía en este dato inicial. Si se aceptaba que los que asaltaron el cuartel eran militares alzados contra la democracia, todo lo demás era posible.
Las investigaciones posteriores a lo ocurrido son incompletas, entre otras cosas porque los protagonistas contaron una parte de la verdad, algunos por razones de lealtad con sus jefes y otros porque como soldados disciplinados ignoraban los detalles fundamentales de la estrategia de sus jefes. Del cotejo de las diferentes declaraciones, testimonios orales, cartas y libros escritos -entre otros, por el propio Gorriarán Merlo-, pueden deducirse las líneas principales del proyecto que se pensaba poner en práctica esos días.
Básicamente lo que se proponían era demostrarle a la opinión pública que un grupo organizado de militantes sociales había decidido recuperar un cuartel tomado por los «carapintadas». Si como dice Nietzsche, «no existen hechos, sino interpretaciones», la interpretación que se quería imponer era la de una reacción popular frente a los reiterados levantamientos militares. Ese alzamiento popular debía tomar el cuartel de La Tablada, reducir a los alzados en armas, sacar los tanques a la calle y marchar hacia Plaza de Mayo. Se suponía que en el camino el pueblo se sumaría a la vanguardia montada en tanques de guerra.
Mientras tanto, otros grupos armados tomarían las radios y canales de televisión llamando a la sociedad a movilizarse en defensa de la democracia, contra los militares golpistas y en apoyo de los militantes sociales, verdaderos soldados de la causa popular. La puesta en escena concluiría en Plaza de Mayo con un acto multitudinario y, en el lenguaje guerrillero, una nueva y trinunfante correlación de fuerzas a favor de las vanguardias populares.
Para que este objetivo se cumpliera era necesario que se dieran algunos requisitos. El primero se fundaba en una mentira. El cuartel debía ser tomado por los guerrilleros, quienes luego lo presentarían como una «contratoma» orientada a reducir a los golpistas. El segundo requisito respondía a una fuerte creencia ideológica. Una vez que los tanques conducidos por los guerrilleros salieran a la calle, el pueblo se sumaría a la pueblada y marcharía jubiloso detrás de ellos entonando canciones de victoria.
La toma de los medios de comunicación y el copamiento de la plaza forman parte de la clásica técnica del golpe de Estado, un operativo que la tradición izquierdista califica con el nombre de insurrección popular. La multitud conducida por los guerrilleros reunida en la plaza habría de imponerle condiciones políticas a Alfonsín, quien a partir de allí -ellos no lo dicen, pero lo digo yo- se transformaría en un títere de la flamante vanguardia popular, en una marioneta manipulada no por los coroneles de Seineldín sino por los comandantes de Gorriarán Merlo.
Palabras más, palabras menos, esto era lo que se proponían. Para ello era indispensable -repito- que se cumpliera con la primera condición: el asalto al cuartel por parte de los «carapintadas». Como esa decisión no se sabía cuándo iba a concretarse, a los muchachos no se les ocurrió nada mejor que simular el asalto. Lo demás pasaba a ser un problema de interpretación. Los militares dirían que no hubo tal asalto, pero a la verdad la impondría el que fuera dueño de la fuerza, en este caso los guerrilleros. La versión totalitaria del Gran Hermano se cumplía al pie de la letra.
Los resultados de la maniobra están a la vista. El operativo no prosperó; los militares y la policía rodearon el cuartel y a las dos horas ya se sabía la verdad. Sin embargo, hasta último momento los alzados en armas sostuvieron que ellos hicieron lo que hicieron para defender las instituciones amenazadas por un golpe de Estado «carapintada». Así lo corroboraban las denuncias que en su momento habían hecho los organismos de derechos humanos y -lo más grave o lo más patético de todo- es que así lo creían algunos combatientes, absolutamente convencidos de que, efectivamente, ellos estaban enfrentando no a los militares en general sino a una banda «carapintada».
Al operativo se lo calificó de delirante, perverso y ultraizquierdista, pero si bien muchos de estos componentes estuvieron presentes, resulta interesante plantearse hasta dónde lo que se hizo no respondía a una lógica más o menos previsible en un grupo armado que en los años setenta se consideraba la vanguardia revolucionaria sin otro aval para ello que su propia definición y voluntad.
Si bien en el caso de La Tablada importantes ex dirigentes del PRT condenaron con duros términos a Gorriarán Merlo, sería interesante preguntarse quién expresaba con más fidelidad la estrategia de guerra revolucionaria elaborada en su momento por el PRT. No es arbitrario decir que el delirio y la manipulación perversa de Gorriarán Merlo respondían en sus líneas principales a la estrategia original. Basta con leer, por ejemplo, las evaluaciones que estos dirigentes del PRT hicieron del frustrado ataque al cuartel de Monte Chingolo en diciembre de 1975, para admitir que el razonamiento de Gorriarán Merlo se correlacionaba con los principios fundacionales de la organización armada.
Se podrá decir que quince años después de Monte Chingolo y en un contexto democrático no era admisible una estrategia armada. Así razonamos todos, pero ocurre que los guerrilleros no razonan en estos términos. Su lógica, su punto de partida, es otro. Ellos también reconocían que no es lo mismo pelear contra un gobierno democrático que contra una dictadura. También admitían que no se justificaba crear un ejército revolucionario como antes. La vuelta de tuerca que le daban a la coyuntura era, si se quiere, original pero previsible. Ahora tomamos las armas no para luchar contra el Estado democrático sino para defenderlos. La realidad cambia, pero lo que no cambia es el deseo de tomar las armas, la pasión por la lucha armada, la forma más alta -según ellos- de la lucha de clases.
Planteado el esquema estratégico, el problema consistía en adecuar el plan general a los detalles de la vida real. En este punto opera la manipulación de quienes deciden mentir en nombre de una supuesta causa justa. Si los «carapintadas» no asaltan el cuartel nos disfrazamos nosotros y lo hacemos. Lo demás -se sabe- es cuestión de interpretación. Un revolucionario no se ata a escrúpulos burgueses o a principios morales decadentes. Si hay que mentir, traicionar o asesinar en nombre de la revolución, se miente, se traiciona o se asesina. La historia se encargará luego de justificarnos o absolvernos.
Según los recuerdos de quienes conocieron a algunos de los combatientes que participaron en La Tablada, su deseo de tomar las armas era avasallador. Algunos de ellos habían combatido en Nicaragua. Su filiación marxista los obligaba a justificar con algunos rudimentos teóricos el accionar, pero en lo fundamental lo que querían era salir a tirar tiros. Tomar las armas para luchar contra el imperialismo era el acto de servicio más alto prestado a la humanidad. Con semejante subjetividad no era necesario afinar demasiado los instrumentos teóricos. Dos o tres consignas a favor de la unidad popular alcanzaban, porque el poder real, el poder verdadero debería estar en manos de la vanguardia armada. ¿Como en los setenta? Como en los setenta.
Como se podrá apreciar el proyecto era algo más que delirante o equivocado. De una manera si se quiere perversa respondía a la lógica dominante de la izquierda revolucionaria en el siglo veinte. El rol de la vanguardia, el carácter instrumental de la verdad, la justificación de las acciones más detestables en nombre de la historia, son algunas de las constantes del pensamiento profundo de esta izquierda. Sería una simplificación excesiva atribuir a toda la izquierda este mecanismo de razonamiento, pero también sería una simplificación a la inversa creer que las especulaciones de Gorriarán Merlo son ajenas a la tradición de la izquierda o, por lo menos, a la tradición de cierta izquierda.

