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Kast

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Por María Zaldívar. La buena performance de José Antonio Kast en la primera vuelta de la elección presidencial chilena no representa una buena noticia sólo para Chile sino para toda la región, dramáticamente necesitada de figuras que, con coherencia y solidez ideológica, modifiquen el destino de mediocridad y pobreza al que puso proa la América hispana y levanten sin remilgos las banderas de orden, propiedad y libertad, hoy pisoteadas.
Con un comunista en Perú, otro en Nicaragua y el tercero en Venezuela, una Colombia prudente pero aún muy cargada de conflictos; Bolivia chavizada; Argentina caminando en círculos; Honduras, perdida; México en un permanente retorno a sus simpatías populistas y la eterna dictadura cubana es preciso un volantazo urgente.
El triunfo, parcial por el momento, de Kast es una bocanada de aire fresco para el país más maduro de Latinoamérica. Porque el mundo miraba azorado el abrupto derrumbe institucional de quien fuera capaz de mantener políticas de estado a través de los años y a pesar de los cambios de signo político que produjeran las elecciones.
Pero un día la agenda globalista arremetió de golpe; conflictos y reclamos se multiplicaron injustamente, ya que Chile fue mejorando progresivamente los indicadores económicos a lo largo de las últimas tres décadas y logró un crecimiento como ningún otro país vecino.
De repente los estudiantes salieron a exigir la gratuidad de la enseñanza universitaria y a partir de entonces se encadenaron protestas sociales de todo tipo y calibre que, tras un estallido social sin precedentes, desembocaron en un plebiscito que puso en juego nada menos que una reforma a la Constitución Nacional. Cabe señalar un ingrediente de relevancia en el proceso: la tibieza con la que la administración del presidente Sebastián Piñera encaró la escalada.
De aquellos acontecimientos nefastos probablemente lo único rescatable sea el posicionamiento de la figura de José Antonio Kast. Como en varios países del mundo, en Chile despertaron las clases medias y dijeron «basta». Las clases medias hace décadas que vienen siendo expoliadas por la política; porque son trabajadoras, ambiciosas y cultivan la dignidad del esfuerzo personal. Las clases medias no esperan la ayuda del Estado ni la limosna de la política. Las clases medias de todo el planeta activan las economías porque son productivas y porque son productivas los burócratas van por las utilidades que generan.
Este circuito vicioso viene ocurriendo hace varias décadas y, sobre el silencio y el producido de esos sectores, la política asentó la quimera del estado de bienestar, que no otra cosa que arrebatarles la riqueza genuinamente creada para repartirla a piacere entre quienes ellos determinan.
El resurgimiento de los extremos del que hablan los analistas en casi todos los países no es otra cosa que el fin del silencio de las clases medias. Esa mayoría que describe Herman Hesse que iba por el medio, un poco acá un poco allá, suavemente indefinida, mansa y ligeramente transgresora se hartó de quienes se hicieron del poder sin representar más que a sí mismos y a los que identifican como los responsables del deterioro de su calidad de vida.
Este proceso no ha sido brusco ni encierra violencia alguna sino al revés; la violencia es ejercida por la casta política y los privilegiados de alrededor que pretenden aplacar el descontento. El rechazo al status quo del Siglo XX es un proceso novedoso, absolutamente espontáneo, a diferencia de la agenda globalista que tiene orquestado cada paso del proceso. Porque el embate marxista tiene temas, plazos, campañas, personas y lugares estrictamente planificados, en cambio el descontento de grandes sectores de las poblaciones de los países no tiene nada de eso, sino el denominador común de sentirse arriba de una bicicleta fija; millones de individuos que no ven el resultado de su esfuerzo y se dieron cuenta de que se lo llevan estados obesos, improductivos y populistas.
La casta política y el establishmet asociado, léanse los medios de comunicación y los jerarcas de Silicon Valley, han orquestado una gigantesca campaña de desprestigio sobre esta genuina reacción. El intento es deslegitimarla y presentarla como una amenaza a la democracia. Porque, a pesar de que el comunismo tiene en su haber el asesinato de más de 150 millones de almas, no es castigado como las ideas de derecha. Esto es un misterio por resolver ya que el liberalismo, por el contrario, sacó generaciones enteras de la pobreza pero sigue siendo objeto de descalificación.
Por eso se celebra que una fuerza de centro-derecha tenga chances de alcanzar la primera magistratura de Chile. Estaría indicando que los votantes van reconociendo dónde está la verdad y que se están inmunizando frente a los lobbies de izquierdas que se han impuesto durante años. El triunfo de José Antonio Kast sería una gran noticia para los chilenos y dura derrota para la agenda globalista del Foro de San Pablo y el Grupo de Puebla.

