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La otra mirada

El rincón de los festejos

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Noventa y siete años atrás, el 2 de octubre de 1924, el argentino Cesáreo Onzari convirtió el primer gol de la historia desde el córner. Fue nada menos que en un clásico de selecciones ante Uruguay, que se había coronado poco antes campeón en los Juegos de París, por lo que se lo llamó gol olímpico.

En junio de 1924, la International Football Association Board (IFAB, fundada en 1886, es la entidad encargada de definir y modificar las reglas del fútbol que utiliza la FIFA) decidió cambiar el artículo 11, referente a la ejecución de un tiro desde la esquina. El córner, en el decir de la tribuna. Pocos días más tarde, y luego de leer el boletín informativo correspondiente, un periodista deportivo de Liverpool llamado Ernest Edwards encontró una ambigüedad en el texto que compartió con los dirigentes del Everton: “No hay nada allí que prohíba tomar el balón y, en lugar de verse obligado a rematar, gambetear hasta convertir. ¿Por qué no probar y ver qué sucede?”. Edwards tuvo un cómplice perfecto para su experimento, el delantero Sam Chedgzoy. Habitual encargado de los tiros de esquina, Chedgzoy cumplió al pie de la letra con el plan durante un partido de esa temporada, tomó la pelota, salió solo hacia el arco y remató al gol dejando atónitos a todos los presentes. Cuando el árbitro comenzó a reprenderlo, el futbolista simplemente preguntó: “¿Qué hay en la regla que me impida hacerlo?”. La consulta del desconcertado juez, que igualmente decidió convalidar el tanto, provocó una reunión de emergencia de la IFAB. Esta, a principios de agosto corrigió dicho artículo para dejarlo como está en la actualidad.
Para esa misma época, Argentina organizó dos encuentros internacionales de preparación con Uruguay, que venía de ganar la medalla dorada en el Torneo Olímpico de París 1924. El fútbol uruguayo era una potencia que se consolidaría tras ganar el Primer Mundial, que se jugaría en 1930 en Montevideo, luego de revalidar el título olímpico en Ámsterdam, derrotando en la final justamente a nuestro país. La rivalidad entre ambos seleccionados era muy fuerte. En ese tiempo, los torneos sudamericanos se jugaban todos los años y los dos países se alternaban como campeones y sub campeones por sobre Brasil.
El primero de los dos partidos antes referidos se disputó el 21 de septiembre en Montevideo y terminó 1-1, mientras que el segundo se empezó a jugar una semana después en Buenos Aires, aunque debió suspenderse por incidentes. Finalmente se pudo disputar en su totalidad el 2 de octubre y Argentina ganó por 2 a1. Pero más allá de lo que el resultado significó entonces para los hinchas y de lo que incide en las estadísticas, se lo recuerda por la intromisión de dos nuevos componentes al juego. El primero no es bueno, precisamente, y tiene que ver con la violencia que históricamente está inserta en este tipo de eventos. Es que los desmanes que impidieron que la revancha se jugara en primera instancia tal como estaba prevista, obligaron a hacer un cambio en la estructura del estadio de Sportivo Barracas, donde se disputaban los partidos verdaderamente importantes. Se colocó un tejido perimetral para separar a los espectadores de los jugadores. Y dada la llegada del campeón olímpico, ese alambrado pasó a ser para siempre el “tejido olímpico”. El segundo componente tiene que ver con el juego mismo y con la belleza de este, además de la maestría y picardía de algunos ejecutantes.
Según cuenta el periodista e historiador Oscar Barnade, la cancha de Sportivo Barracas tenía capacidad para 40.000 espectadores. Pero la expectativa del encuentro superó todos los cálculos. Para el partido del bochorno se vendieron 42.000 entradas (35.000 populares a un peso y 7.000 plateas a tres pesos). Sumando los invitados, los socios y los colados -que también existían en aquellos años veinte-, ese día hubo 52.000 personas, para el diario La Nación, y casi 60.000 para La Razón. Pero no se pudo jugar hasta el 2 de octubre, cuando se inauguró el cierre perimetral de 1 metro y medio de alto, además de restringirse la cantidad de entradas y de aumentarse los precios: se vendieron 15.000 populares a 2 pesos y 5.000 plateas a cinco. La concurrencia se estimó entonces en 30.000 espectadores.
