Opúsculo de un día baladí

"Crónicas a Contraluz" es una propuesta de Juan Carlos Ceja que nos ofrece ficciones literarias con líneas de sentida autorreferencia. "Pinta tu aldea y pintarás el mundo" es la frase que parece guiar al autor.

Estoy viviendo la historia del primer día. Hace dos horas que estoy aquí. Cuando entré no se podía mirar a través de la ventana. La sala ungida de amarillo, el sol que se hacía añicos en los vidrios y la luz naranja desprendida, no permitían ver nada. Ver hacia afuera me refiero.

Es un día de mucho calor. Cuando venía me distraje con las moreras. Comenzaron a desprenderse de hojas.

Marzo no está lejos me dije, a la vez que pensaba que las moreras son raras, se anticipan con los brotes y cuando aún las necesitamos comienzan a desflecarse.


Las de enfrente no dan moras, pero las de la estación del ferrocarril siempre desbordan.
A los diecisiete años las moras púrpuras, acuosas, de almíbar y carnosas perturbaban mis ideas.

En aquellos días no se me hubiese ocurrido, pero diría que comerlas como lo hacía, eran huidizos instantes de placer sensible, anticipos de otros inverosímiles en la mutante adolescencia.

Desde el mirador del día a día la fragilidad acechaba ensartada en el complejo de la langosta, metáfora memorable de la francesa Dolto.

No recuerdo como supe que las del ferrocarril no eran moras sassafras y desligado de miedo, el placer discurría libre, deseado.

Mi padre, difícil de reconocer en su mímesis, búho arisco, sentenciaba que las moras son frutas de mala mujer.

Era su modo feroz de humillarme.

Sentado al escritorio observo como la ventana ha retomado su normalidad y la casa antigua de enfrente, aristocrática, asoma sobre el álamo blanco en el rectángulo de metal.

Me anticipo y fantaseo que un día el árbol y la casa dejarán de estar. La imaginación, enajenada, me brinda ese soplo en que después de temible oquedad emerge plana, verde pradera, la tierra primigenia. Hace años que se instaló en mí esa rememoración de la circularidad que en el fondo es la creencia en el inevitable fin de la creación.

Esa idea era de los Mayas, la trabajamos en americana con Nancy. ¡Nancy! cada tanto nos hablamos. Está en Río Gallegos, envejeciendo, sabia impenitente y famosa. No guarda rencor. Le hicieron el vacío hasta que lograron que dejara de venir. Unos mierdas. Todos. Así de literal y antipoético.

México no fue su lugar. ¡Pobre! La familia se exilió después del atentado, ella estaba de seis meses. Con esa panzota enorme venía a darnos clase, ella que era tan menudita, patitas de tero tenía.

¿Carlitos sabías que me jubilé siendo regente? ¡Carlitos mi alumno querido!, repitió Nancy la última vez que hablamos.

Está pensando instalarse en Buenos Aires. Los vientos de la meseta la persiguen, se sueña acorralada en los cañadones. Porfía que no se hace, dice que ya está loca. Le creo porque Nancy no es de mentir.

Siento cada vez más sed. Debe ser por la circunstancia. Sobre una bandeja de metal dejaron una jarra con agua y un vaso. Mientras tomo descubro que en las paredes no hay nada, solo su color, crema.

El cuadro a mi espalda es la excepción. El rostro está hecho a lápiz, el marco grueso mantiene el color rojizo de la madera. Lo donó la señorita Anabel que esta mañana, cuando nos cruzamos en la librería, me dijo que iba a pasar a saludarme en mi primer día.

Es amable, pero poco probable que la vea abrir la puerta, saludar y conversar, aunque sea un ratito.

La señorita Anabel es profesora de biología y pintora, no hace mucho que se reintegró. Estuvo dos años con licencia psiquiátrica. Un panfleto mendaz sostiene que la situación es pantalla de algo más grave. Esto se ocurrió a partir de que se vinculó con el diputado Fernando Jara Lazarte.

No pasará mucho tiempo en que tendremos que instalar un dispensador de agua. ¡Esta salita es un infierno!

Al llegar firmé la aceptación del cargo en secretaría, en medio del bullicio de la plena mañana.

Los siete registros celestes que ahora abro me los dieron en esa oficina. De a ratos, por pura abulia los abro y recorro nombres y apellidos leídos varias veces. En la última hoja un sello indeleble azul de la institución da presencia al carácter jurídico del estado.

¡Ah, era eso! Recién me doy cuenta de donde viene el olor agrio del pretendido rico perfume. Arriba de la rinconera donde se guarda la bandera, en un plato de plástico hondo, flotan fétidos, macilentos y ocres tres jazmines del cabo. Cuando salga voy a tirar los cadáveres florales y el plato mismo. Al crucifijo lo voy a descolgar y guardar en el cajón vacío de abajo del escritorio.

Vi que en el armario hay un busto chico de Sarmiento, cuando alcance más confianza lo voy a poner encima de la rinconera, por lo menos no va a largar olor.

