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Enfoques

El gran escape de una Argentina agobiada por el peso de lo estatal

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Por Marcelo Elizondo. En los últimos días de 2021 visitó Buenos Aires, con inusitada repercusión pública, Vitalik Buterin, el fundador de Ethereum, una de las principales criptomonedas en el planeta. Lo hizo por varios días y su curiosidad fue ver desde adentro una sociedad que convive con tan alta inflación. Se supo -a propósito- que la Argentina es ya uno de los diez países con más penetración de los criptoactivos. Ser un país «sin moneda» favorece los planes de las cripto; y las inseguridades jurídica y física potencian un futuro interés por esos intangibles.
El hecho no es una anécdota sino el reflejo de una tendencia: la Argentina se ha convertido en un espacio tan agobiado por el peso de lo estatal (regulaciones, normas, imposiciones, exigencias, requisitos) que en diversos ámbitos de la sociedad se ha iniciado un movimiento del que quizá no hemos dado debida cuenta aún. Un escape.
Si el sistema general (a través de la política) agobia, lo particular se mueve hacia afuera. Si no se sabe cambiar explícitamente (entre todos) el modelo de organización, pues cada vez más argentinos (de a uno) se escapan gradualmente de él.
Numerosos ejemplos permiten aseverar que mientras las discusiones políticas siguen analizando y propiciando más reglas, normas, obligaciones e imposiciones; y nos intoxican con más rigideces legales; una gran parte de la sociedad elude su vigencia. El proceso no es fácilmente medible, pero ocurre. Ya aseveró Mark Twain que los hechos son testarudos aunque las estadísticas sean más manejables.
Más de 7 millones de argentinos deben conformarse con desempeñarse en el llamado trabajo informal (37% del total de trabajadores). Y en paralelo ya solo uno de cada cuatro trabajadores (formales e informales) están afiliados a un sindicato en nuestro país. Algo no muy distinto del registro que muestra que hay partidos políticos con más afilados que votantes.
En otro extremo, cuando nos escaseaban las vacunas contra el Covid, se anunció que llegaron a ser 18.000 por mes los argentinos que viajaron a Estados Unidos para inocularse. A la vez, fuentes uruguayas expresan que, aun con fronteras cerradas por razones sanitarias, 30.000 argentinos llegaron a Uruguay en los últimos meses para asentarse del otro lado.
Según algunos especialistas, el 70% de los delitos no se denuncia en nuestro país. Y se estima en 350.000 millones de dólares el valor que los argentinos tienen «fuera del sistema». La salida de la moneda nacional, dicho sea de paso, se constata en la inflación acumulada de 1.300% en lo transcurrido del siglo XXI. Numerosos programas que pretenden que el ejercicio del poder político sería útil para imponer precios fracasan invariablemente. Fue popular en las redes sociales hace algunos días una foto de un vendedor callejero de choripán anunciando en su cartel el precio: dos dólares. Lo que se vincula con que en la Argentina se encuentra uno de cada cinco dólares en billetes que están fuera de los Estados Unidos (tenemos más dólares en billetes por habitante que los propios Estados Unidos).
Dicen ciertos estudiosos que más del 70% de los contratos de alquiler en la Argentina se celebran «en negro». Y otros amplían asegurando que un tercio de nuestra economía opera en la informalidad (con una elevada evasión impositiva).
La Argentina tiene el peor registro en nuestra región en materia de tiempo necesario para asegurar la vigencia de un contrato. Y en el «rule of law index» estamos apenas en el mediocre lugar 56 en el mundo (en nuestra región 12 países están mejor posicionados).
