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Opinión

«El robo del siglo»: lo que el Estado se queda de la renta del campo

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Por Arturo Vierheller (h). En estos días se cumple un nuevo aniversario de aquel 13 de enero de 2006, en el que ocurrió el robo de una sucursal bancaria y que, por el monto robado (19 millones de dólares) se denominó “El robo del siglo”.

Usando ese monto en aquel evento, no podemos catalogar ni adjetivar de mejor manera lo que viene ocurriendo durante estos años con los dineros que se le vienen quitando al productor agropecuario en materia impositiva. Y naturalmente hay que poner a las (mal llamadas) retenciones en primer lugar. Una verdadera aberración que toda la política y la sociedad en general toma por algo natural, claro, porque le sacan al otro.

Pero pocos han reparado en un daño colateral que producen las retenciones a la exportación ya que las mismas, como su nombre lo indica, deberían afectar a las toneladas de producto que se exporta. Pero, sorpresa: no es así. También se descuentan del precio de las toneladas que no se exportan y que se consumen en el país. De todos los productos del agro. Por tomar ejemplos, trigo y maíz.

Es decir, el precio se forma sobre la base del cálculo de la exportación, del cual se deducen las retenciones y ese mismo precio es el que rige para el mercado interno, con lo que los productores transfieren parte de su ingreso a las industrias que los transforman localmente.

Muchos centenares de millones de dólares que son genuinamente del productor agropecuario y que podrían ser reinvertidos en el sector se “cuelan” por este concepto y van a parar a las respectivas industrias. Para decirlo clarito: el campo subsidia en montos nada despreciables a las industrias avícola, del cerdo y molinera de trigo. Además, este subsidio ya funciona como un “desacople” del mercado internacional de nada menos que el 12% del precio. ¿Qué más desacople quieren?

Todo esto con el aval del Estado, que publica diariamente los precios de referencia para cada producto (denominado “FAS teórico”) sobre la base de un mercado de exportación, cuando en verdad debería publicar un precio para exportar y otro para el mercado interno.

En rigor de verdad, no haría falta que el Estado publique nada si no fuera por el festival de tipos de cambio (según la época que tomemos) que habilitan las maniobras de sobre/subfacturación de los exportadores/importadores. De todas formas, esos precios que se publican tampoco se cumplen necesariamente ya que es habitual que se pague algo menos a los productores según el capricho de los exportadores o industriales. A esto se agrega el desfase que produce la brecha cambiaria que hace que nuestros productores reciban bastante menos de la mitad de los dólares (verdaderos) que reciben nuestros competidores.

Entonces tenemos: la brecha cambiaria, más las retenciones -inconstitucionales- más el resto de los impuestos que, en el caso de la agricultura, un reciente estudio de la Fundación FADA estima que el Estado se queda con el 63% de la renta del campo, a lo que se debería agregar el subsidio encubierto a las industrias arriba mencionado.

Estamos hablando de más del 70%. Algo a todas luces inequitativo. Ahora bien, no contentos con esto, desde el Poder Ejecutivo impulsan un fideicomiso para ayudar a las industrias supuestamente a vender más barato a la “mesa de los argentinos” ¡Otra vez sopa: todavía menos ingreso para el productor!

¿Quién dice que si las industrias se unieran al campo defendiendo sus reclamos y exigiendo políticas de Estado a favor de la producción y la inversión, en lugar de aceptar fórmulas fracasadas del Gobierno, el precio final de los productos no sería menor que el actual?

Por otra parte, hay que tener claro que el campo no es el responsable de la caída vertical del poder adquisitivo del salario en nuestro país. No hay ya más nada que decir. Esto es absolutamente confiscatorio y, por lo tanto, inconstitucional. Hay un solo camino por delante y es recurrir a la Justicia. Aquí y ahora. El derecho nos asiste.