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Escenarios y actores

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SEGUNDA PARTE

Por Vicente Massot. El tercero que tiene algo que decir es Estados Unidos, a través de la Secretaría del Tesoro, por la sencilla razón de que es el socio con mayor musculatura en el FMI. Ignorar su presencia sería una demostración de ignorancia supina. Pero, a diferencia de cuanto sucedió en el año 2018, en donde la decisión que benefició al macrismo fue tomada por el entonces presidente de esa República Imperial —para utilizar la inmejorable definición de Raymond Aaron—, hoy la cuestión no reviste la misma claridad. Ciertamente, Biden no es Trump. Carece de la osadía y del temple del republicano y se encuentra en medio de —al menos— dos problemas extremadamente serios: debe hacer frente a la amenaza rusa enderezada contra Ucrania y necesita ganar las elecciones de medio término. La declaración de que, en caso de una invasión llevada a cabo por Putin a expensas del gobierno de Kiev, la Unión no apelará a las armas sino a sanciones económicas ha dejado la sensación de una gran debilidad de su parte. En cuanto a los comicios por venir, las encuestas de momento no le son favorables. Ello lleva a pensar que su interés en mover influencias en uno u otro sentido respecto del caso argentino en el directorio del Fondo, es relativo.
Si bien cometería un error quien dejase de considerar la mala impresión que causan en el Departamento de Estado estadounidense los lazos que ha tejido el kirchnerismo con los regímenes de Venezuela y de Nicaragua, como también el papel que ha decidido desempeñar Alberto Fernández en la CELAC, no hay de todas formas razón para exagerar el enojo de Washington. Un proceder así en los años de la Guerra Fría habría sido considerado una suerte de casus belli. Pero esas épocas han pasado y hoy no hay amenazas de carácter ideológico en el subcontinente latinoamericano. El chavismo y sus adláteres son nenes de pecho comparados con el castro–comunismo de las décadas del ’60 y ’70 del siglo pasado. Que Fernández viaje a Rusia y a China puede que sea inútilmente provocativo, a condición de reconocer que por ese motivo no va a figurar la Argentina en la lista negra de los americanos. Los pasos dados por la diplomacia del gobierno no ayudan, sin duda. Claro que no hay que confundir una torpeza en el manejo de la relaciones exteriores con un desafío estratégico.
El cuarto actor es Juntos por el Cambio. Podría considerárselo de reparto, en atención a que carece de la relevancia de los otros tres. No obstante, tiene su peso. El FMI ha dicho en más de una oportunidad, y luego repetido hasta el cansancio, que un acuerdo con la Argentina requiere no sólo la voluntad de la administración de turno. Sería difícil imaginar que pudiese firmarse un acuerdo de facilidades extendidas si el principal bloque de la oposición se negase en redondo a convalidarlo. Juntos por el Cambio tiene un cierto poder de veto, que no será absoluto ni definitivo pero cuenta para el staff del Fondo. La posición de los macristas, radicales y seguidores de Elisa Carrió no es uniforme respecto de cómo moverse y qué decisión tomar. Sin conocer todavía cuáles son las líneas fundamentales de la negociación —algo que se empeña Martín Guzmán en ocultar, quizás en razón de que los avances han sido nulos en la materia— sus integrantes —como en tantas otras cuestiones— se dividen en halcones y palomas. De todas maneras, ninguno de ellos ignora que su fortaleza es directamente proporcional a la unidad que presenten.
Habiendo enumerado los protagonistas, corresponde ahora echar un vistazo a los escenarios. Es siempre posible, aunque harto improbable, que haya fumata bianca entre el FMI y nuestro país en torno a un programa de reformas de fondo del sistema previsional, impositivo y laboral, unido a una política de acumulación de reservas, achicamiento substancial de la brecha cambiaria, y sinceramiento tarifario. Lo que en la teoría cabe tener en cuenta, en la práctica es de realización imposible. El segundo escenario es el que hoy les parece a los optimistas que está al alcance de la mano y el que dejaría —cuando menos, por los dos próximos años— conformes a las partes: un acuerdo light que postergue los pagos del capital y contemple, para cumplir con los intereses, un desembolso del FMI. A cambio de lo cual, la Argentina se comprometería a profundizar el ajuste fiscal que de hecho —aunque limitado al renglón de jubilaciones y pensiones— Guzmán ha puesto en marcha. Por fin, a esta altura de los acontecimientos, no puede descartarse que —a más tardar, el 22 de marzo— el gobierno no se halle en condiciones de honrar sus compromisos e incurra en un pre–default con el visto bueno del FMI. El cuarto y último escenario es el default liso y llano.

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Escenarios y actores

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PRIMERA PARTE.