Es curioso que en casi 40 años de democracia (y con al menos una elección cada dos años) los argentinos hemos seguido validando un sistema del que, por goteo, nos vamos escapando. Padecemos una dificultad para convertir nuestra conducta individual en una doctrina para la organización. O, al revés, hemos adherido a modelos públicos que después nos incomodan en nuestras vidas cotidianas. Es la muerte del imperativo categórico de Kant.
Así, aunque la esencia de la política no parezca advertirlo, el constante incremento en la cantidad de decisiones públicas es inversamente proporcional a la vigencia del sistema. Hace varios años el profesor de Harvard Otto Solbrig nos advertía que en la Argentina «el Estado se mete en todo pero eso lo hace más débil». Querer no es poder. En una memorable pregunta en El Principito, Antoine de Saint-Exupéry se pegunta: si un rey ordena a sus súbditos que le bajen el sol y ellos no lo hacen ¿de quién es la culpa?
La naturaleza siempre responde con mecanismos de salida ante la presión exagerada. Ante el exceso estatal (sobreregulación, restricciones, imposiciones), la salida es el escape. Ya decía Alberdi (sospechando lo que se venía) que legislar poco es la mejor forma de hacer respetable la ley. Lo curioso es que esa salida parece darse por comportamientos individuales y no por un movimiento público explícito.
Hace algunos años, Keith Sharp, director de la London School of Economics, visitando Buenos Aires, advertía sobre los perniciosos efectos de la sobrecarga regulativa: «Si la economía en negro sigue creciendo y se convierte en norma, la sociología vería eso como un ‘Estado sembrando delitos’, y cuando las leyes ya no tienen más legitimidad en la población es porque aquellas han dejado de ser razonables».
Estamos ante un problema múltiple porque las salidas individuales no cambian el mal sistema por otro mejor, sino que debilitan casi todo. Sentenció el Barón de Montesquieu que las leyes inútiles debilitan a las necesarias.
Lo que parece evidente es que la congestión regulativa ya obtiene un preeminente rechazo en muchos actos individuales. Por arriba y por abajo. Lo que no es tan evidente es que estemos en un proceso de cambio del sistema hacia uno nuevo consistente con esas actitudes individuales; uno renovado y basado en la autonomía personal, el valor de los contratos autónomos como mayor motor ordenador y en el poder de la iniciativa particular preeminente. Un sistema que se enmarque en un conjunto de normas básicas (instituciones) que amparen las prevalentes decisiones privadas de los ciudadanos.
El desgaste del sistema es evidente, aunque no es tan evidente la conciencia de ese desgaste. Dice Moshé Halbertal, filósofo de la Universidad Hebrea, que la política muere cuando todo es política. Y agrega Thomas Friedman que la politización de todo termina «acogotando la gobernabilidad».
En «Utopía de un hombre que está cansado», Borges ya preveía un mundo en el que los gobiernos terminan desgastados por el abuso. Se vistió de profeta y aseveró que, por eso, los gobiernos irán «cayendo gradualmente en desuso».
Dados los hechos, sería pertinente, pues, pasar de esos actos individuales a la admisión colectiva de que necesitamos un orden nuevo, más despejado, menos politizado, que devuelva el poder a cada uno y reduzca ese direccionismo que nos pesa. Que supere esta dicotomía patológica.
Mientras tanto, seguimos asistiendo a un gran escape.
Dice nuestro diccionario que escape es una salida o solución a un asunto, en especial si es problemático o presenta alguna dificultad.
*Especialista en economía internacional, profesor universitario.