El autor es productor agropecuario

Enfoques

Juan Basso, un largo camino

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Por Alcides Castagno. Dicen las matemáticas: todo número entero es múltiplo de 1 y de sí mismo. Esta afirmación, trasladada a personas, me recordó a los que comenzaron de la nada individual e incierta y fueron multiplicando su entorno y su descendencia hasta la «n» exponencial, ese lugar que reemplaza al futuro sin fin.
Juan Florentino Bienvenido Basso nació el 13 de agosto de 1922, fue el primogénito de la familia de José, un trabajador agropecuario en Humberto I, y Rosa Ángela Nocco. Lo siguieron siete hermanas, más otro varón y otra hermana. Se vivía con lo elemental. A Juan le tocaba ayudar a su padre en lo que fuere, ir a la escuela, y soñar con un futuro mejor. A los 9 años su familia se trasladó a Seeber, a una casa grande frente a la estación del tren, y para él poco cambió en su adolescencia. Ya con la juventud sembrando inquietudes, conoció a Elena Ester Chialvo una muchacha de familia acomodada, dos años mayor que él, pero que congeniaron en buscar otros horizontes más propicios para sus ambiciones. El fallecimiento prematuro de sus padres, en un intervalo de tres meses, apuró la decisión de casamiento, que concretaron en la iglesia de Vignaud el 9 de Abril de 1944. Juan tenía 22 años.
Rafaela los sedujo el día que vino por primera vez a ver un partido de fútbol, invitado por un pariente. Aquí descubrió una puerta muy grande para entrar a un mundo nuevo, que además signifique un porvenir para su primer hijo, José Luis, que estaba en edad escolar. Alquilaron una vivienda y almacén en bulevar Roca y Dante Alighieri. Muy cerca de allí vivía el doctor Urbano Poggi, con quien trabaron una relación entre profesional y amistosa. Él fue quien recomendó a Juan que viera a su amigo Faustino Scossiroli, dueño de la mueblería más importante de la ciudad. Mientras Elena cuidaba del almacén, Juan imponía su sesgo vendedor en la mueblería, en donde llegó a ocupar la gerencia. Pero los fines de semana la mueblería cerraba y el almacén también, ¿qué hacer con dos días disponibles? Una amistad fortuita signaría el resto de su vida empresaria: la de Dante Benincá. Entre ambos, se asociaron con otras «B»: Barizonzi, Baronetti y Bertolotti y, con un colectivo, organizaban excursiones a Santa Fe, Mar Chiquita, Río Hondo, Mendoza, con Juan como chofer y su hijo José Luis como acompañante. El emprendimiento no duró demasiado: era cansador y poco productivo.

Otras B

Dante Benincá, empresario próspero y bien predispuesto, siguió unido estrechamente a Juan, en la búsqueda de nuevos emprendimientos con este mueblero loco que aspiraba a mucho más. Y así nació una fábrica de potes de cartón, en los que se envasaban dulces y mermeladas. Después, de la misma sociedad nació la fábrica de mermeladas Dul-Cas, que comenzó en calle Caseros y continuó en bulevar Yrigoyen. No rindió lo esperado. Dante y Juan, en largas conversaciones, buscaban algo que se consolide a la altura de sus proyectos. Probaron fabricando abrazaderas. A esa mesa de inquietudes llegó un día Ítalo «Botica» Bottero, hábil en la construcción y manejo de máquinas. Sumando sus respectivas habilidades, crearon un emprendimiento para recuperar válvulas. Salieron a ver el mercado y se encontraron con que su máquina tenía gran aceptación, pero lo que realmente se necesitaban eran válvulas nuevas. No sabían cómo hacerlas, pero aprendieron y respondieron a la lógica: producir lo que el mercado necesita y no sumarse a lo que el mercado ya tiene. Así nació la fábrica de válvulas 3B: Basso, Benincá y Bottero. A fuerza de prueba y error, con trabajo y amor propio, tomaron por el camino de la mejora contínua, con una «B» capitalista sin avaricia, otra «B» honesta y trabajadora, y una «B» con voluntad empresaria arrolladora. El sonido permanente y variado de una empresa metalúrgica en producción comenzó a sonar en calle Armando Díaz 162, produciendo para el mercado repuestero y pensando que para alcanzar una larga meta hay que dar los primeros pasos. Así fue. Así creció. Así se pensó y se hizo la nueva fábrica donde las rutas 70 y 34 dibujan una cruz urbana. Juan compartió la emoción con su gente, fundiéndose en un abrazo aquel día de 1971 en que el camión terminó de cargar el primer embarque para exportación. Los sueños se cumplían. Entretanto, Juan y Dante compraron la parte de Bottero. José Luis, ya ingeniero en 1964, fue a trabajar a Renault Francia y luego como superintendente de Renault Argentina y de allí a BBB en 1974. Juan Carlos estudiaba Ciencias Económicas cuando llegó en el 77 la primera computadora; al año siguiente fue su herramienta inseparable.
Los hijos pidieron ser sólo una empresa familiar. Juan no aceptaría de grado separarse del amigo y socio con el que tanto habían hecho. No sin cierto dolor le ofreció la compra de su parte a Dante, en oportunidad de la creación de Motor Parts; Dante comprendió, accedió y la negociación se cumplió con total claridad. Juan concretó el último pago unos meses antes de su fallecimiento.
En Europa y en el mundo, las válvulas de la familia Basso, con una enorme legión de manos obreras, cumplían con sus roles de calidad y las Ferrari rugían con un corazón rafaelino.