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Juan Basso, un largo camino

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Por Alcides Castagno. Dicen las matemáticas: todo número entero es múltiplo de 1 y de sí mismo. Esta afirmación, trasladada a personas, me recordó a los que comenzaron de la nada individual e incierta y fueron multiplicando su entorno y su descendencia hasta la «n» exponencial, ese lugar que reemplaza al futuro sin fin.
Juan Florentino Bienvenido Basso nació el 13 de agosto de 1922, fue el primogénito de la familia de José, un trabajador agropecuario en Humberto I, y Rosa Ángela Nocco. Lo siguieron siete hermanas, más otro varón y otra hermana. Se vivía con lo elemental. A Juan le tocaba ayudar a su padre en lo que fuere, ir a la escuela, y soñar con un futuro mejor. A los 9 años su familia se trasladó a Seeber, a una casa grande frente a la estación del tren, y para él poco cambió en su adolescencia. Ya con la juventud sembrando inquietudes, conoció a Elena Ester Chialvo una muchacha de familia acomodada, dos años mayor que él, pero que congeniaron en buscar otros horizontes más propicios para sus ambiciones. El fallecimiento prematuro de sus padres, en un intervalo de tres meses, apuró la decisión de casamiento, que concretaron en la iglesia de Vignaud el 9 de Abril de 1944. Juan tenía 22 años.
Rafaela los sedujo el día que vino por primera vez a ver un partido de fútbol, invitado por un pariente. Aquí descubrió una puerta muy grande para entrar a un mundo nuevo, que además signifique un porvenir para su primer hijo, José Luis, que estaba en edad escolar. Alquilaron una vivienda y almacén en bulevar Roca y Dante Alighieri. Muy cerca de allí vivía el doctor Urbano Poggi, con quien trabaron una relación entre profesional y amistosa. Él fue quien recomendó a Juan que viera a su amigo Faustino Scossiroli, dueño de la mueblería más importante de la ciudad. Mientras Elena cuidaba del almacén, Juan imponía su sesgo vendedor en la mueblería, en donde llegó a ocupar la gerencia. Pero los fines de semana la mueblería cerraba y el almacén también, ¿qué hacer con dos días disponibles? Una amistad fortuita signaría el resto de su vida empresaria: la de Dante Benincá. Entre ambos, se asociaron con otras «B»: Barizonzi, Baronetti y Bertolotti y, con un colectivo, organizaban excursiones a Santa Fe, Mar Chiquita, Río Hondo, Mendoza, con Juan como chofer y su hijo José Luis como acompañante. El emprendimiento no duró demasiado: era cansador y poco productivo.