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Juan Basso, un largo camino

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Por Alcides Castagno. Dicen las matemáticas: todo número entero es múltiplo de 1 y de sí mismo. Esta afirmación, trasladada a personas, me recordó a los que comenzaron de la nada individual e incierta y fueron multiplicando su entorno y su descendencia hasta la «n» exponencial, ese lugar que reemplaza al futuro sin fin.
Juan Florentino Bienvenido Basso nació el 13 de agosto de 1922, fue el primogénito de la familia de José, un trabajador agropecuario en Humberto I, y Rosa Ángela Nocco. Lo siguieron siete hermanas, más otro varón y otra hermana. Se vivía con lo elemental. A Juan le tocaba ayudar a su padre en lo que fuere, ir a la escuela, y soñar con un futuro mejor. A los 9 años su familia se trasladó a Seeber, a una casa grande frente a la estación del tren, y para él poco cambió en su adolescencia. Ya con la juventud sembrando inquietudes, conoció a Elena Ester Chialvo una muchacha de familia acomodada, dos años mayor que él, pero que congeniaron en buscar otros horizontes más propicios para sus ambiciones. El fallecimiento prematuro de sus padres, en un intervalo de tres meses, apuró la decisión de casamiento, que concretaron en la iglesia de Vignaud el 9 de Abril de 1944. Juan tenía 22 años.
Rafaela los sedujo el día que vino por primera vez a ver un partido de fútbol, invitado por un pariente. Aquí descubrió una puerta muy grande para entrar a un mundo nuevo, que además signifique un porvenir para su primer hijo, José Luis, que estaba en edad escolar. Alquilaron una vivienda y almacén en bulevar Roca y Dante Alighieri. Muy cerca de allí vivía el doctor Urbano Poggi, con quien trabaron una relación entre profesional y amistosa. Él fue quien recomendó a Juan que viera a su amigo Faustino Scossiroli, dueño de la mueblería más importante de la ciudad. Mientras Elena cuidaba del almacén, Juan imponía su sesgo vendedor en la mueblería, en donde llegó a ocupar la gerencia. Pero los fines de semana la mueblería cerraba y el almacén también, ¿qué hacer con dos días disponibles? Una amistad fortuita signaría el resto de su vida empresaria: la de Dante Benincá. Entre ambos, se asociaron con otras «B»: Barizonzi, Baronetti y Bertolotti y, con un colectivo, organizaban excursiones a Santa Fe, Mar Chiquita, Río Hondo, Mendoza, con Juan como chofer y su hijo José Luis como acompañante. El emprendimiento no duró demasiado: era cansador y poco productivo.

Otras B

Dante Benincá, empresario próspero y bien predispuesto, siguió unido estrechamente a Juan, en la búsqueda de nuevos emprendimientos con este mueblero loco que aspiraba a mucho más. Y así nació una fábrica de potes de cartón, en los que se envasaban dulces y mermeladas. Después, de la misma sociedad nació la fábrica de mermeladas Dul-Cas, que comenzó en calle Caseros y continuó en bulevar Yrigoyen. No rindió lo esperado. Dante y Juan, en largas conversaciones, buscaban algo que se consolide a la altura de sus proyectos. Probaron fabricando abrazaderas. A esa mesa de inquietudes llegó un día Ítalo «Botica» Bottero, hábil en la construcción y manejo de máquinas. Sumando sus respectivas habilidades, crearon un emprendimiento para recuperar válvulas. Salieron a ver el mercado y se encontraron con que su máquina tenía gran aceptación, pero lo que realmente se necesitaban eran válvulas nuevas. No sabían cómo hacerlas, pero aprendieron y respondieron a la lógica: producir lo que el mercado necesita y no sumarse a lo que el mercado ya tiene. Así nació la fábrica de válvulas 3B: Basso, Benincá y Bottero. A fuerza de prueba y error, con trabajo y amor propio, tomaron por el camino de la mejora contínua, con una «B» capitalista sin avaricia, otra «B» honesta y trabajadora, y una «B» con voluntad empresaria arrolladora. El sonido permanente y variado de una empresa metalúrgica en producción comenzó a sonar en calle Armando Díaz 162, produciendo para el mercado repuestero y pensando que para alcanzar una larga meta hay que dar los primeros pasos. Así fue. Así creció. Así se pensó y se hizo la nueva fábrica donde las rutas 70 y 34 dibujan una cruz urbana. Juan compartió la emoción con su gente, fundiéndose en un abrazo aquel día de 1971 en que el camión terminó de cargar el primer embarque para exportación. Los sueños se cumplían. Entretanto, Juan y Dante compraron la parte de Bottero. José Luis, ya ingeniero en 1964, fue a trabajar a Renault Francia y luego como superintendente de Renault Argentina y de allí a BBB en 1974. Juan Carlos estudiaba Ciencias Económicas cuando llegó en el 77 la primera computadora; al año siguiente fue su herramienta inseparable.
Los hijos pidieron ser sólo una empresa familiar. Juan no aceptaría de grado separarse del amigo y socio con el que tanto habían hecho. No sin cierto dolor le ofreció la compra de su parte a Dante, en oportunidad de la creación de Motor Parts; Dante comprendió, accedió y la negociación se cumplió con total claridad. Juan concretó el último pago unos meses antes de su fallecimiento.
En Europa y en el mundo, las válvulas de la familia Basso, con una enorme legión de manos obreras, cumplían con sus roles de calidad y las Ferrari rugían con un corazón rafaelino.

