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Opinión

El dilema de una democracia con un capitalismo fallido

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20.06 El desarrollo de la república, con las reformas estructurales que involucra, impone la vigencia de otro sistema capitalista.

Por Daniel Gustavo Montamat (*) Antes de trasladarse a Cambridge en 1927 contratado para dar clases, el famoso economista italiano Piero Sraffa disertó como invitado en el Keynes Political Economy Club sobre el tema The Corporative State (el Estado corporativo fascista). Allí, el italiano destacó que la democracia liberal de la primera posguerra, tironeada por partidos clasistas que buscaban la supremacía, había sucumbido a concesiones y privilegios que reavivaron una puja distributiva inmanejable. El nuevo Estado corporativo que impusieron los fascistas, sostuvo Sraffa, no intervino en principio en la generación del producto económico, donde asumía intereses convergentes de empresarios y trabajadores para aumentar el tamaño de la “torta”, sino en la implementación de mecanismos forzados de negociación entre corporaciones empresarias y sindicales para repartir el producto. Rechazando la nacionalización de los medios de producción, el fascismo procedió a nacionalizar el mecanismo de distribución. Hay un párrafo imperdible del texto de la Carta del lavoro citado por Sraffa: “El Estado corporativo considera la iniciativa privada en el campo de la producción el medio más eficaz y más útil para el interés de la nación. La intervención del Estado en la producción económica se verifica solamente cuando falte o sea insuficiente la iniciativa privada o cuando estén en juego las intereses políticos del Estado”.

El capitalismo corporativo resultante de ese nuevo orden político (con mercados intervenidos por “intereses políticos” y reparto estatizado del producto a través de la mediación obligatoria y el control de los sindicatos y las organizaciones de empleadores por parte del gobierno) es consustancial, para Sraffa, a la dinámica del poder del Estado corporativo, Estado con partido único y gestión autocrática. Se deduce de su análisis riguroso que combinar capitalismo corporativo con democracia liberal es como mezclar agua con aceite.

Antes de que cayera el Muro de Berlín, lo que preanunció el colapso del comunismo, cuando todavía el modelo de planificación centralizada y propiedad colectiva de los medios de producción se planteaba como una alternativa al sistema capitalista, escuché decir al empresario Fulvio Pagani padre que el “desdesarrollo” argentino había degenerado en un sistema que operaba como “un capitalismo sin mercado y un socialismo sin plan”. La definición sugería que, por un lado, los argentinos somos capitalistas porque el orden jurídico consagra la propiedad privada y el principio de autonomía de la voluntad en la celebración de contratos, pero, por otro lado, y en simultáneo, hay múltiples mecanismos de intervención en la operación de las transacciones privadas con trabas, controles, regulaciones discrecionales e intromisiones distributivas que se parecen a los de un socialismo cuasi soviético, pero sin un plan, con improvisaciones recurrentes y en muchos casos arbitrarias. El peor de los mundos.

Warren J. Samuels, profesor de Michigan y referente del institucionalismo económico americano, siempre recordaba que para distinguir el capitalismo del socialismo había que poner la lupa en el régimen de propiedad. El comunismo y el fascismo convergen en el odio a la democracia liberal, pero en materia económica solo el comunismo fue revolucionario, porque había suprimido la propiedad privada de los medios de producción y el plan central operaba con unidades de producción que sustituían el mercado. El fascismo camuflaba bajo el Estado omnipresente la operación de un capitalismo corporativo, con un régimen de propiedad oligárquico con reminiscencias feudales, pero de propiedad privada al fin.

Entre nosotros, a partir del golpe del 30, luego el del 43, y con el primer peronismo, con toques autóctonos (partido hegemónico, elecciones periódicas), se fue gestando un capitalismo corporativo que ha perdurado y que siempre se dio de bruces con la organización política republicana de la Constitución nacional. Como sus mecanismos de intervención, negociación colectiva y reparto requieren la validación del poder de un Estado corporativo, en el entorno republicano esa anomalía recalienta pujas distributivas e institucionaliza una inflación crónica que bloquea el crecimiento y la generación de empleo, propagando la pobreza y la exclusión.