Otras B

Dante Benincá, empresario próspero y bien predispuesto, siguió unido estrechamente a Juan, en la búsqueda de nuevos emprendimientos con este mueblero loco que aspiraba a mucho más. Y así nació una fábrica de potes de cartón, en los que se envasaban dulces y mermeladas. Después, de la misma sociedad nació la fábrica de mermeladas Dul-Cas, que comenzó en calle Caseros y continuó en bulevar Yrigoyen. No rindió lo esperado. Dante y Juan, en largas conversaciones, buscaban algo que se consolide a la altura de sus proyectos. Probaron fabricando abrazaderas. A esa mesa de inquietudes llegó un día Ítalo «Botica» Bottero, hábil en la construcción y manejo de máquinas. Sumando sus respectivas habilidades, crearon un emprendimiento para recuperar válvulas. Salieron a ver el mercado y se encontraron con que su máquina tenía gran aceptación, pero lo que realmente se necesitaban eran válvulas nuevas. No sabían cómo hacerlas, pero aprendieron y respondieron a la lógica: producir lo que el mercado necesita y no sumarse a lo que el mercado ya tiene. Así nació la fábrica de válvulas 3B: Basso, Benincá y Bottero. A fuerza de prueba y error, con trabajo y amor propio, tomaron por el camino de la mejora contínua, con una «B» capitalista sin avaricia, otra «B» honesta y trabajadora, y una «B» con voluntad empresaria arrolladora. El sonido permanente y variado de una empresa metalúrgica en producción comenzó a sonar en calle Armando Díaz 162, produciendo para el mercado repuestero y pensando que para alcanzar una larga meta hay que dar los primeros pasos. Así fue. Así creció. Así se pensó y se hizo la nueva fábrica donde las rutas 70 y 34 dibujan una cruz urbana. Juan compartió la emoción con su gente, fundiéndose en un abrazo aquel día de 1971 en que el camión terminó de cargar el primer embarque para exportación. Los sueños se cumplían. Entretanto, Juan y Dante compraron la parte de Bottero. José Luis, ya ingeniero en 1964, fue a trabajar a Renault Francia y luego como superintendente de Renault Argentina y de allí a BBB en 1974. Juan Carlos estudiaba Ciencias Económicas cuando llegó en el 77 la primera computadora; al año siguiente fue su herramienta inseparable.
Los hijos pidieron ser sólo una empresa familiar. Juan no aceptaría de grado separarse del amigo y socio con el que tanto habían hecho. No sin cierto dolor le ofreció la compra de su parte a Dante, en oportunidad de la creación de Motor Parts; Dante comprendió, accedió y la negociación se cumplió con total claridad. Juan concretó el último pago unos meses antes de su fallecimiento.
En Europa y en el mundo, las válvulas de la familia Basso, con una enorme legión de manos obreras, cumplían con sus roles de calidad y las Ferrari rugían con un corazón rafaelino.

La comunidad

Con la incomparable compañía de Elena y con su inspiración concretó el salón de la parroquia Villa Rosas, el campanario de la iglesia de San Antonio y asistió otras instituciones que se negó a mencionar. Sabemos de su compromiso personal más sus aportes para el «hongo» de Ferro, el automovilismo regional, la categoría midgets cuyos dirigentes lo honran con el nombre Juan Basso del circuito de Vila, el Centro Comercial, la Cámara de Comercio Exterior, un concepto que sus hijos y nietos que lo suceden en la empresa continúan ejerciendo.
El 30 de abril de 1984, Elena parte llevándose su sufrimiento. Un año y medio después Nelly, su segunda esposa, renueva su vida hasta la última noche en Buenos Aires, aquella en que Pablo Quiroga metió el gol con que Atlético le ganó al puntero Quilmes. Fue el 18 de Febrero de 1990.
Juan Florentino Bienvenido Basso no fue un matemático, pero fue un múltiplo de sí mismo y sumó a una comunidad.

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