La comunidad

Con la incomparable compañía de Elena y con su inspiración concretó el salón de la parroquia Villa Rosas, el campanario de la iglesia de San Antonio y asistió otras instituciones que se negó a mencionar. Sabemos de su compromiso personal más sus aportes para el «hongo» de Ferro, el automovilismo regional, la categoría midgets cuyos dirigentes lo honran con el nombre Juan Basso del circuito de Vila, el Centro Comercial, la Cámara de Comercio Exterior, un concepto que sus hijos y nietos que lo suceden en la empresa continúan ejerciendo.
El 30 de abril de 1984, Elena parte llevándose su sufrimiento. Un año y medio después Nelly, su segunda esposa, renueva su vida hasta la última noche en Buenos Aires, aquella en que Pablo Quiroga metió el gol con que Atlético le ganó al puntero Quilmes. Fue el 18 de Febrero de 1990.
Juan Florentino Bienvenido Basso no fue un matemático, pero fue un múltiplo de sí mismo y sumó a una comunidad.

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¿Quiénes son los responsables?

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Por Rogelio Alaniz.
I
El proyecto educativo de la generación del ochenta incluía entre otras virtudes dos condiciones decisivas. Gratuidad y obligatoriedad. Respecto de la gratuidad, ya habrá tiempo para hablar en detalle, pero en principio se la consideraba una condición decisiva porque el objetivo social y político estaba destinado en primer lugar a los sectores de menores recursos. Dicho de una manera sencilla: para 1880 las clases pudientes sabían dónde educar a sus hijos. Sabían y podían. El problema no eran ellos, el problema era esa inmensa mayoría de la población, criolla e inmigrante, analfabeta y semianalfabeta, superior al ochenta por ciento, según el censo ordenado por Sarmiento en 1869. ¿Y por qué era necesario abrir escuelas? Porque, como dijera Sarmiento, si queremos una nación de ciudadanos y no de súbditos es indispensable educar al soberano. Aprender a leer y escribir es importante, pero también importa adquirir nociones de cultura cívica, conciencia ciudadana. Por último, una nación que se propone crecer y desarrollarse necesita de recursos humanos, es decir, de educación. Por supuesto que hubo resistencias. Desde los sectores religiosos más oscurantistas y desde los grupos opulentos de la sociedad se levantaron voces contra lo que luego sería calificado como uno de los proyectos más formidable de transformación educativa del mundo de entonces. Irascible y fastidiado ante tanta necedad, Sarmiento en algún momento les dijo a los que se oponían: . «¿No queréis educar a los niños por caridad? Hacedlo por miedo, por preocupación, por egoísmo, movéos. El tiempo urge, mañana será tarde; vuestros palacios son demasiados suntuosos al lado de barrios demasiado humildes. El abismo que media entre el palacio y el rancho lo llenan las revoluciones con escombros y con sangre, pero os indicaré otro sistema de nivelarlo, la escuela». La esceula abierta se entiende, La escuela con niños y maestros dando clases. Y con padres interesados en que este prceso se cumpla. La escuela como forjadora de ciudadanos. «Hombres, pueblo, nación, Estado, todo, todo está en los humildes bancos de la escuela». Una vez más Sarmiento mirando más lejos.
 II
Con las diferencias históricas del caso, con los cambios decisivos habidos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XXI, las palabras de Sarmiento mantienen rigurosa actualidad. Tanta actualidad mantienen, que de hecho hasta Baradel las aprobaría, por lo menos de la boca para afuera, si es que Baradel sabe algo acerca de lo que significó la educación pública en la Argentina. Lo que significó, lo que logramos y lo que perdimos, esto último gracias entre otras cosas a los aportes que el populismo ha hecho a tan generoso objetivo. Hablamos de la gratuidad de la enseñanza. Le guste o no a Milei -no le gusta- la gratuidad fue una conquista de la humanidad, un paso importante y necesario para asegurar la igualdad de oportunidades. El Estado lo garantiza. ¿De dónde obtiene los recursos? De los impuestos de los ciudadanos por supuesto. No conozco otra posibilidad. Capítulo aparte es el de la gestión de esos recursos, pero si estuvieran mal gestionados la solución no es cerrar las escuelas, sino tomar las decisiones acertadas para que el sistema funcione. ¿Quiénes la deben tomar? En una democracia representativa lo debe hacer una clase dirigente y una burocracia idónea y eficaz. ¿Estamos lejos de es objetivo? Hoy sí, pero alguna vez estuvimos más cerca. Ese retroceso es una de las expresiones de la deadencia nacional que venimos soportando desde hace algunas décadas.