La selección de nuestro país tenía un jugador extraordinario llamado Cesáreo Onzari. Delantero desequilibrante, fue parte del mejor ciclo de la historia de un Huracán que resultó -junto a Boca- el más campeón de la década del 20. Fue compañero de otro emblema de esos días, Guillermo Stábile, “El Filtrador”, Botín de Oro del Mundial de 1930. “Veloz, justo en el centro dirigido a la carrera, hábil para eludir la vigilancia del half implacable, certero en el shot al arco”, lo retrató entonces el diario La Razón. Se había formado en Sportivo Boedo y en Mitre, y se incorporó a Huracán en 1921. Allí jugó hasta 1933, cuando ya había dejado su nombre grabado para siempre en la vida del club de Parque de los Patricios. Su relevancia la cuenta un detalle: cuando Boca realizó su memorable gira por Europa, en 1925, Onzari fue solicitado para reforzar a un plantel que, de algún modo, iba a representar a todo el fútbol argentino. Fue cedido y se destacó. En la Selección disputó 15 partidos e hizo cuatro goles. Y fue parte de una etapa brillante, en los años veinte, cuando nuestro país ganó cuatro veces la Copa América.
A los 15 minutos, con el cotejo 0-0, Onzari fue a patear un córner desde la izquierda. Y lo hizo con tanto efecto que, para desgracia del arquero uruguayo Antonio Mazzali, la pelota se coló contra el primer palo. La prensa deportiva, entonces, lo transformó en el primer “gol olímpico”, haciendo nuevamente un juego de palabras con el éxito reciente del rival. “Me salió porque tenía que salir. Quizá el arquero se había levantado mal ese día o lo hayan molestado, porque nunca más emboqué otro. Lo cierto es que cuando vi la pelota adentro, no podía creerlo”, afirmó el ya fallecido Onzari. El árbitro Ricardo Villarino jamás dudó en convalidarlo, ya que conocía la nueva disposición. Eduardo Galeano escribió su particular mirada de aquel gol y de su continuidad en los tiempos: “Era la primera vez en la historia del fútbol que se hacía un gol así. Los uruguayos se quedaron mudos. Cuando consiguieron hablar, protestaron. Según ellos, el arquero Mazzali había sido empujado mientras la pelota venía en el aire. El árbitro no les hizo caso. Y entonces mascullaron que Onzari no había tenido la intención de tirar a puerta, y que el gol había sido cosa del viento. Por homenaje o ironía, aquella rareza se llamó gol olímpico. Y todavía se llama así, las pocas veces que ocurre. Onzari pasó todo el resto de su vida jurando que no había sido casualidad. Y aunque han transcurrido muchos años, la desconfianza continúa: cada vez que un tiro de esquina sacude la red sin intermediarios, el público celebra el gol con una ovación, pero no se lo cree”. Magias del fútbol.
Todos los demás parecen ser solo detalles complementarios. El uruguayo Cea empató diez minutos más tarde y, a los 8 del segundo tiempo, Tarasconi logró el 2 a 1 definitivo. El partido terminó con un ingrediente clásico en los duelos rioplatenses. Cuatro minutos antes del final, el uruguayo Andrade lesionó a Onzari. Desde las tribunas el público, vestido de traje, corbata y sombrero, pero tan desequilibrado como el actual, comenzó a arrojar todo tipo de proyectiles que los futbolistas devolvían “gentilmente”. Todo hasta que Nasazzi dispuso que el equipo oriental se retirara. Y se agrega un dato que demuestra que también entonces había fútbol a cada rato. Días después se jugó en Montevideo el Sudamericano, que ganó Uruguay con un punto de ventaja sobre Argentina. Pero, en verdad, ese título Charrúa no consiguió hacer olvidar lo que había significado la victoria de nuestro país en Sportivo Barracas. Por el juego, por los incidentes y, fundamentalmente, por aquel gol, inédito, que entró en la historia como el primero en su forma. Y para bautizar para siempre aquella muestra de talento y fortuna como “gol olímpico”.

