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Chile: la hora de salir de la zona de confort

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Los resultados de esta primera vuelta han sido un balde de agua fría, sobre todo de realidad. El mundo político no puede seguir inmóvil o enraizado en discursos autocomplacientes.

Por Yasna Mussa* El pasado domingo 21 de noviembre, las elecciones presidenciales en Chile dejaron al candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, con la primera mayoría, imponiéndose con casi 28% contra Gabriel Boric, el favorito de la izquierda, quien consiguió poco menos de 26% de los votos. En tercer lugar quedó Franco Parisi, un candidato que durante toda su campaña no puso un pie en el país y ni siquiera pudo votar por sí mismo, pues se encuentra en Estados Unidos, donde vive en la actualidad.
Analistas y actores de la política han tratado de entender lo que ha pasado en un Chile que, desde las protestas de octubre de 2019, parecía haber despertado con ganas de botar el sistema heredado de la dictadura.
Sin embargo, ha quedado claro también que, en estos tiempos de inmediatez y espejismos virtuales, lo único constante son las respuestas impredecibles de sociedades cansadas de futuros que no llegan y de presentes que no cambian.
Por un lado, el protagonismo de las mujeres, la agenda feminista, una primera Constitución paritaria en el mundo y la defensa de nuestros derechos han venido provocando reacciones de sectores que se niegan a soltar el poder y, sobre todo, que defienden la familia nuclear a la que candidatos como Kast apelan como sinónimo de unidad, seguridad y «valores» nacionales.
Lo que no es sorpresa es que la resistencia a estos cambios del modelo social clásico han engendrado discursos de odio y violencia que se manifiestan más allá de un evento electoral.
Que el discurso misógino de Kast y las acusaciones por no cumplir las obligaciones parentales contra Parisi no fueran suficientes para detener su avance en los comicios, es reflejo de un sistema patriarcal tan arraigado que no se escandaliza y que mira los cambios hacia el bienestar de la mujer como algo que no genera urgencia ni prioridad en los votos.
Del otro lado tenemos a una izquierda que no ha llegado a posicionarse a causa de su propio desentendimiento con el pueblo. Boric continuó con una narrativa, incluso durante su discurso posresultados, encajada en un votante cautivo, citadino y con cierto acceso, al que le hace sentido la épica de su relato, pero que ha quedado corta para convocar al resto de la población. Personas que tienen urgencias que los otros candidatos populistas han logrado interpretar y, sobre todo, conquistar.
«Vamos a meter inestabilidad al país para hacer transformaciones importantes», dijo en entrevista con El Mercurio uno de los líderes de la coalición de izquierda Frente Amplio, cuando faltaba menos de un mes para las presidenciales, convirtiéndose en una de las frases más desafortunadas y con poco tacto de esta campaña.
Una frase que no entiende que, entre quienes reciben ese tipo de mensajes hay personas que probablemente no se identifican con el fascismo, pero que tienen urgencias y precariedades que afectan su vida cotidiana y no están dispuestas a seguir arriesgándose. El proyecto de Boric puede ser muy bueno, pero ahora debe salir a demostrarlo.
Esta es una derrota de la centro izquierda en general, que se enfocó más en destruirse desde adentro, dándole prioridad a pequeñas batallas de egos y a una nula coordinación en pos del bien común del país y de las conquistas que, dentro de todo, habían ayudado a avanzar.
Para muchos votantes que aprobaron la idea de una nueva Constitución, votar por un candidato como Parisi no es necesariamente una contradicción. Viven en zonas olvidadas de un país hiper centralizado, donde el racismo ya está instalado y donde siempre pierde el que tiene menos. Son los mismos que han visto pasar la corrupción por todos los partidos tradicionales, cuyos líderes, en general, aparecen en sus territorios una vez cada cuatro años para conseguir votos que luego olvidarán.
Ahí radica justamente lo complejo: que un votante cansado de un sistema que instaló el dictador Augusto Pinochet se haya entusiasmado con el eventual cambio que significa la Convención Constitucional, pero que, al mismo tiempo, palabras como «seguridad» y «orden» le dan sentido a su experiencia cotidiana.
Los resultados de esta primera vuelta han sido un balde de agua fría, pero sobre todo de realidad.
El mundo político no puede seguir inmóvil o enraizado en discursos autocomplacientes que han demostrado que las buenas intenciones no son suficientes. Si existe una ambición mayor que apueste por superar al fascismo y sus variantes populistas, todos quienes se oponen a ellas deben despertar y salir de la zona de confort que nos llevó a este punto crucial en nuestra historia.