Por Vicente Massot. Las especulaciones respecto de cómo podría evolucionar en las próximas semanas la negociación en curso con el Fondo Monetario Internacional no dejan de crecer y todo hace suponer que, conforme transcurran los días y nos acerquemos a la última semana del mes de marzo, no habrá análisis de la situación política y económica de nuestro país que no ponga el mayor énfasis sobre el tema. Vale la pena, pues, pasar revista a los diferentes escenarios que se recortan en calidad de probables en el horizonte, como a los puntos que calzan los actores —sean naciones, organismos de crédito, grupos de presión, o gobiernos— protagonistas excluyentes de una obra con final aún abierto y que podría —habida cuenta de la situación en extremo delicada en que se encuentran las reservas internacionales— precipitarse semanas antes de lo esperado.
Esta síntesis efectuada a mano alzada no pretende, ni mucho menos, agotar la cuestión. Abriga el propósito —eso, sí— de fijar dónde está parado cada uno y cuales podrían resultar sus cursos de acción. En una palabra, se trata de enumerar a los actores, medir sus fuerzas y ponderar tanto sus fortalezas como sus flancos débiles. La lista que sigue —de más está decirlo— no reconoce un orden de importancia.
Por de pronto está el FMI cuyos equipos técnicos —no siempre de primer nivel y muchas veces sujetos a las presiones políticas de los socios más poderosos de la institución— vienen de sufrir la baja de los responsables del desgraciado préstamo extendido al gobierno de Mauricio Macri. Eso le pone a los nuevos encargados de manejar los asuntos del departamento del Hemisferio Occidental una carga de presión inequívoca: no pueden permitirse el lujo de actuar a tontas y a locas, como lo hicieron hace dos años, mediando el apoyo de la administración republicana en favor de Cambiemos. En este orden, el organismo de crédito debe manejarse con particular cuidado y obrar a la manera de un equilibrista. Por un lado, no le es dado exagerar las exigencias y pretender que la Argentina firme un acuerdo de facilidades extendidas que sea incapaz de honrar. Suponer que el programa que se le imponga a nuestro país implicará reformas de carácter estructural y ajustes de envergadura es no entender que las limitaciones criollas de cumplir sus compromisos en tiempo y en forma representan otras tantas limitaciones para el FMI a la hora de tirar de la cuerda más de lo conveniente. Pero a Kristalina Giorgieva y a su staff tampoco le está permitido avalar como si tal cosa un libreto light que dejase la impresión a otros deudores acerca de los beneficios de no pagar y salirse con la suya.
Enseguida hay que considerar a la díscola e incumplidora república rioplatense. El país arrastra un track récord penoso en punto a faltar a la palabra empeñada. Todos saben que somos incumplidores seriales y son legión los que sospechan que la posibilidad de que el kirchnerismo decida volver a las andadas se halla a la vuelta de la esquina. Por lo tanto, la confianza que suscita Martín Guzmán es menos que la de Satanás en un confesionario. En teoría, no hay quien no reconozca las ventajas de fumar la pipa de la paz con el FMI, si se lo compara con los perjuicios que le causaría un default a la Argentina. Pero en todas las oportunidades anteriores en que nos hicimos los distraídos y no pagamos, también eran evidentes los pros y las contras. Sin embargo, seguimos el camino equivocado. De modo tal que la idea de que en última instancia primará la racionalidad, es apenas una expresión de deseos.
El peronismo que hoy nos gobierna carga con una ideología a cuestas que le juega en contra al momento de aceptar un ajuste y tener que explicárselo a sus tribus electorales. Lo que ha hecho hasta aquí es tratar de dilatar las negociaciones y ganar tiempo. No está claro qué es lo que piensan ni en la Casa Rosada ni en la vicepresidencia de la Nación. La idea de que están dispuestos a firmar tapándose la nariz —o sea, hacer de la necesidad, virtud— es otra ex– presión de deseos. Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que piensa, en el fino fondo de su corazón, Cristina Fernández. ¿Por qué dar por sentado que entrará en razones y aceptará unas condiciones que a priori rechaza?
Hoy parece tan probable un acuerdo como un default, sobre cuyas consecuencias nefastas la administración populista trataría de responsabilizar a la oposición. De la misma manera que Alberto Fernández actúa como una suerte de trompo enloquecido en materia geopolítica y marcha en dirección a Managua, Caracas, Pekín, Moscú y Washington como si sus pasos alocados y decisiones contradictorias fuesen pasados por alto en el concierto internacional, así también, de cara al Fondo, obra con arreglo a una estrategia —si es que cabe llamarla así— de marchas y contramarchas continuas.