Los exégetas de los nacionalismos de izquierda, y otros maridajes posmodernos, en el fondo se proponen restablecer el poder del Estado corporativo, doblegando la república, para remozar la operatividad del capitalismo que le hace juego. Tienen un problema, porque los populismos posmodernos y sus democracias plebiscitarias han transformado el capitalismo corporativo en capitalismo de amigos u oligárquico como nuevo medio de cooptación del Estado y perpetuación en el poder. Es un capitalismo fallido que concentra riquezas, redistribuye pobreza y sepulta el desarrollo.

Cuando los alemanes empezaban el arduo camino de la reconstrucción tras la devastación de la Segunda Guerra, Konrad Adenauer, el exalcalde de Colonia devenido canciller y uno de los fundadores de la nueva Europa, formuló aquella frase que tradujo el toque renano a la impronta de la economía capitalista: “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. En la nueva economía alemana de la posguerra, el capitalismo corporativo de la organización nazi cedía lugar al desarrollo capitalista de la “economía social de mercado”.

Reincidente en la repetición de errores y fracasos, nuestro capitalismo fallido ha invertido la ecuación: tanto Estado como sea posible, tan poco mercado como sea necesario. Así nos va, con un Estado fofo y ausente, sin bienes públicos de calidad, sin estrategia de largo plazo, sin planes ni programas que se continúen en el tiempo, con cepos y controles que se amplían y repiten (como los que hoy discuten Gobierno y empresarios), con mercados cautivos y con muchos “capitalistas” refractarios a la competencia y a la innovación.

Hemos insistido en que el desafío de la Argentina es “republicanizar” la democracia y desarrollar la república. El desarrollo de la república, con las reformas estructurales que ello involucra, impone la vigencia de otro capitalismo. Sea el “capitalismo empresarial” con mucha participación de empresas privadas inclinadas a la innovación, y un Estado más concentrado en sus roles de garantizar la competencia y regular las fallas del mercado. O el “capitalismo de grandes corporaciones” (incluidas algunas estatales) que se proyecten a los mercados mundiales a partir de una plataforma doméstica y regional, con un Estado activo en el diseño y promoción de políticas comerciales e industriales y muchas pymes integradas a las cadenas de valor. Incluso también de un “capitalismo guiado por el Estado” o desarrollista, donde las políticas públicas escogen los sectores industriales a promover, la banca pública orienta el crédito y un entramado de empresas públicas y privadas llevan adelante el proyecto productivo.

Pero el nuevo capitalismo argentino, discutido y consensuado en la república, debe reencontrarnos con la estabilidad macroeconómica de largo plazo, erradicar la inflación, devolvernos una moneda que sea reserva de valor, reorientar la estrategia productiva al valor agregado exportable y cuidar, especialmente, de no inhibir con trabas, controles e intervenciones discrecionales la operación del circuito de las cuatro íes: información-incentivos-inversión-innovación.