*Columnista The Washingon Post

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La Tablada y el delirio totalitario

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Por Rogelio Alaniz. Quienes ingresaron al cuartel de La Tablada aquel lunes 23 de enero de 1989 lo hicieron vestidos con uniformes militares y la cara pintada con betún. En la puerta del cuartel arrojaron numerosos volantes firmados por un Ejército Nacional. La intención era manifiesta: los guerrilleros querían ser confundidos con los militares liderados por Rico o Seineldín. Importa detenerse en este detalle porque es más importante de lo parece a primera vista. Es más, toda la estrategia de los guerrilleros se sostenía en este dato inicial. Si se aceptaba que los que asaltaron el cuartel eran militares alzados contra la democracia, todo lo demás era posible.
Las investigaciones posteriores a lo ocurrido son incompletas, entre otras cosas porque los protagonistas contaron una parte de la verdad, algunos por razones de lealtad con sus jefes y otros porque como soldados disciplinados ignoraban los detalles fundamentales de la estrategia de sus jefes. Del cotejo de las diferentes declaraciones, testimonios orales, cartas y libros escritos -entre otros, por el propio Gorriarán Merlo-, pueden deducirse las líneas principales del proyecto que se pensaba poner en práctica esos días.
Básicamente lo que se proponían era demostrarle a la opinión pública que un grupo organizado de militantes sociales había decidido recuperar un cuartel tomado por los «carapintadas». Si como dice Nietzsche, «no existen hechos, sino interpretaciones», la interpretación que se quería imponer era la de una reacción popular frente a los reiterados levantamientos militares. Ese alzamiento popular debía tomar el cuartel de La Tablada, reducir a los alzados en armas, sacar los tanques a la calle y marchar hacia Plaza de Mayo. Se suponía que en el camino el pueblo se sumaría a la vanguardia montada en tanques de guerra.
Mientras tanto, otros grupos armados tomarían las radios y canales de televisión llamando a la sociedad a movilizarse en defensa de la democracia, contra los militares golpistas y en apoyo de los militantes sociales, verdaderos soldados de la causa popular. La puesta en escena concluiría en Plaza de Mayo con un acto multitudinario y, en el lenguaje guerrillero, una nueva y trinunfante correlación de fuerzas a favor de las vanguardias populares.
Para que este objetivo se cumpliera era necesario que se dieran algunos requisitos. El primero se fundaba en una mentira. El cuartel debía ser tomado por los guerrilleros, quienes luego lo presentarían como una «contratoma» orientada a reducir a los golpistas. El segundo requisito respondía a una fuerte creencia ideológica. Una vez que los tanques conducidos por los guerrilleros salieran a la calle, el pueblo se sumaría a la pueblada y marcharía jubiloso detrás de ellos entonando canciones de victoria.
La toma de los medios de comunicación y el copamiento de la plaza forman parte de la clásica técnica del golpe de Estado, un operativo que la tradición izquierdista califica con el nombre de insurrección popular. La multitud conducida por los guerrilleros reunida en la plaza habría de imponerle condiciones políticas a Alfonsín, quien a partir de allí -ellos no lo dicen, pero lo digo yo- se transformaría en un títere de la flamante vanguardia popular, en una marioneta manipulada no por los coroneles de Seineldín sino por los comandantes de Gorriarán Merlo.
Palabras más, palabras menos, esto era lo que se proponían. Para ello era indispensable -repito- que se cumpliera con la primera condición: el asalto al cuartel por parte de los «carapintadas». Como esa decisión no se sabía cuándo iba a concretarse, a los muchachos no se les ocurrió nada mejor que simular el asalto. Lo demás pasaba a ser un problema de interpretación. Los militares dirían que no hubo tal asalto, pero a la verdad la impondría el que fuera dueño de la fuerza, en este caso los guerrilleros. La versión totalitaria del Gran Hermano se cumplía al pie de la letra.