La comunidad

Con la incomparable compañía de Elena y con su inspiración concretó el salón de la parroquia Villa Rosas, el campanario de la iglesia de San Antonio y asistió otras instituciones que se negó a mencionar. Sabemos de su compromiso personal más sus aportes para el «hongo» de Ferro, el automovilismo regional, la categoría midgets cuyos dirigentes lo honran con el nombre Juan Basso del circuito de Vila, el Centro Comercial, la Cámara de Comercio Exterior, un concepto que sus hijos y nietos que lo suceden en la empresa continúan ejerciendo.
El 30 de abril de 1984, Elena parte llevándose su sufrimiento. Un año y medio después Nelly, su segunda esposa, renueva su vida hasta la última noche en Buenos Aires, aquella en que Pablo Quiroga metió el gol con que Atlético le ganó al puntero Quilmes. Fue el 18 de Febrero de 1990.
Juan Florentino Bienvenido Basso no fue un matemático, pero fue un múltiplo de sí mismo y sumó a una comunidad.

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Editorial

Lo que no quieren cambiar

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El tironeo con el FMI que ya dura dos años tiene diversas interpretaciones, pero la más obvia es que el Gobierno está agotado. Se encuentra en un callejón del que no puede salir por impotencia, falta de ideas y de poder.
No puede ofrecer al organismo una simple hoja de ruta sobre el futuro de la economía, porque carece de credibilidad. Pero eso no es algo nuevo. Se veía venir desde el 12 de agosto de 2019 el día después de la derrota de Mauricio Macri en las PASO; el día que el 48% de los votantes repuso en el gobierno a Cristina Kirchner a través Alberto Fernández.
El lunes siguiente el dólar y el riesgo país se dispararon, los bonos de la deuda se desplomaron y el mercado anticipó que se avecinaba un período turbulento. Un período en el que se repetiría el fracaso de Cristina Kirchner en sus últimos cuatro años de gestión, pero en condiciones de mayor deterioro.
A pesar de lo que dicen los economistas, el déficit más grave del Gobierno de Alberto Fernández no es fiscal, sino de confianza. El lunes, poco antes de recibir al nuevo embajador norteamericano, recitó las rituales diatribas contra el FMI para satisfacer a su frente interno. La derrota electoral de septiembre lo dejó tan débil que la vicepresidente no sólo le borró medio Gabinete, sino que lo dejó sin margen de decisión propio en las cuestiones centrales. Mientras espera que el Fondo le perdone los vencimientos por el resto de su mandato, el procurador Carlos Zannini decidió llevar a los funcionarios del organismo ante la justicia argentina. Es difícil discernir qué tiene menos el Presidente: si autoridad o coherencia.
Otra afirmación falsa que suele repetirse sobre el Gobierno de los Fernández es que no tiene un programa económico. Lo tiene y se niega a cambiarlo.
Es un plan con déficit financiado con emisión, 50% de inflación, 45% de pobres, caída del empleo privado productivo y alza del empleo público improductivo. Un programa que puede prescindir del crédito y de las reservas del BCRA.
Un plan en el que el ajuste se hace vía inflación y los que pierden son los que tienen ingresos fijos. No es el ajuste que pide el FMI, que en ese sentido es mucho más piadoso con los pobres que el peronismo, pero funciona desde tiempos del Rodrigazo.
Presenta, sin embargo, un problema. Al golpear a las clases populares es incompatible con el programa económico/electoral de la vice, que tiene como piedra angular el consumo. Ese factor clave para asegurar la influencia de Cristina Kirchner en el conurbano emite señales de alarma. En el tercer trimestre del año pasado el PBI volvió a niveles de 2019, pero el consumo privado cayó 4%.
Si se toma como referencia la recaudación del IVA, en el tercer trimestre de 2021 cayó 8% con relación al mismo período de de 2019 que fue un año recesivo (Ah, pero Macri). Pero si la comparación de la caída de la recaudación es entre los primeros nueve meses de los dos años la cifra es mucho peor: -14%.
Conclusión: si el Gobierno se niega a cambiar este «modelo», lo pida o no el FMI, es porque ya no tiene nada para ofrecer. Está agotado.
editorial@diariocastellanos.net