(*) Doctor en Economía y en Derecho

Enfoques

Octavio Zobboli, el hacedor

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Por Alcides Castagno. En mi adolescencia lo había encontrado en su casa de calle Maipú; sólo fue un saludo de circunstancia. Me había impresionado con un andar erguido, casi solemne. A pesar de frecuentar su casa por mi amistad teatral con Marta y Beatriz, dos de sus hijas, nunca más lo vi. Esa imagen se repitió en una filmación de 1926 cuando, en la inauguración de la capilla del Hospital, se lo veía unos segundos junto a Magdalena de De Lorenzi. Hablo de Octavio Zobboli, uno de los grandes constructores de una Rafaela en crecimiento, un hacedor lleno de iniciativas posibles que, en su medida, llevó a la práctica.
Nació el 19 de diciembre de 1985. Desde joven se interesó por la política y su ciudad. A los 26 años fue concejal y durante su mandato presentó un proyecto de pavimentación de la ciudad. Poco después, entre 1925 y 1926 fue secretario municipal y el 2 de agosto de 1926 asume como intendente en un primer periodo de dos años hasta el 6/8/28 continuado 10 años después, del 23/3/38 al 10/4/41. De inmediato asumió para un tercer periodo entre el 29/4/41 y el 11/10/43.
Desde el primer momento desplegó sus sueños e iniciativas; la pavimentación con adoquinado que proyectara como concejal, comenzó a realizarse en su intendencia y fue su obra más importante, lo mismo que el proyecto de proveer agua corriente para la ciudad en 1927, que fue inaugurado en 1937. Dispuso la pavimentación del tramo de la ruta 166 (hoy 70) que faltaba para hacerla llegar hasta el centro de la ciudad. Las plazas y paseos públicos fueron de su interés primordial, así nacieron la plaza Sarmiento en 1926, la plaza 1ro. de Mayo en 1927, la plaza Rivadavia (hoy Normando Corti) en 1942, comenzó con la plaza Colón, finalizada luego por su sucesor Raúl Dutruel. Le pareció que el cantero de bulevar Lehmann estaba demasiado vacío, de modo que hizo construir la pérgola que hoy vemos como centro de atención y referencia. Para abastecer a las plazas y paseos, creó el Parque Vivero Villa Podio, a fin de producir las especies vegetales para la ciudad y, además, parquizó el sector agregando un lago artificial para que sirva de marco para el esparcimiento controlado de ese sector. En 1942 inauguró otro parque de la ciudad, el Balneario (hoy Centro de Educación Física) y para los más chicos utilizó distintos espacios vacíos equipándolos con juegos. Su preocupación por los chicos no terminó allí ya que creó el Comedor Escolar. Durante su gestión se inauguró el Mercado Municipal (Hoy Centro Cultural Viejo Mercado), el Corralón Municipal de Maestranza, y creó la empresa Municipal de Transporte, adquiriendo tres unidades, organizó la oficina de Catastro y creó las Comisiones Vecinales.
La síntesis de obras oficiales de Octavio Zobboli no fue todo. Se mostró ligado a instituciones sociales y deportivas. Aquí también tuvo una actuación profusa. Relacionado con la educación, fue presidente de la Cooperadora de la Escuela Normal Nro. 4 y luego de la Cooperadora del Colegio Nacional. Fue presidente del Club Atlético de Rafaela de 1919 a 1921; presidió la primera comisión de carreras y propició la compra de dos manzanas de terreno para destinarlas a campo de deportes. Integró el grupo fundador del Jockey Club Rafaela y colaboró en subcomisiones internas y el tribunal de honor.
Una curiosidad que pinta la personalidad de Octavio Zobboli: fue en octubre de 1923. Debían jugar al fútbol Atlético contra San Cristóbal F.C. A la hora de comienzo, el árbitro no estaba, de modo que Zobboli tomó el silbato y dirigió el primer tiempo del encuentro, que terminó cero a cero. Antes del comienzo del segundo tiempo llegó el árbitro Rivas y Octavio le cedió el mando.
El deseo de conocerlo más íntimamente me hizo visitar a Beatriz, su hija mayor, jovial, lúcida, que muestra sus 95 años con chispas en la mirada. «Mi padre tenía un gran amor por las plantas y las flores. Ya en su primera intendencia, en 1926, iba todas las mañanas a la plaza, hablaba con los jardineros y les indicaba las plantas que debían plantar y cómo ubicarlas. A veces me llevaba con él y disfrutábamos mucho el recorrido. Otras veces íbamos a visitarlo a la Municipalidad, en avenida Santa Fe, adonde trabajaba con su secretario Bonvicini. Recuerdo que a mis 5 o 6 años me llevaba de la mano a la Escuela de las Hermanas adonde yo iba a clases. Era muy familiero, hijo único, vivió con su madre y trabajó desde muy joven. Su padre viajó a Buenos Aires para atenderse de una enfermedad y nunca se supo más de él; se supone que murió en Buenos Aires. Lo recuerdo como muy divertido; por ejemplo cuando venían para Navidad mis tías Zanetti las volvía locas con cohetes y todo tipo de bromas. Le hubiera gustado tener un hijo varón pero tuvo cuatro mujeres: yo, la mayor, Beatriz Elena; luego llegó Esther, casada con Edmundo Cismondi; después vino Elea, esposa del Dr. Laura, recientemente fallecida y Marta, la menor, una destacada docente de distintos niveles educativos. Con su esposa, Elena Zanetti, eran muy unidos y se complementaban en todo».
Tuvo una vida política muy interesante y activa. Cuando se retiró del último periodo como intendente se asoció con los Callegari en una empresa constructora.
Beatriz da por terminada la charla y me invita a conocer su patio, con el mismo orgullo de su padre. Allí, una población de plantas y flores transmiten alegría y color, desde el enorme chivato con sus pequeñas flores rojas, los agapantos, margaritas hasta tantas especies que hablan de su pasión y su herencia.
Octavio Zobboli murió en 1970; su paso por la historia de la ciudad dejó signos de vida y obras, de iniciativa, compromiso y realización. Ojalá en esta síntesis pueda verse la imagen de un gran hacedor.