Los resultados de la maniobra están a la vista. El operativo no prosperó; los militares y la policía rodearon el cuartel y a las dos horas ya se sabía la verdad. Sin embargo, hasta último momento los alzados en armas sostuvieron que ellos hicieron lo que hicieron para defender las instituciones amenazadas por un golpe de Estado «carapintada». Así lo corroboraban las denuncias que en su momento habían hecho los organismos de derechos humanos y -lo más grave o lo más patético de todo- es que así lo creían algunos combatientes, absolutamente convencidos de que, efectivamente, ellos estaban enfrentando no a los militares en general sino a una banda «carapintada».
Al operativo se lo calificó de delirante, perverso y ultraizquierdista, pero si bien muchos de estos componentes estuvieron presentes, resulta interesante plantearse hasta dónde lo que se hizo no respondía a una lógica más o menos previsible en un grupo armado que en los años setenta se consideraba la vanguardia revolucionaria sin otro aval para ello que su propia definición y voluntad.
Si bien en el caso de La Tablada importantes ex dirigentes del PRT condenaron con duros términos a Gorriarán Merlo, sería interesante preguntarse quién expresaba con más fidelidad la estrategia de guerra revolucionaria elaborada en su momento por el PRT. No es arbitrario decir que el delirio y la manipulación perversa de Gorriarán Merlo respondían en sus líneas principales a la estrategia original. Basta con leer, por ejemplo, las evaluaciones que estos dirigentes del PRT hicieron del frustrado ataque al cuartel de Monte Chingolo en diciembre de 1975, para admitir que el razonamiento de Gorriarán Merlo se correlacionaba con los principios fundacionales de la organización armada.
Se podrá decir que quince años después de Monte Chingolo y en un contexto democrático no era admisible una estrategia armada. Así razonamos todos, pero ocurre que los guerrilleros no razonan en estos términos. Su lógica, su punto de partida, es otro. Ellos también reconocían que no es lo mismo pelear contra un gobierno democrático que contra una dictadura. También admitían que no se justificaba crear un ejército revolucionario como antes. La vuelta de tuerca que le daban a la coyuntura era, si se quiere, original pero previsible. Ahora tomamos las armas no para luchar contra el Estado democrático sino para defenderlos. La realidad cambia, pero lo que no cambia es el deseo de tomar las armas, la pasión por la lucha armada, la forma más alta -según ellos- de la lucha de clases.
Planteado el esquema estratégico, el problema consistía en adecuar el plan general a los detalles de la vida real. En este punto opera la manipulación de quienes deciden mentir en nombre de una supuesta causa justa. Si los «carapintadas» no asaltan el cuartel nos disfrazamos nosotros y lo hacemos. Lo demás -se sabe- es cuestión de interpretación. Un revolucionario no se ata a escrúpulos burgueses o a principios morales decadentes. Si hay que mentir, traicionar o asesinar en nombre de la revolución, se miente, se traiciona o se asesina. La historia se encargará luego de justificarnos o absolvernos.
Según los recuerdos de quienes conocieron a algunos de los combatientes que participaron en La Tablada, su deseo de tomar las armas era avasallador. Algunos de ellos habían combatido en Nicaragua. Su filiación marxista los obligaba a justificar con algunos rudimentos teóricos el accionar, pero en lo fundamental lo que querían era salir a tirar tiros. Tomar las armas para luchar contra el imperialismo era el acto de servicio más alto prestado a la humanidad. Con semejante subjetividad no era necesario afinar demasiado los instrumentos teóricos. Dos o tres consignas a favor de la unidad popular alcanzaban, porque el poder real, el poder verdadero debería estar en manos de la vanguardia armada. ¿Como en los setenta? Como en los setenta.
Como se podrá apreciar el proyecto era algo más que delirante o equivocado. De una manera si se quiere perversa respondía a la lógica dominante de la izquierda revolucionaria en el siglo veinte. El rol de la vanguardia, el carácter instrumental de la verdad, la justificación de las acciones más detestables en nombre de la historia, son algunas de las constantes del pensamiento profundo de esta izquierda. Sería una simplificación excesiva atribuir a toda la izquierda este mecanismo de razonamiento, pero también sería una simplificación a la inversa creer que las especulaciones de Gorriarán Merlo son ajenas a la tradición de la izquierda o, por lo menos, a la tradición de cierta izquierda.