Acentúo la posición de la computadora porque la luz de afuera sigue siendo intensa y agrisa la pantalla. Es la primera que envió el ministerio, sé porque estuve en el acto de recepción.

Miro y ahí sigue curioso, expectante, el cuaderno de tapas blandas para apuntes. En el recuadro preparado a propósito, escribí regencia con letra gruesa y birome negra.
Conservo la canopla de cuando hice la secundaria, adentro metí de todo.

El Negro Barceló cuando éramos amigos me regaló un maletín, es el que está al costado del escritorio, en el piso, del lado contrario a la puerta para que nadie lo vaya a chocar. Muchos regalos recibí. El Negro ahora es como si estuviese muerto, en otro continente, en Andrómeda, pero así y todo el maletín es su rémora.

La oficina de la regencia se comparte. Mi par es el profesor Julio Irazábal, especialista en economía comparada. Mide un metro noventa y seis, es rubio de ojos azules, debe andar por los cuarenta y siete años. Hoy no vino, pidió licencia.

Acomodate y después te llevo algo para empezar y así me ayudás porque estoy tapada con expedientes, actas y planificaciones, dijo la Profesora Noemí cuando pasé a saludar y buscar la llave.

Sí, la Profesora Noemí debe estar muy ocupada porque todavía no vino ni me llamó para que fuera a su despacho. Ella no tendría por qué venir, si me llama, me parece que quien tiene que ir a la dirección soy yo.

De manera informal se sabe que estoy a cargo de la regencia, pero creo que se debió haber hecho una circular a tiempo.

Las chicas ya la van a preparar, dijo la secretaria cuando se lo hice notar. No te preocupés, ese tema ya está conversado con la Profesora Noemí, agregó y si no me equivoco, con cierta intención.

La secretaria tiene voz de pito. Es la gorda exagerada enorme y melosa de los actos y reuniones. Insoportable.

Pienso que es una lástima que no hubiese una plenaria porque hubiera ayudado a la presentación. ¡Somos muchos!

Mañana voy a empezar a revisar el armario.

Lo que no sirve lo tirás, dijo la Profesora Noemí. ¿Y cómo sé yo lo que no sirve? Mejor hago así. En un costado coloco todo, aunque sea apretado y el otro lo reservo para mí.

No puedo dejar de sonreír. ¡Todo un armario para un cuaderno, una canopla de tela azul y a lo mejor un maletín!

¡No me di cuenta que los recreos fuesen así! ¡Qué bochinche! ¿Por qué gritarán tanto? ¡Y los varones más todavía!

El mayor griterío viene de ahí, de atrás de esa puerta, sé que si la abro entro a la sala de profesores. Dan gritos orgásmicos, no son gemidos, más bien suenan como alaridos. Siento que no podría encontrarme con esas personas en este momento, cara a cara.

No es porque se digan cosas terribles, groseras, más bien tiene que ver con las formas, con los modos de liberar angustias y cansancios. O alegrías, ¿por qué no? ¡Qué sé yo!

Si un día tengo gente o hago una reunión en este horario no se va a escuchar nada. En ese caso tendré que buscar otro lugar. A lo mejor tendría que consultar. ¿Quién autorizará el uso de los espacios? Yo me podría encargar.

Suena el teléfono. ¿Sí? Con regencia, ¿con quién desea hablar usted? Ah, con Biblioteca. No conozco el interno. Hagamos lo siguiente. Yo corto y usted vuelva a llamar. ¡Sí? No, de nada.

Es raro, pero he sentido sed todo el tiempo. La boca seca me duele. El agua que queda está tibia.

En la sala hay dos profesores, los escucho. Cuando se vayan voy a buscar, ahí siempre hay agua fresca. A lo mejor me conviene ir hasta la cantina. Bueno. Ya veo que hago.

Las galerías están en silencio. Todavía falta para terminar el turno.

¿Cuál era el interno de Dirección? Llamo al cinco. ¿Profesora Noemí? Espere. Justo llaman a la puerta. No corte. La puerta se abre.

La directora le manda estos papeles, dice el hombre joven que entró. Dice que ya hablaron, aclara.

Esta es la peor oficina, la más molesta, le da el sol toda la tarde, dice con ojo crítico el egocéntrico. ¡En pleno verano la va a sufrir! El cantinero, Palmiro, es gaucho, si usted le compra alguna cosita, él cada tanto viene y le cambia el agua y entonces usted tiene agua fresca durante todo el turno.

¡Ah!, suerte con la nueva gestión, desea con voz aflautada el hombre joven mientras sale dejando la puerta abierta.

La primera impresión que tengo del hombre joven es que exagera con Leyenda de Ésika. Hace que recuerde a Madrina que se bañaba con agua colonia, decía mi madre que la nombraba únicamente para criticarla.

Me acomodo. Agarro el teléfono. ¿Profesora Noemí? ¿Profesora Noemí, está ahí, me escucha?

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