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El número uno

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En plena temporada con el Atlético San Luis de México, país al que regresó tras su exitoso paso por el Burgos de España, el extraordinario arquero formado en Atlético de Rafaela analiza su presente futbolístico y personal, desanda el pasado e imagina el futuro.

Por Oscar Martínez. La imagen tomada desde el aire muestra el maravilloso edificio construido a finales del siglo XIX para ser la penitenciaría del estado de San Luis de Potosí durante la dictadura del general Porfirio Díaz. Como tal funcionó por 100 años hasta que en 2004 se transformó en Centro de las Artes. Luego la cámara viaja y se mete por la arcada principal mientras suena una música de película de suspenso digna de Hollywood. Con cada golpe sonoro cambia la imagen y el video hace presentir que algo va a ocurrir. Entonces se enfoca la torre central que se parece a un faro marítimo y el cartel con letras negras sobre fondo blanco en el que se lee «El ojo que todo lo ve». De pronto, la cámara muestra al hombre de gesto serio y firme parado en la cima, apoyado a la baranda. Tiene puesta la camiseta azul con el escudo del Atlético San Luis. La frase final reza «Bienvenido Marcelo Barovero» mientras la música lentamente se va. Y el cierre del video permite leer un orgulloso «El será nuestro guardián en el arco» de parte de los hinchas del equipo mexicano.
Marcelo es uno de los futbolistas argentinos que mayor reconocimiento ha ganado en el fútbol azteca. Algo que también ha ocurrido en Huracán, Vélez, Necaxa, Monterrey y Burgos, los equipos en los que jugó. Y en nuestro Atlético y en River, sitios donde además goza de idolatría. El arquero se vincula a un cierto grado de madurez. El que ataja es porque ha vivido. Aunque sea un poquito. Y vivir es tener conciencia de la realidad, trascender el juego y asumir que se puede perder: el arquero apuesta siempre y no tiene empate. Y debe saber manejar las culpas. Marcelo lo ha hecho sistemáticamente en todos estos años que lo han llevado a ser un futbolista indiscutido en un deporte donde todo se discute. Pero, fundamentalmente, se ha convertido en un ganador.
«Estoy muy bien, feliz por esta nueva oportunidad, sumando experiencias en mi carrera deportiva y también en lo personal. Y muy esperanzado ahora que el mundo empieza a salir lentamente de la pesadilla que nos tocó sufrir. Nuevamente en México y esperando por ver en poco tiempo a mi familia de Argentina», dice el hombre que nació hace treinta y siete años, el 18 de febrero de 1984, en Porteña, Córdoba, pero que llegó a Rafaela antes de cumplir los quince años para formarse en las inferiores de Atlético.
-Marcelo, mencionaste la pandemia, ¿Cómo ha sido para vos vivir este tiempo?
-«En el comienzo estaba en Monterrey y todo fue incertidumbre, y también miedo por la familia que estaba conmigo y por la que estaba lejos. Cuando volvimos a entrenar, lo hacíamos con una pelota cada uno y la limpiábamos a cada rato, los controles y las precauciones nos parecían extremas. Y cuando veíamos lo que pasaba con la gente en las calles, los que tenían que seguir trabajando, era todo muy conmovedor. Tuve la suerte que poco después nos fuimos a vivir a España, y allá la situación ya estaba adelantada, por usar un término, a lo que pasaba en América, era más cercano a lo que conocemos como normalidad. Pero igualmente durante este tiempo debimos cumplir siempre con una serie de controles y tener mucho cuidado. De a poco todo parece volver a ser lo de antes, eso nos da mucha ilusión».
-Venías de dos muy buenas temporadas en Necaxa y de ser campeón luego con Monterrey, ¿Por qué decidiste ir a jugar a España?