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Juan Basso, un largo camino

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Por Alcides Castagno. Dicen las matemáticas: todo número entero es múltiplo de 1 y de sí mismo. Esta afirmación, trasladada a personas, me recordó a los que comenzaron de la nada individual e incierta y fueron multiplicando su entorno y su descendencia hasta la «n» exponencial, ese lugar que reemplaza al futuro sin fin.
Juan Florentino Bienvenido Basso nació el 13 de agosto de 1922, fue el primogénito de la familia de José, un trabajador agropecuario en Humberto I, y Rosa Ángela Nocco. Lo siguieron siete hermanas, más otro varón y otra hermana. Se vivía con lo elemental. A Juan le tocaba ayudar a su padre en lo que fuere, ir a la escuela, y soñar con un futuro mejor. A los 9 años su familia se trasladó a Seeber, a una casa grande frente a la estación del tren, y para él poco cambió en su adolescencia. Ya con la juventud sembrando inquietudes, conoció a Elena Ester Chialvo una muchacha de familia acomodada, dos años mayor que él, pero que congeniaron en buscar otros horizontes más propicios para sus ambiciones. El fallecimiento prematuro de sus padres, en un intervalo de tres meses, apuró la decisión de casamiento, que concretaron en la iglesia de Vignaud el 9 de Abril de 1944. Juan tenía 22 años.
Rafaela los sedujo el día que vino por primera vez a ver un partido de fútbol, invitado por un pariente. Aquí descubrió una puerta muy grande para entrar a un mundo nuevo, que además signifique un porvenir para su primer hijo, José Luis, que estaba en edad escolar. Alquilaron una vivienda y almacén en bulevar Roca y Dante Alighieri. Muy cerca de allí vivía el doctor Urbano Poggi, con quien trabaron una relación entre profesional y amistosa. Él fue quien recomendó a Juan que viera a su amigo Faustino Scossiroli, dueño de la mueblería más importante de la ciudad. Mientras Elena cuidaba del almacén, Juan imponía su sesgo vendedor en la mueblería, en donde llegó a ocupar la gerencia. Pero los fines de semana la mueblería cerraba y el almacén también, ¿qué hacer con dos días disponibles? Una amistad fortuita signaría el resto de su vida empresaria: la de Dante Benincá. Entre ambos, se asociaron con otras «B»: Barizonzi, Baronetti y Bertolotti y, con un colectivo, organizaban excursiones a Santa Fe, Mar Chiquita, Río Hondo, Mendoza, con Juan como chofer y su hijo José Luis como acompañante. El emprendimiento no duró demasiado: era cansador y poco productivo.

Otras B

Dante Benincá, empresario próspero y bien predispuesto, siguió unido estrechamente a Juan, en la búsqueda de nuevos emprendimientos con este mueblero loco que aspiraba a mucho más. Y así nació una fábrica de potes de cartón, en los que se envasaban dulces y mermeladas. Después, de la misma sociedad nació la fábrica de mermeladas Dul-Cas, que comenzó en calle Caseros y continuó en bulevar Yrigoyen. No rindió lo esperado. Dante y Juan, en largas conversaciones, buscaban algo que se consolide a la altura de sus proyectos. Probaron fabricando abrazaderas. A esa mesa de inquietudes llegó un día Ítalo «Botica» Bottero, hábil en la construcción y manejo de máquinas. Sumando sus respectivas habilidades, crearon un emprendimiento para recuperar válvulas. Salieron a ver el mercado y se encontraron con que su máquina tenía gran aceptación, pero lo que realmente se necesitaban eran válvulas nuevas. No sabían cómo hacerlas, pero aprendieron y respondieron a la lógica: producir lo que el mercado necesita y no sumarse a lo que el mercado ya tiene. Así nació la fábrica de válvulas 3B: Basso, Benincá y Bottero. A fuerza de prueba y error, con trabajo y amor propio, tomaron por el camino de la mejora contínua, con una «B» capitalista sin avaricia, otra «B» honesta y trabajadora, y una «B» con voluntad empresaria arrolladora. El sonido permanente y variado de una empresa metalúrgica en producción comenzó a sonar en calle Armando Díaz 162, produciendo para el mercado repuestero y pensando que para alcanzar una larga meta hay que dar los primeros pasos. Así fue. Así creció. Así se pensó y se hizo la nueva fábrica donde las rutas 70 y 34 dibujan una cruz urbana. Juan compartió la emoción con su gente, fundiéndose en un abrazo aquel día de 1971 en que el camión terminó de cargar el primer embarque para exportación. Los sueños se cumplían. Entretanto, Juan y Dante compraron la parte de Bottero. José Luis, ya ingeniero en 1964, fue a trabajar a Renault Francia y luego como superintendente de Renault Argentina y de allí a BBB en 1974. Juan Carlos estudiaba Ciencias Económicas cuando llegó en el 77 la primera computadora; al año siguiente fue su herramienta inseparable.
Los hijos pidieron ser sólo una empresa familiar. Juan no aceptaría de grado separarse del amigo y socio con el que tanto habían hecho. No sin cierto dolor le ofreció la compra de su parte a Dante, en oportunidad de la creación de Motor Parts; Dante comprendió, accedió y la negociación se cumplió con total claridad. Juan concretó el último pago unos meses antes de su fallecimiento.
En Europa y en el mundo, las válvulas de la familia Basso, con una enorme legión de manos obreras, cumplían con sus roles de calidad y las Ferrari rugían con un corazón rafaelino.