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Editorial

Incertidumbre financiera

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Alberto Fernández no sólo dice que ganó las elecciones que perdió, sino que actúa como si las hubiera ganado y que la única derrotada hubiese sido Cristina Kirchner. Aprovecha el estupor generalizado que esto provoca para tomar distancia de la vice y enviar señales de moderación frente a desvaríos típicamente K como la pretensión de Roberto Feletti de aumentar las retenciones a la carne porque el control de precios que capitanea demostró por enésima vez que puede servir para cualquier cosa menos para controlar los precios.
El episodio merece ser repasado porque ilustra el estado caótico de la cadena de mandos tras las elecciones de medio término. Feletti fue ubicado en la Secretaría de Comercio por exigencia de Cristina Kirchner tras la debacle de las PASO. La vice consideró a Alberto Fernández el gran responsable de esa derrota y le vació medio Gabinete.
La semana pasada, en declaraciones al diario oficialista Página/12, Feletti amenazó apenas veladamente con aumentar las retenciones a las carnes si el precio seguía aumentando. De inmediato salió a cruzarlo Matías Kulfas, el ministro de Producción que sufrió incontables embates del cristinismo, pero sobrevivió en el cargo. Dijo que Feletti estaba «teorizando», que el Gobierno no había tomado «ninguna decisión» al respecto y terminó con un consejo para el secretario: pensar en voz alta no es lo más indicado.
Moraleja: el ministro no tiene autoridad sobre un inferior jerárquico por el delirante sistema de doble comando con que se maneja el Gobierno y debe zamarrearlo en público. Difícil generar más ruido político que interfiera con la economía.
Pero la vendetta de Kulfas no terminó ahí. Al día siguiente se reunió en Monte Grande con el intendente de Esteban Echeverría, Fernando Gray, y el jefe de Gabinete, Juan Manzur. Habían ido a la apertura de un modesto comercio. Gray, que desafió a Máximo Kirchner por el control del PJ bonaerense, se fotografió junto a Kulfas y Manzur blandiendo un serrucho. Kulfas empuñó un pico y Manzur, una pala. Los mensajes en Sicilia son más sutiles.
El Presidente se envalentona porque su vice guarda silencio o se muestra en las redes con senadoras que le son incondicionales. No se compromete con declaraciones, pero recuerda que tiene el control de la Cámara Alta. Después de las PASO salió a hablar y casi voltea al Gobierno; ahora manda a Eduardo de Pedro a declarar que el cristinismo está alineado con las negociaciones con el FMI, pero que esperan un acuerdo «respetable». No tiene muchas opciones; optó por cederle la iniciativa y el costo político al Presidente.
Pero hay otros funcionarios hiper K menos diplomáticos que De Pedro. Curiosamente son diplomáticos. Lanzan misiles con impacto pleno sobre el Presidente. No otro sentido tiene la asombrosa conducta del embajador Rafael Bielsa, de Ariel Basteiro o de Carlos Raimundi que Fernández no puede mandar a sus casas, porque son soldados del sector más radicalizado del kirchnerismo.
Pero los disparates en materia de política exterior que deterioran la imagen del país no son el único daño que produce la interna oficialista. El daño económico es cada vez mayor.
Los mercados muestran que las finanzas argentinas entraron en estado de coma. Las acciones de las empresas nacionales se derrumban, los bonos están a precio de default y el riesgo país superó cómodamente los 1.800 puntos.
Las reservas del Banco Central llegaron a un punto que la entidad tuvo que prohibir el financiamiento de pasajes y gastos turísticos con tarjeta de crédito. Se calcula que el ahorro por ese nuevo «cepo» ronda los 250 millones de dólares, lo que resulta un mal indicio sobre las reservas disponibles. Otro mal indicio fue el de obligar a los bancos a vender sus propios dólares para volcar unos 600 millones de dólares al sistema.
En este marco los vencimientos con el FMI están a la vuelta de la esquina. Los fondos de inversión y hasta los «buitres» se mantienen lejos de cualquier activo argentino, porque prevalece el pesimismo sobre la posibilidad de que el Gobierno unifique criterios para salir de la actual coyuntura.
La posición pública del Gobierno para acordar con el FMI es poco viable. Martín Guzmán dice que la economía crecerá lo suficiente como para no tener que bajar el gasto, pero su planteo es indigerible para el organismo.
La receta del FMI no es otra que la de la reducción del gasto y del déficit para empezar a pagar la deuda. De todas maneras la traba principal para cualquier acuerdo es menos la diferencia sobre las proyecciones macro que la falta de credibilidad de un Presidente golpeado por la derrota electoral, la crisis económica y la falta de poder propio. Y que a esas calamidades suma ahora la del desafío a quien lo instaló en la Casa Rosada.
editorial@diariocastellanos.net