-«Se terminó mi contrato y el club decidió no renovarlo. Entonces analizamos en familia todas las posibilidades que tenía, y nos pareció que ir a Burgos era lo mejor. No en lo deportivo, pero si en todo lo demás, porque era jugar en Europa, conocer otro país, y estar más tranquilos con lo que se vivía por la pandemia. Una parte fue muy buena y la otra, lamentablemente, fue mala».
-La buena fue la familiar y personal, y la mala la deportiva, ¿es así?
-«Fue muy lindo en lo familiar, conocimos mucho, los chicos pudieron cumplir en el colegio el año entero de manera presencial, la ciudad es muy linda, vivimos en un país muy organizado donde sentís que están en el primer mundo, aunque sufrimos mucho el frío. En lo deportivo pudimos ascender de categoría, algo que el club hacía dos décadas que no conseguía, y Burgos, que es grande y futbolera, pareció revivir. Pero los malos manejos administrativos nos complicaron durante todo el año. Además, una de las razones por las que decidí firmar con Burgos fue que conozco a quienes eran los dueños, pero ellos se fueron y todo pareció desmoronarse. Tenía un año más de contrato y querían que siga, pero ya habíamos tomado la decisión antes del final del torneo».
-¿Por qué elegiste volver a México?
-«Primero porque aquí vivimos cuatro años muy buenos, nos sentimos cómodos en este país, nos gusta el clima, la educación, como se vive el día a día, y en lo deportivo la Liga es muy ordenada y los clubes están muy organizados, son serios, y tratan al futbolista como a un verdadero profesional. Así que cuando apareció la posibilidad la tomamos con alegría».
-Se da una situación extraordinaria, porque se fue Axel Werner de San Luis para jugar en España y llegás vos al club. Ambos formados en Atlético Rafaela. Es toda una señal.
-«Sí, compartimos con Axel alguna cena y reuniones de amigos mientras él preparaba su mudanza, por supuesto que hablamos mucho de fútbol en general y de Atlético en particular. Fue muy lindo y me puso feliz que tenga esta oportunidad en Elche».
-¿Qué club y qué fútbol encontraste en San Luis?
-«El club venía de una temporada donde no le fue bien y se produjeron muchos cambios. La dirigencia y el cuerpo técnico son nuevos y llegamos veinte jugadores, o sea que fue todo un golpe que siempre necesita de un tiempo para que se puede funcionar de la mejor manera. Sin embargo el fútbol no da tiempo, y entonces creo que con todas estas circunstancias estamos haciendo una buena campaña, con el equipo jugando cada vez mejor y en un sitio expectante de la tabla. Tengo la confianza de que en algunos meses más vamos a pelear arriba».
-Las ofertas para volver al fútbol argentino aparecieron apenas se supo que decidías dejar Burgos, ¿las contemplaste?
-«No, por distintas cosas. Pero como dije antes, decidimos volver a México en cuanto apareció la oferta de San Luis».
-Queda claro que México los atrapó, ¿analizan en familia la posibilidad de quedarse a vivir aquí tras el fútbol?
-«Hace un tiempo que venimos hablando en familia sobre lo que haremos cuando mi carrera finalice. Tengo 37 años y los chicos están creciendo, mi hijo mayor ya tiene quince años. Pero el fútbol da sorpresas permanentemente y entonces no damos nada por sentado aún. Aunque en poco tiempo seguramente vamos a decidir qué haremos».
-Tus hijos vivieron una etapa muy importante de su crecimiento en este país, como crees que se sienten, ¿argentinos o mejicanos?
-«Es una pregunta para ellos más que para mí. Es cierto que han vivido aquí una etapa clave y vamos a escucharlos cuando llegue el momento. Mi familia ha sido fundamental en mi carrera, me han respaldado siempre y han sufrido el desarraigo por el fútbol. Así que es lógico que en adelante sean ellos quienes tengan más fuerza a la hora de decidir cómo será el futuro».