La comunidad

Con la incomparable compañía de Elena y con su inspiración concretó el salón de la parroquia Villa Rosas, el campanario de la iglesia de San Antonio y asistió otras instituciones que se negó a mencionar. Sabemos de su compromiso personal más sus aportes para el «hongo» de Ferro, el automovilismo regional, la categoría midgets cuyos dirigentes lo honran con el nombre Juan Basso del circuito de Vila, el Centro Comercial, la Cámara de Comercio Exterior, un concepto que sus hijos y nietos que lo suceden en la empresa continúan ejerciendo.
El 30 de abril de 1984, Elena parte llevándose su sufrimiento. Un año y medio después Nelly, su segunda esposa, renueva su vida hasta la última noche en Buenos Aires, aquella en que Pablo Quiroga metió el gol con que Atlético le ganó al puntero Quilmes. Fue el 18 de Febrero de 1990.
Juan Florentino Bienvenido Basso no fue un matemático, pero fue un múltiplo de sí mismo y sumó a una comunidad.

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¿Quiénes son los responsables?

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Por Rogelio Alaniz.
I
El proyecto educativo de la generación del ochenta incluía entre otras virtudes dos condiciones decisivas. Gratuidad y obligatoriedad. Respecto de la gratuidad, ya habrá tiempo para hablar en detalle, pero en principio se la consideraba una condición decisiva porque el objetivo social y político estaba destinado en primer lugar a los sectores de menores recursos. Dicho de una manera sencilla: para 1880 las clases pudientes sabían dónde educar a sus hijos. Sabían y podían. El problema no eran ellos, el problema era esa inmensa mayoría de la población, criolla e inmigrante, analfabeta y semianalfabeta, superior al ochenta por ciento, según el censo ordenado por Sarmiento en 1869. ¿Y por qué era necesario abrir escuelas? Porque, como dijera Sarmiento, si queremos una nación de ciudadanos y no de súbditos es indispensable educar al soberano. Aprender a leer y escribir es importante, pero también importa adquirir nociones de cultura cívica, conciencia ciudadana. Por último, una nación que se propone crecer y desarrollarse necesita de recursos humanos, es decir, de educación. Por supuesto que hubo resistencias. Desde los sectores religiosos más oscurantistas y desde los grupos opulentos de la sociedad se levantaron voces contra lo que luego sería calificado como uno de los proyectos más formidable de transformación educativa del mundo de entonces. Irascible y fastidiado ante tanta necedad, Sarmiento en algún momento les dijo a los que se oponían: . «¿No queréis educar a los niños por caridad? Hacedlo por miedo, por preocupación, por egoísmo, movéos. El tiempo urge, mañana será tarde; vuestros palacios son demasiados suntuosos al lado de barrios demasiado humildes. El abismo que media entre el palacio y el rancho lo llenan las revoluciones con escombros y con sangre, pero os indicaré otro sistema de nivelarlo, la escuela». La esceula abierta se entiende, La escuela con niños y maestros dando clases. Y con padres interesados en que este prceso se cumpla. La escuela como forjadora de ciudadanos. «Hombres, pueblo, nación, Estado, todo, todo está en los humildes bancos de la escuela». Una vez más Sarmiento mirando más lejos.
 II
Con las diferencias históricas del caso, con los cambios decisivos habidos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XXI, las palabras de Sarmiento mantienen rigurosa actualidad. Tanta actualidad mantienen, que de hecho hasta Baradel las aprobaría, por lo menos de la boca para afuera, si es que Baradel sabe algo acerca de lo que significó la educación pública en la Argentina. Lo que significó, lo que logramos y lo que perdimos, esto último gracias entre otras cosas a los aportes que el populismo ha hecho a tan generoso objetivo. Hablamos de la gratuidad de la enseñanza. Le guste o no a Milei -no le gusta- la gratuidad fue una conquista de la humanidad, un paso importante y necesario para asegurar la igualdad de oportunidades. El Estado lo garantiza. ¿De dónde obtiene los recursos? De los impuestos de los ciudadanos por supuesto. No conozco otra posibilidad. Capítulo aparte es el de la gestión de esos recursos, pero si estuvieran mal gestionados la solución no es cerrar las escuelas, sino tomar las decisiones acertadas para que el sistema funcione. ¿Quiénes la deben tomar? En una democracia representativa lo debe hacer una clase dirigente y una burocracia idónea y eficaz. ¿Estamos lejos de es objetivo? Hoy sí, pero alguna vez estuvimos más cerca. Ese retroceso es una de las expresiones de la deadencia nacional que venimos soportando desde hace algunas décadas.