 III
Pero hay otro aspecto en el campo educativo que importa tener presente: la obligatoriedad. Se la repite como cantinela, pero no siempre se ha reflexionado acerca de los alcances de esa condición. ¿Por qué el Estado considera obligatoria la educación? No sólo por los objejtvos que están en juego, sino porque los legisladores de entonces conocían la condción humana, conocían sus alcances y sus límites y no ignoraban que si no se incluía esta exigencia esa sociedad atrasada, ignorante, dominada por los atavismos de la pobreza no iban a mandar voluntariamente a sus hijos a la escuela. Por lo menos un porcentaje importante no lo iba a hacer. Es probable que a alguien se le haya ocurrido que «yo soy libre de no mandar a mi hijo a la escuela». Lo siento por él. Él es libre de ser ignorante, pero no es libre de promover la ignorancia de sus hijos. La educación como un derecho y un deber. Lo recuerdo porque soy hijo de directores de escuelas. O manda a su hijo al colegio o va preso. Por supuesto, la mayoría optaba por lo primero. Este principio hasta los anarquistas lo respetaron. Pero al mismo tiempo este principio se fue constituyendo como cultura, como hábito, como sentido común. En esa Argentina donde se levantaron escuelas hasta en los lugares más remotos, los padres sin necesidad de presiones o amenazas mandaban a sus hijos a la escuela. Saber leer y escribir; saber sumar, restar y multiplicar, era necesario para vivir en sociedad. Nadie nunca puso en discusión estos principios elementales.
 IV
Pues bien, a partir de la pandemia este principio de la obligatoriedad de ir a clase empezó a ser puesto en tela de juicio. Nadie lo dijo de manera brutal, pero no fueron pocos los que se las ingeniaron para que de hecho las escuelas estuvieran cerradas a cal y canto durante un año y medio. La pandemia fue la excusa. Interesante actualización de la consigna fundacional: «Alpargatas sí, libros no». Se militó con singular entusiasmo a favor de las escuelas cerradas cuando sobraban lo datos a favor de una apertura responsable. Un año y medio las escuelas cerradas. Por lo menos asi ocurrió en las provincias o en los territorios controlados por el peronismo. Según informes confiables, en provincia de Buenos Aires más de medio millón de chicos de familias de bajos recursos quedaron a la intemperie. Previsible. Como también fue previsible que el narcotráfico en sus diferentes escalas aprovecharan lo sucedido. ¿O acaso alguien puede asombrarse que sean los chicos de familias pobres e indigentes los más expuestos? ¿Acaso alguien puede creer que cerrar las escuelas no provoca consecuencias sobre los niños? 
V
Algunas de estas consideraciones seguramente tuvo presnte la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, Soledad Ascuña, cuando dijo lo obvio, cuando dijo, por usar una imagen conocida, que el rey está desnudo. La señora Acuña dijo si se quiere una obviedad, pero lo novedoso no fueron sus palabras, lo novedoso fue que los reponsables de cerrar las escuelas, los responsbles de dejar a los chicos en la calle sin contención, acusen a quien se lamenta por esta realidad de racista, discriminadora, elitista, neoliberal y otras bellezas por el estilo. El mundo del revés. Acuña elabora un diagnóstico con un realismo descarnado y los responsables de haber promovido esa situación la imputan por supuesta enemiga de los pobres. Con paciencia de sádicos día a día contribuyen a destruir la educación pública, pero resulta que los enemigos de los pobres son los que se afligen porque esto ocurra. ¿Qué decir? Nada que ya no se sepa. A modo de consejo y atendiendo los rigores conocidos, a la ministra Soledad Acuña le recordaría aquel viejo proverbio: «En la Argentina peronista, si vas a decir la verdad, comprate un caballo veloz».