-El desarraigo, ¿es lo peor del fútbol?
-«Es parte de ésto, nunca me podría quejar de fútbol, porque me ha dado todo y nos ha permitido como familia crecer de un modo especial. Estoy feliz de lo que me ha tocado en suerte».
-Estamos hablando como si te estuvieras por retirar, ¿te quedan ganas de seguir jugando?
-«Sí, me gusta entrenar, y estoy más feliz jugando hoy que hace algunos años. Me pasó que entre los 26 y pasados los treinta me pesaba, seguramente porque eran muchos años ligados al fútbol. Y cuando empecé a tomar conciencia de que mi carrera entraba en su etapa final, fui disfrutando de cada momento mucho más que antes. Y ahora que volvió el público a los estadios todo se potencia. Mientras mantenga estas ganas, me sienta bien físicamente y aparezcan clubes que quieran contratarme, seguiré».
-¿Seguís viendo a River y Atlético?
-«Sí, siempre. Lo de River en más sencillo, pero a Atlético lo vi mucho en el tiempo que estuve en España. Además sigo los diarios, leo y veo todo lo que puedo. Es muy especial para mi»

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La gloria ajena

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«Voy a decir que todos los estilos son válidos para que se me reconozca la amplitud de mis ideas. Pero no me gusta que un resultado me diga cómo tengo que pensar. Prefiero un loco atrevido que llena el fútbol de vida, que la inteligencia aplicada al cálculo, el control y la especulación. Esa maravilla llamada fútbol nunca debería convertirse en un ámbito aburrido que en mitad de un partido nos hace recordar que existe la muerte. ¿O no jugamos para olvidar la realidad?» Jorge Valdano.
El maravilloso periodista John Carlín aseguró hace un tiempo que «un partido sin público es como tener sexo con la ropa puesta. No termina de convencer. Por ejemplo a mí me gusta observar el arte de Leo Messi que es una de las cosas más maravillosas que vi en los últimos 15 años. En el fútbol hay arte, pero por sobre todo hay mucha pasión. El que no haya público lo convierte en un fenómeno bastante estéril». Es cierto, el fútbol es el mejor deporte del mundo, pero con gente es, además, un espectáculo maravilloso. Que se puede disfrutar aunque nuestro equipo pierda, como nos ocurrió a los hinchas de Atlético anoche. Es cierto que las derrotas siempre provocan tristeza o bronca, pero cuando se juega con esa intención, la de jugar, esos sentimientos son leves.
Analizar antes del encuentro el material del que se disponía ilusionaba. Repase, un escenario de Primera división, una ciudad que vive el fútbol como pocas y presenta sus tribunas tapizadas de color y pasión, la televisión a través de Internet que esta vez no se tilda y al menos muestra el partido como en la cancha, dos clubes con toda la historia del ascenso encima, y varios nombres que al leerlos en la planilla ilusionan. Material suficiente para modelar arte futbolero. Solo que la realidad de ambos equipos en la tabla amenazaba claramente ese presagio. Pero lo que vimos contradijo esa realidad. Un muy buen partido, con matices marcados, momentos de buen juego que alternó equipos y un resultado abierto hasta el final. Solo el arbitraje, excesivamente permisivo, no estuvo a la altura. El resto lo puso el público.
Después de todo lo que sufrimos los seres humanos en el último año y medio, definitivamente nos sentimos sobrevivientes. Si vamos al diccionario, sobrevivir significa más que vivir. Aunque en el uso cotidiano encierra otro significado que duele. Pero igualmente, en general mantuvimos la ilusión, porque el mundo seguía allí, maravilloso. La poetisa italiana Irene Vella lo retrató. «…Entonces el miedo se hizo real/ Y todos los días parecían iguales/ Pero la primavera no lo sabía y las rosas volvieron a florecer/….A pesar de todo/ A pesar del virus/ A pesar del miedo/ A pesar de la muerte/ La primavera no lo sabía/ Y enseñó a todos/ La fuerza de la vida». Hoy, cada salida se disfruta mucho. Pero los argentinos somos expertos en arruinar oportunidades. Y ahora ponemos en riesgo este amanecer. El fútbol quedó en el centro del huracán tras ver tribunas desbordadas de público que, obviamente, en su mayoría no tenía barbijo. Tanto que el ministro Matías Lammens, advirtió severamente a los clubes por los claros excesos, señalándose que «si no pueden cumplir con el control», se evaluará volver a jugar a puertas cerradas. Y poco después la justicia porteña clausuró la cancha de Nueva Chicago por exceso de gente sin control. Lo que falta decir es que no ocurrió allí un partido de fútbol, sino un acto político en donde ¡el presidente Alberto Fernández cerró el plenario de organizaciones sociales! ¿Cómo le pedimos a la gente que se cuide y que en las tribunas canten con barbijo, estén todos vacunados y mantengan distancia, si quienes rigen el país dan estas señales?
Claro que como respuesta, lo más fuerte que se escuchó fue un ataque a la oposición y, de paso, a los medios de prensa «opositores». Un lugar común en este tipo de gobiernos. Como dijo el célebre pensador y orador Axel Kicillof, nobel agente de viajes de egresados y, en ratos libres, gobernador de la provincia de Buenos Aires, «hay medios de prensa que parecen partidos políticos». Por una vez tiene razón. C5N, por ejemplo. Por solo mencionar uno ultraoficialista. Como si se tratara de una respuesta, casi al mismo tiempo los periodistas María Ressa, de Filipinas y Dmitry Muratov, de Rusia, fueron distinguidos con el Premio Nobel de la Paz 2021 por sus «esfuerzos para salvaguardar la libertad de expresión que es una precondición para la democracia y la paz duradera», según expresó el Comité Noruego. Nunca es buena noticia que en democracia el periodismo sea noticia. Y peor o sospechoso, que sea el propio Presidente, o la vicepresidente, quienes busquen convertir al periodismo en noticia. Los datos suelen destruir los relatos. Y los buenos periodistas se basan en datos.
Volviendo al partido, como dije antes, nunca es lindo perder. Pero hacerlo de este modo no duele tanto. Y más después de haber sufrido nueve fechas que fueron un verdadero calvario por resultados y funcionamiento, o falta de este. Resta poco y prácticamente no hay chances de obtener ningún premio. Solo nos queda disfrutar del juego y pensar que se está apostando al futuro. Y que lo mejor está por venir en el próximo torneo. Que así sea.