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Enfoques

¿Quiénes son los responsables?

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Por Rogelio Alaniz.
I
El proyecto educativo de la generación del ochenta incluía entre otras virtudes dos condiciones decisivas. Gratuidad y obligatoriedad. Respecto de la gratuidad, ya habrá tiempo para hablar en detalle, pero en principio se la consideraba una condición decisiva porque el objetivo social y político estaba destinado en primer lugar a los sectores de menores recursos. Dicho de una manera sencilla: para 1880 las clases pudientes sabían dónde educar a sus hijos. Sabían y podían. El problema no eran ellos, el problema era esa inmensa mayoría de la población, criolla e inmigrante, analfabeta y semianalfabeta, superior al ochenta por ciento, según el censo ordenado por Sarmiento en 1869. ¿Y por qué era necesario abrir escuelas? Porque, como dijera Sarmiento, si queremos una nación de ciudadanos y no de súbditos es indispensable educar al soberano. Aprender a leer y escribir es importante, pero también importa adquirir nociones de cultura cívica, conciencia ciudadana. Por último, una nación que se propone crecer y desarrollarse necesita de recursos humanos, es decir, de educación. Por supuesto que hubo resistencias. Desde los sectores religiosos más oscurantistas y desde los grupos opulentos de la sociedad se levantaron voces contra lo que luego sería calificado como uno de los proyectos más formidable de transformación educativa del mundo de entonces. Irascible y fastidiado ante tanta necedad, Sarmiento en algún momento les dijo a los que se oponían: . «¿No queréis educar a los niños por caridad? Hacedlo por miedo, por preocupación, por egoísmo, movéos. El tiempo urge, mañana será tarde; vuestros palacios son demasiados suntuosos al lado de barrios demasiado humildes. El abismo que media entre el palacio y el rancho lo llenan las revoluciones con escombros y con sangre, pero os indicaré otro sistema de nivelarlo, la escuela». La esceula abierta se entiende, La escuela con niños y maestros dando clases. Y con padres interesados en que este prceso se cumpla. La escuela como forjadora de ciudadanos. «Hombres, pueblo, nación, Estado, todo, todo está en los humildes bancos de la escuela». Una vez más Sarmiento mirando más lejos.
 II
Con las diferencias históricas del caso, con los cambios decisivos habidos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XXI, las palabras de Sarmiento mantienen rigurosa actualidad. Tanta actualidad mantienen, que de hecho hasta Baradel las aprobaría, por lo menos de la boca para afuera, si es que Baradel sabe algo acerca de lo que significó la educación pública en la Argentina. Lo que significó, lo que logramos y lo que perdimos, esto último gracias entre otras cosas a los aportes que el populismo ha hecho a tan generoso objetivo. Hablamos de la gratuidad de la enseñanza. Le guste o no a Milei -no le gusta- la gratuidad fue una conquista de la humanidad, un paso importante y necesario para asegurar la igualdad de oportunidades. El Estado lo garantiza. ¿De dónde obtiene los recursos? De los impuestos de los ciudadanos por supuesto. No conozco otra posibilidad. Capítulo aparte es el de la gestión de esos recursos, pero si estuvieran mal gestionados la solución no es cerrar las escuelas, sino tomar las decisiones acertadas para que el sistema funcione. ¿Quiénes la deben tomar? En una democracia representativa lo debe hacer una clase dirigente y una burocracia idónea y eficaz. ¿Estamos lejos de es objetivo? Hoy sí, pero alguna vez estuvimos más cerca. Ese retroceso es una de las expresiones de la deadencia nacional que venimos soportando desde hace algunas décadas.
 III