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Si al productor agropecuario le iría bien…

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Por Augusto Gastaldo*. ¿Qué dice este señor? ¿Que al productor agropecuario le va bien?
Claramente no es productor agropecuario, y si lo es no debe tener otro negocio de donde sacar los recursos para mantener la explotación. Coincido en el resto de lo que dice, pero es de un profundo desconocimiento decir que al productor agropecuario LE VA BIEN en general, y con todo respeto, lo realmente grave es que haya personas que reenvíen muchas veces su audio y que encima otros productores avalen lo que dice.
Si al productor agropecuario le iría bien, el último censo no hubiese arrojado 40 mil productores menos, no hubieran cerrado 5.000 tambos del 2002 al 2015, en su gran mayoría productores chicos que debieron malvender su campo (por lo general a algún político o juez corrupto), convertir su hogar en tapera y migrar a la ciudad a rebuscarse para sobrevivir.
Hace 60 años, en mi zona, una familia agropecuaria vivía con 3 hectáreas de algodón, 1 de tabaco y algunos vacunos. Si al productor agropecuario le iría bien, no tendría que sembrar cada vez más o tener cada vez más animales para poder sobrevivir, siendo en mi zona 800 hectáreas de cultivo o por lo menos 500 cabezas.
Si al productor agropecuario le iría bien, no tendría un porcentaje de destete promedio del 50/60%, mismo índice que hace 40 años.
Si al productor agropecuario le iría bien, no sufriría las contradicciones de la comercialización al exterior de carne, por un lado aporta al IPCVA para promocionar la carne en europea y por el otro lado sufre de los constantes cambios en la reglas de juego.
Si al productor agropecuario le iría bien, agricultores de mi zona no se estarían yendo a producir a Paraguay, donde todo funciona, donde las leyes laborales no son un impedimento para poder producir, donde la carga impositiva no es asfixiante, donde no hay cepo cambiario, no hay retenciones, se cobra el precio lleno, lo que la producción vale, donde la entrega de maquinaria nueva es de algunos días y no de hasta 2 años como es en la Argentina.
No estamos hablando de pooles de siembra de capitales noruegos, son productores medianos que están ellos mismos arriba del tractor.
Si al productor agropecuario le iría bien no estaría cumpliendo guardias en los silos bolsas con una escopeta para evitar ser víctima de vandalismo. No sufriría la amenaza constante de incendios en muchos casos intencionales y que encima lo culpen por ello.
Si al productor agropecuario le iría bien gozaría de la devolución en obras de la altísima carga impositiva, tenemos rutas cada vez en peor estado, inclusive rutas no muy viejas.
¡No tendría que transitar sobre puentes de madera que la forestal construyó hace 100 años!
No tendría naturalizado los cortes de luz, las producciones intensivas de pollos y cerdos no tendrían que estar «alambrando» de no perder su producción ante un corte de energía eléctrica ya que depende de un sistema caro, ineficiente y obsoleto.
Si al productor agropecuario le iría bien, no perdería cosecha y oportunidades óptimas de siembra o fumigaciones a tiempo por ser casi una misión imposible conseguir cubiertas para tractores, cosechadoras y maquinaría agrícola en general.
No tendría que depender de una lista de espera en su proveedor para conseguir un rollo de alambre.
Si al productor agropecuario le iría bien, no existiría la comercialización de tractores viejos que en EE.UU. hubieran entrado a desguace hace ya 50/60 años.
Si al productor agropecuario le iría bien cambiaría sus molinos y alambrados en base a su vida útil, en cualquier establecimiento de mi zona hay molinos y alambrados de 70 años o más.
Podría seguir un largo rato escribiendo, pero en resumen, si nosotros mismos como productores decimos que el sector está bien, no nos quejemos luego de nos metan la mano en el bolsillo.
*Presidente de la Sociedad Rural de Reconquista.

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