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El paraíso recuperado

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Por Oscar Martínez. «Dicen que Nelson Rodrígues, cronista inolvidable de México ’70, seguía contando como nadie, aun casi ciego, las jugadas más bellas del fútbol de Brasil. Describía un bosque formidable y no le importaba si, a veces, equivocaba el lugar de un árbol, si una rama había cruzado o no la línea de gol o si el colibrí se adelantaba al picaflor. Odiaba a los «idiotas de la objetividad». El peor ciego –decía Rodrígues– es el que sólo ve la pelota». Alguien le mostraba que la televisión contradecía a su imaginación. «El video es para los que no saben ver», volvía a decir Rodrígues». «Historia de un mendigo», Ezequiel Fernández Moores, periodista.
Podría escribir sobre el partido, un encuentro apasionante jugado con mucho ritmo, y con momentos de brillantez, con situaciones de gol en ambos arcos, con gran entrega por parte de todos los futbolistas, con juego estético de un Atlético que se parece al que deseábamos ver, y con dos goles que le permitieron al local ganar como merece su historia. Y debería describir una victoria que apenas alcanza para maquillar una campaña inesperadamente pobre del conjunto de Otta, pero que reconforta a todos y destraba nudos de tensiones que amenazaban con estallar hace apenas diez días. Ganó la Crema. Es la actualidad, lo que alimenta el juego, lo visible, el make up, el gran titular. Pero aún desbordado de alegría por ver a mi equipo jugar de este modo y sumando de a tres, elijo mirar fuera del video, elijo el pensamiento de Rodrígues.
«No hay otros paraísos que los paraísos perdidos», escribió Jorge Luis Borges. Y nuestro paraíso, el de los futboleros, es este, el poder ir al estadio, acelerar el paso al ritmo del corazón cuando uno ve su silueta en pleno barrio Alberdi y escucha algún murmullo de aliento, subir las escaleras como si nuestras articulaciones tuvieran sólo 15 años y contemplar de pronto la cancha, ese tapiz que todos soñamos una vez con transitar vestidos de jugador profesional, y oír de cerca los cantos, sufrir en carne viva cada estocada del rival y que el cuerpo nos vibre igual que el cemento cuando la gente grita un gol desde el alma. Tener alguien cerca para comentar una jugada o maldecir al árbitro y que entiendan que estamos decididamente apasionados, locos. El fútbol en la cancha es otra cosa, es como el teatro. A mí me encanta el cine, pero el teatro…Mirar fútbol por tele es fantástico, pero ir al estadio es otra cosa. Es un paraíso. Y lo habíamos perdido.
Durante tanto tiempo escribí sobre la importancia de defender los sentimientos, sobre el amor al juego, sobre pelear contra el exitismo, sobre el valor de no aplaudir al que expulsan por pegar una patada y si al que intenta un caño, una gambeta, un sombrerito, aunque no le salga. Los que anoche fueron al estadio tal vez pudieron sentir que habían recuperado el paraíso. Durante este tiempo oscuro con partidos sólo para la tele y sin gente en los estadios, el exitismo pareció descender, aunque la cantidad de entrenadores despedidos me desmientan. El otro paraíso nuestro es lo que sentimos al jugar a la pelota o al ver hacerlo. Nuestra locura resultadista nos ha impedido hasta gozar a Messi sólo porque no era campeón con la selección. Anoche recuperamos un paraíso. El otro sigue en peligro.
Y a la hora de hablar de recuperaciones, los hinchas de Atlético recuperamos la sonrisa, la alegría, el orgullo de ver en la cancha a un equipo que se pareció a nuestros equipos del alma. Y son los mismos jugadores que odiamos durante nueve fechas negras. Claro que la responsabilidad de ese paso de Devoto a la gloria es enteramente de los futbolistas, del cuerpo técnico y de los dirigentes que los sostuvieron. Pero el lugar que el equipo ocupa en la tabla también.
«Las fiestas mexicanas suelen tener un curioso desarrollo. Lo primero que se acaba es el hielo, luego el agua mineral y después los refrescos. Lo último que se acaba es el alcohol. Lo mismo sucede en los estadios. Cuando el triunfo, la fama y la gloria ya se han ido de la cancha, nuestra pasión sigue intacta». Escribió Juan Villoro en «Balón dividido» (2014). Y tiene razón.

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