Pero hay otro aspecto en el campo educativo que importa tener presente: la obligatoriedad. Se la repite como cantinela, pero no siempre se ha reflexionado acerca de los alcances de esa condición. ¿Por qué el Estado considera obligatoria la educación? No sólo por los objejtvos que están en juego, sino porque los legisladores de entonces conocían la condción humana, conocían sus alcances y sus límites y no ignoraban que si no se incluía esta exigencia esa sociedad atrasada, ignorante, dominada por los atavismos de la pobreza no iban a mandar voluntariamente a sus hijos a la escuela. Por lo menos un porcentaje importante no lo iba a hacer. Es probable que a alguien se le haya ocurrido que «yo soy libre de no mandar a mi hijo a la escuela». Lo siento por él. Él es libre de ser ignorante, pero no es libre de promover la ignorancia de sus hijos. La educación como un derecho y un deber. Lo recuerdo porque soy hijo de directores de escuelas. O manda a su hijo al colegio o va preso. Por supuesto, la mayoría optaba por lo primero. Este principio hasta los anarquistas lo respetaron. Pero al mismo tiempo este principio se fue constituyendo como cultura, como hábito, como sentido común. En esa Argentina donde se levantaron escuelas hasta en los lugares más remotos, los padres sin necesidad de presiones o amenazas mandaban a sus hijos a la escuela. Saber leer y escribir; saber sumar, restar y multiplicar, era necesario para vivir en sociedad. Nadie nunca puso en discusión estos principios elementales.
 IV
Pues bien, a partir de la pandemia este principio de la obligatoriedad de ir a clase empezó a ser puesto en tela de juicio. Nadie lo dijo de manera brutal, pero no fueron pocos los que se las ingeniaron para que de hecho las escuelas estuvieran cerradas a cal y canto durante un año y medio. La pandemia fue la excusa. Interesante actualización de la consigna fundacional: «Alpargatas sí, libros no». Se militó con singular entusiasmo a favor de las escuelas cerradas cuando sobraban lo datos a favor de una apertura responsable. Un año y medio las escuelas cerradas. Por lo menos asi ocurrió en las provincias o en los territorios controlados por el peronismo. Según informes confiables, en provincia de Buenos Aires más de medio millón de chicos de familias de bajos recursos quedaron a la intemperie. Previsible. Como también fue previsible que el narcotráfico en sus diferentes escalas aprovecharan lo sucedido. ¿O acaso alguien puede asombrarse que sean los chicos de familias pobres e indigentes los más expuestos? ¿Acaso alguien puede creer que cerrar las escuelas no provoca consecuencias sobre los niños? 
V
Algunas de estas consideraciones seguramente tuvo presnte la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, Soledad Ascuña, cuando dijo lo obvio, cuando dijo, por usar una imagen conocida, que el rey está desnudo. La señora Acuña dijo si se quiere una obviedad, pero lo novedoso no fueron sus palabras, lo novedoso fue que los reponsables de cerrar las escuelas, los responsbles de dejar a los chicos en la calle sin contención, acusen a quien se lamenta por esta realidad de racista, discriminadora, elitista, neoliberal y otras bellezas por el estilo. El mundo del revés. Acuña elabora un diagnóstico con un realismo descarnado y los responsables de haber promovido esa situación la imputan por supuesta enemiga de los pobres. Con paciencia de sádicos día a día contribuyen a destruir la educación pública, pero resulta que los enemigos de los pobres son los que se afligen porque esto ocurra. ¿Qué decir? Nada que ya no se sepa. A modo de consejo y atendiendo los rigores conocidos, a la ministra Soledad Acuña le recordaría aquel viejo proverbio: «En la Argentina peronista, si vas a decir la verdad, comprate un caballo veloz».

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