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De la educación al derecho al aprendizaje

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Por Cecilia Veleda. El fin de semana pasado una docente santafesina conmocionó al denunciar un «sistema perverso» por el cual las autoridades la instaron a aprobar a todos los alumnos de nivel secundario. Según argumenta, esta es una invitación a una ficción donde, sin poner nada de su parte, los estudiantes reciben algo.
En nombre de la inclusión, se alimenta el cinismo, se baja el nivel y se estafa a los jóvenes que, en algún momento, se encontrarán sin las herramientas necesarias para insertarse en el mundo laboral o universitario. Se pone además en cuestión, dice, la dignidad del docente.
El crecimiento de las tasas de escolarización de nivel secundario es un gran logro de nuestro país: en 2019 éramos el segundo de la región en la materia. Casi todos los jóvenes asisten a la escuela (85% del quintil más pobre), fruto de grandes esfuerzos por parte de los gobiernos y los docentes durante las últimas tres décadas.
Tenemos que apropiarnos de esto para construir sobre lo construido, sabiendo que el cierre de las escuelas durante la pandemia generó mucho abandono. Es importante que los jóvenes estén en la escuela, una institución que propicia el cuidado, la socialización y el aprendizaje.
Pero hemos avanzado mucho más en el acceso que en la conclusión y el aprendizaje. La mitad de quienes empiezan la secundaria no la termina, y la mitad de quienes sí lo hacen no comprende textos. El pase automático puede hacer que todos lleguen, el asunto es cómo hacer que todos aprendan lo que constituye un derecho. De otro modo, estamos encaminados hacia el analfabetismo institucionalizado. Más en un país sin examen de finalización de secundaria, que en buena parte del mundo oficia de control de calidad.
El nivel secundario es el más complejo de la educación obligatoria. Muchos jóvenes viven atravesados por el hacinamiento, el trabajo, los embarazos no planificados, los consumos problemáticos o la violencia, mientras que las escuelas no cuentan con condiciones para atender estas situaciones. Los alumnos llegan del nivel primario con fuertes déficit en capacidades fundamentales, como la comprensión lectora.
Los planes de estudio tienen más de 10 disciplinas por año sin mucha relación entre sí y muchas veces con abordajes poco pertinentes para un ciudadano del siglo XXI. Los docentes no siempre cuentan con suficiente formación en estrategias de enseñanza que promuevan el interés y el aprendizaje profundo de los estudiantes y son designados por hora cátedra sin oportunidades de trabajo en equipo. Los directores están sobrecargados de tareas administrativas y sociales, y tienen escasas condiciones para asesorar pedagógicamente a sus docentes. Estas problemáticas específicas, entre otras, explican las dificultades para el aprendizaje.
En este marco, la pandemia puso en jaque como nunca la promoción de los estudiantes en todo el país. Luego de dos años de encierro, empobrecimiento y clases intermitentes en la mayoría de las provincias se evitó «castigar» a los jóvenes y producir una repitencia en masa, ya que son muchos los que no cuentan con los aprendizajes centrales.
Numerosas investigaciones muestran que la repitencia es la antesala del abandono y una estrategia infructuosa e ineficiente para mejorar el aprendizaje, ya que supone invertir dos veces por el mismo recorrido (con los mismos profesores y estrategias de enseñanza).
El aprendizaje exige compromiso por parte de los estudiantes. El trabajo escolar es un primer ejercicio para la vida, que demanda responsabilidad y esfuerzo en múltiples planos. Es necesario evaluar los puntos de partida, los desempeños de cada estudiante, reconocer el esfuerzo y cotejar los aprendizajes alcanzados. Si todo vale reina la arbitrariedad.
La pregunta es cómo promover y valorar el esfuerzo y el aprendizaje, sin acudir a las notas como sanción, o a la repitencia. Varias provincias -como Río Negro, CABA, Tucumán, Misiones o Córdoba- tienen en curso programas de transformación de la secundaria que apuntan a modificar aspectos estructurales de la organización institucional -la ampliación del tiempo de clases, la designación de los docentes por cargo, la revisión delos regímenes académicos o la integración de disciplinas-, como para hacer esto posible.
Junto con la reducción de la pobreza, el apoyo específico a las escuelas de contextos más vulnerados y los cambios organizacionales, las políticas docentes son centrales. Las condiciones laborales, las reglas de la carrera, la formación inicial y la formación continua determinan la calidad de la enseñanza. Esto lo sabemos por historia y por la contundente evidencia internacional.
Desde el Instituto Nacional de Formación Docente que dirigí entre 2015 y 2019 implementamos políticas que tuvieron una excelente recepción en los docentes. Pueden pensarse caminos para mejorar y acompañar la profesión docente. La indignación de la docente santafesina muestra que hay muchos aliados en el sistema educativo para trabajar por el derecho al aprendizaje.

  • La autora es doctora en Sociología de la Educación y Jefa de Equipos Técnicos de Educación del equipo de Martín Lousteau (UCR-Evolución)
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