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Agro

Punto límite

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13.02 Por Norma Bessone. Si bien estamos abocados desde hace mucho tiempo atrás, después de casi dos años de trabajo sistemático, incansable, de elaboración de propuestas, de brindar aportes serios y calificados, de acercar partes, de presentar estadísticas de fuentes indiscutidas, de oficiar de gestores ad honorem en un área en la que el aparato público (ampliamente cubierto de funcionarios pagos) debería hacerlo, hemos llegado a la situación de mayor desamparo y decepción en relación al tratamiento de la aplicación de fitosanitarios en el periurbano de Rafaela.

¿Cuál es la responsabilidad de nuestros referentes políticos en las cuestiones que atañen al sector productivo que genera continuamente divisas para que ellos puedan “invertir”? ¿Cuál es su compromiso e intención de buscar soluciones para la continuidad productiva? ¿Cuál es su deber como autoridades de la ciudadanía para resolver profesional y objetivamente los conflictos que surgen? ¿O quizás son generadores de una nueva grieta “urbanidad versus ruralidad”?

El Gobierno de la Provincia de Santa Fe a través del Ministerio de Ambiente y Cambio Climático, el Ministerio de Salud y el Ministerio de la Producción, Ciencia y Tecnología de Santa Fe, acompañan proyectos de educación ambiental, promoción de los cuidados de la salud, innovación y desarrollo sin embargo dejan un enorme espacio vacío en cuanto a la implementación, estímulo y fortalecimiento del trabajo con BPAs. Se publica un Manual con los principales puntos que deberían contener las ordenanzas que diseñen las localidades de la provincia en relación al uso y aplicación de productos fitosanitarios mencionando además que para ello es fundamental el “consenso” de todos los actores en su elaboración. Y ¿luego de eso…? No hay acompañamiento, ni seguimiento ni implicación en los casos. ¿No debería ser ese el rol de nuestras autoridades?

Miramos con admiración nuestra vecina provincia de Córdoba dónde se trabaja mucho en este sentido. En 2020 participaron alrededor de 3400 productores, 80 de ellos fueron premiados durante la última Fiesta Nacional del Trigo. El programa no hace distinciones por tipo de producción (puede ser ganadería o agricultura más o menos intensiva) ni entre productores chicos, medianos o grandes. Para este año tiene asignado un presupuesto de 250 millones de pesos. Y escuchamos decir a su ministro: “Al productor hay que reconocerlo, protegerlo y, si es posible, estimularlo. Él pone en su campo el cartel de BPA y hacia afuera está diciendo que ahí hay un productor que hace bien las cosas y que lo que hace tiene valor agregado, porque es una certificación que el mundo está requiriendo”. Con idénticas propuestas es inentendible esta disparidad de comportamientos.

Como si este desentendimiento fuera poco, sumamos a ello la continua provocación al manifestar, desde sectores oficialistas, “agravios y/o presiones” en relación al tratamiento del proyecto de ordenanza. Una vez más reiteramos y volvemos a expresarlo públicamente: si estas acciones fueren reales y comprobables lo que corresponde a un sistema democrático, es denunciarlos ante la Justicia para que sean esclarecidos y debidamente sancionados.

Dejemos de enviar obvios mensajes para la tribuna, o presentar acciones cual escenografía que quedan sólo en un papel. Que cada uno ASUMA la RESPONSABILIDAD de su cargo y función con el compromiso, seriedad y dedicación que los ciudadanos merecemos. Tienen la OBLIGACIÓN como funcionarios de brindarnos un modelo superador que considere todas las variables que hacen al concepto integral de SALUD (tratamiento de efluentes, residuos, agua segura, alimentación, educación, entre otros).

No permitamos que a partir de este caso, nuestra Rafaela, sea la pieza que genere un efecto dominó en el que encadenadamente se empiecen a desmoronar otros sectores sumándose a la deplorable caída nacional en la dinámica de prohibiciones, cepos, cierres, ceses…

Tristemente hemos llegado al punto límite.

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