 III
Pero hay otro aspecto en el campo educativo que importa tener presente: la obligatoriedad. Se la repite como cantinela, pero no siempre se ha reflexionado acerca de los alcances de esa condición. ¿Por qué el Estado considera obligatoria la educación? No sólo por los objejtvos que están en juego, sino porque los legisladores de entonces conocían la condción humana, conocían sus alcances y sus límites y no ignoraban que si no se incluía esta exigencia esa sociedad atrasada, ignorante, dominada por los atavismos de la pobreza no iban a mandar voluntariamente a sus hijos a la escuela. Por lo menos un porcentaje importante no lo iba a hacer. Es probable que a alguien se le haya ocurrido que «yo soy libre de no mandar a mi hijo a la escuela». Lo siento por él. Él es libre de ser ignorante, pero no es libre de promover la ignorancia de sus hijos. La educación como un derecho y un deber. Lo recuerdo porque soy hijo de directores de escuelas. O manda a su hijo al colegio o va preso. Por supuesto, la mayoría optaba por lo primero. Este principio hasta los anarquistas lo respetaron. Pero al mismo tiempo este principio se fue constituyendo como cultura, como hábito, como sentido común. En esa Argentina donde se levantaron escuelas hasta en los lugares más remotos, los padres sin necesidad de presiones o amenazas mandaban a sus hijos a la escuela. Saber leer y escribir; saber sumar, restar y multiplicar, era necesario para vivir en sociedad. Nadie nunca puso en discusión estos principios elementales.
 IV
Pues bien, a partir de la pandemia este principio de la obligatoriedad de ir a clase empezó a ser puesto en tela de juicio. Nadie lo dijo de manera brutal, pero no fueron pocos los que se las ingeniaron para que de hecho las escuelas estuvieran cerradas a cal y canto durante un año y medio. La pandemia fue la excusa. Interesante actualización de la consigna fundacional: «Alpargatas sí, libros no». Se militó con singular entusiasmo a favor de las escuelas cerradas cuando sobraban lo datos a favor de una apertura responsable. Un año y medio las escuelas cerradas. Por lo menos asi ocurrió en las provincias o en los territorios controlados por el peronismo. Según informes confiables, en provincia de Buenos Aires más de medio millón de chicos de familias de bajos recursos quedaron a la intemperie. Previsible. Como también fue previsible que el narcotráfico en sus diferentes escalas aprovecharan lo sucedido. ¿O acaso alguien puede asombrarse que sean los chicos de familias pobres e indigentes los más expuestos? ¿Acaso alguien puede creer que cerrar las escuelas no provoca consecuencias sobre los niños? 
V
Algunas de estas consideraciones seguramente tuvo presnte la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, Soledad Ascuña, cuando dijo lo obvio, cuando dijo, por usar una imagen conocida, que el rey está desnudo. La señora Acuña dijo si se quiere una obviedad, pero lo novedoso no fueron sus palabras, lo novedoso fue que los reponsables de cerrar las escuelas, los responsbles de dejar a los chicos en la calle sin contención, acusen a quien se lamenta por esta realidad de racista, discriminadora, elitista, neoliberal y otras bellezas por el estilo. El mundo del revés. Acuña elabora un diagnóstico con un realismo descarnado y los responsables de haber promovido esa situación la imputan por supuesta enemiga de los pobres. Con paciencia de sádicos día a día contribuyen a destruir la educación pública, pero resulta que los enemigos de los pobres son los que se afligen porque esto ocurra. ¿Qué decir? Nada que ya no se sepa. A modo de consejo y atendiendo los rigores conocidos, a la ministra Soledad Acuña le recordaría aquel viejo proverbio: «En la Argentina peronista, si vas a decir la verdad, comprate un caballo veloz».

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