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Deportes

El inolvidable 1968

Jorge Ternengo

Por Jorge Ternengo

El '68 fue el segundo año en que participé en Turismo Carretera. Después de haber integrado en el '67, año de mi debut en la categoría, un equipo oficial de fábrica, me tocó correr en forma particular con todas las circunstancias que implica esta situación, para lograr tener un equipo más o menos competitivo: montar o alquilar un taller con todas las herramientas necesarias, contratar los recursos humanos adecuados para atender el auto, organizar el grupo de auxilio -ya que, recordemos, la mayoría de las carreras se disputaban en ruta- y, además, los muchos detalles que van surgiendo sobre la marcha, en el trabajo de todos los días.

Sin embargo falta señalar lo más importante, porque todo lo anterior puede estar perfecto, pero si no hay un presupuesto que permita solventar los gastos no hay temporada ni nada que se parezca y, por supuesto, también tuve que ocuparme de buscar los sponsors. Por suerte siempre tuve amigos que me ayudaron, y en ese momento no faltaron.

Fue un contraste muy grande con el año anterior y también me faltaba experiencia, nunca había tenido que hacer todo solo. Lo que puedo decir es que pese a los inconvenientes, la pasión por correr era tan fuerte que me ayudó a sortear los obstáculos que se iban presentando carrera tras carrera.

Además, el destino, en el que creo firmemente, fue benévolo y generoso, porque conocí a una excelente persona, Juan Luis Buela, a quien hoy considero un gran amigo y que, sin duda, fue uno de los mejores afectos que el automovilismo trajo a mi vida. En ese momento estaba a cargo del departamento de publicidad de la empresa de aviación americana Braniff y fue el que confió en mis posibilidades y me dio la sponsorización para el auto de Turismo Carretera, que lució el logo de esa empresa en la trompa durante la temporada 1968, lo que simplificó, en gran parte, el problema del mantenimiento del equipo. Como si esto fuera poco, también me regalaron un viaje con todo incluido por quince días, a Estados Unidos, que comprendía la visita a Indianápolis para presenciar las legendarias 500 Millas. Para un rafaelino, amante de los autos y las carreras, fanático de los monopostos y admirador de nuestras 500", como yo, poder asistir a la competencia norteamericana en la que se habían inspirado aquellos pioneros dirigentes de Atlético, era cumplir un hermoso sueño.

Al llegar a la ciudad de Indianápolis, cuatro días antes de la carrera, acompañado por Juan Luis, que tiene un excelente manejo del idioma inglés, lo primero que hicimos fue ir al circuito. Yo había gestionado una credencial de periodista tres meses antes y tuve que retirarla en una oficina del complejo, donde tras presentar mi documentación, inmediatamente extrajeron la credencial identificatoria. Fue en ese momento que ocurrió algo curioso: mi amigo, que hasta ese momento había oficiado como traductor, quiso obtener un pase como el mío para estar en boxes y aunque le expliqué que el reglamento de la prueba decía que la documentación debía ser tramitada con dos meses de anticipación, como buen argentino, no se dio por vencido.

Para un rafaelino, amante de los autos y las carreras, fanático de los monopostos y admirador de nuestras 500", como yo, poder asistir a la competencia norteamericana, en la que se habían inspirado aquellos pioneros dirigentes de Atlético, era cumplir un hermoso sueño

Jones Parnelli.
Jones Parnelli.

En un perfecto inglés le hablaba a la encargada, mientras yo lo único que entendía era el movimiento de cabeza de ella, marcándole un rotundo no; después de un rato, le dijo algo, se paró y se retiró a otra habitación. A los pocos minutos reapareció la empleada y, ante mi absoluto asombro, le pidió el documento, completó la credencial y se la entregó, junto a la remera de fotógrafo. Cuando salimos de la oficina me contó que la había convencido diciéndole que yo había traído un importante equipo fotográfico de la Argentina y que solo, por mi contextura pequeña, no iba a poder cargarlo, por lo que necesitaba contar con su ayuda. Con este simple argumento, más el ingenio criollo, logró convencerla.

Recorrimos los boxes con la credencial más alta, la número 99, que nos otorgaba libertad para circular por todos los lugares del circuito. Realmente, la emoción me embargó todo el tiempo, recorrer box por box, observar a esos autos de avanzada y poder estar junto a corredores que eran ídolos en ese óvalo reconocido mundialmente, superó todas las expectativas posibles. Y el momento culminante fue cuando llegamos al box de Lotus, donde estaba dirigiendo al equipo el mismísimo Colin Chapman, creador de los autos más revolucionarios de la F1 Internacional. Gracias al buen inglés y, justo es decirlo, a la labia de mi compañero, nos comunicamos con él y tuvo la amabilidad de retirar la carrocería y mostrarnos todos los detalles del auto. Era un coche con una concepción revolucionaria, propulsado con una turbina similar a la de los aviones. Después de haber vivido esta experiencia, el viaje ya estaba ampliamente justificado.

Llegó el domingo de la carrera y empezó el fantástico show presenciado por una multitud, más de trescientos mil espectadores. Primero desfilaron las bandas de distintas universidades del país, lo que duró alrededor de tres horas, y luego llegó el momento de la largada de los treinta y tres mejores tiempos de clasificación. Ver pasar a todos los autos juntos, con los motores rugiendo a pleno, es algo muy difícil de olvidar.

Otro hecho inusual ocurrió en la carrera liderada por el Lotus a turbina, que funcionaba en forma impecable, conducido por Parnel Jones, hasta que cuando faltaban solamente tres vueltas abandonó abruptamente ante el delirio del público, que indudablemente simpatizaba con los autos equipados con los motores convencionales a pistón. Este abandono dio lugar a muchos comentarios, algunos argumentaban que el triunfo de un motor a turbina era inconveniente, ya que podía desequilibrar la industria automotriz del país. Hubo quienes no dudaron en decir que el abandono estuvo programado. Solamente ellos saben la verdad.

En definitiva, poder estar dentro de ese circo, con una organización al mejor nivel, super profesional, perfecta, y encontrarme con ídolos que me parecían inalcanzables, fue una experiencia maravillosa.

Ese año la práctica del automovilismo me había dado alguno sinsabores, pero este viaje superó ampliamente los malos momentos. Lo vivido en Indianápolis hizo de 1968 un año inolvidable para mí. Además, para redondear lo bueno, en diciembre nació mi hija Cecilia, ¿qué más le podía pedir a la vida?

El automovilismo y yo deportes Jorge Ternengo

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