Los nombres de ella

Crónicas a Contraluz es una propuesta de Juan Carlos Ceja que nos ofrece ficciones literarias con líneas de sentida autorreferencia. "Pinta tu aldea y pintarás el mundo" es la frase que parece guiar al autor.

La sombra del ciprés entra parsimoniosa al patio vecino de los Gamboa. Cierro los ojos. La silueta se proyecta cada vez más lejos y desciende leve, ondulante, sobre la mítica casa de mis padres.

Es una fantasía que puedo regalarme. Sólo para mí, repito en tanto mimo con las manos, una a una las palabras.

Así me entrego al pasar de la tarde, junto al laurel de cocina, hasta que llegue la noche, la hora de la cena.


Cumplo treinta y seis años y desde la siesta que estoy instalada en el patio, sola, para festejar. La tarde comienza a parecerme imborrable. ¡Qué conmovedor es el tiempo que uno elige!

De manera compulsiva decido volver a la búsqueda de tardes pasadas, antes tendré que guardar la silla verde y sacar de la jarra el resto de limonada.

Hurgo en las cajas. Aparecen postales de viajes que nunca hice, estampitas, recortes de artistas lindos, pero desconocidos, tarjetas de comunión, pequeños ramitos de flores secas, la libreta de sanidad, la foto arrugada y oscura (que dejó Isaac). También están los recibos de las quincenas de La Primorosa y el rosario y la fe de bautismo de Galdina, la Gringa, la única de ojos celestes en la familia. No alcancé a conocerla.

¡Pero si la puse acá! Y sigo buscando. Está desnuda, en el fondo, debajo de todo, no tiene sobre.

La hoja escrita con tinta azul envejeció, luce amarillada. La letra finita, algo torpe, contiene errores, pero lo más extraordinario es que veo y recuerdo incómoda que alguna vez lo traté de usted.

De costumbre leo en voz alta, pero ahora no, los labios apenas se mueven. Resultaría extraño explicar lo que estoy leyendo, sentiría vergüenza. La carta esta es distinta de las que le escribí cuando estuvo en el servicio militar.

No logro entender por qué sentí necesidad de volver a la única carta que guardé, de las tantas que recibió Francisco esa vez, que después de una paliza, me dejó por más de un año.

La noche nos alcanza a todos.

En la cena aclaro que no estoy loca. Y si lo fuese, en esta casa no sería la única, digo, además aprovecho el momento para recordar mi nombre completo, María Magdalena.
¿Y a qué viene eso?, dice Francisco.

Porque hoy te escuché decir que esta mujer está cada vez más loca, contesté. Y esta mujer loca tiene nombre.

¿Vos te llamás María?, preguntó Hermes. ¡Ah por eso yo me llamo Mario!, dijo el más chico.

No, vos te llamás así por El Matador, le dije. ¿Y ese quién es?, quiso saber Alcides.

Mario Mansilla, le decían el Matador, un crack futbolero de los potreros, amigo de tu padre, digo con el sentir que me producía Mansilla.

¡Qué feo! ¡Menos mal que te pusieron Mario y no el Matador!, dice Alcides masticando un pedazo de carne estofada.

¿Mami es cierto que me llamo así por ese matador?

Hablá con tu padre. Voy a traer la torta que me hice, dijo con estudiada intención.

Cuando regreso Hermes insiste. ¿Y por qué papi a veces te llama Magdala?

Porque en esta casa te llaman como quieren. Ocurrencias de tu padre. Pasó tanto tiempo que ya no me acuerdo cuándo ni por qué apareció Magdala, protesto mientras cepillo la parte quemada de la torta.

Francisco deja de comer, reclinado en la silla busca mi cara y los dos quedamos mirándonos, sostenidos en el endeble puente que armamos entre nosotros. Es un momento extraño, fastidioso.

Pienso que debemos conversar. Una vez, hace tiempo lo intenté, pero no pudo ser. Imagino que la charla que pretendo importante no se dará nunca.

Soy de soñar. En un sueño Francisco ya no estaba con nosotros, pero guardaba de él un recuerdo piadoso, aunque sabía que no volveríamos a vivir juntos, seguro que no, pero reconocía a quien quisiese escuchar que había intentado encaminarse.

Fue en el parque de las acacias amarillas que te bauticé, hacé memoria, no pasó tanto tiempo, dice Francisco en la cena con una sonrisa amiguera, pero mi mirada no ayuda.
No quiero más torta, está linda, pero no quiero más, dice.

No fue en el parque, contesto, ¿no ves que ya ni te acordás? Bueno coman rápido, mañana hay que madrugar.

¿Me arreglaste la bicicleta?, pregunto. Nadie contesta. Él se fue a la pieza donde seguramente fumará el último pucho del día.

Quedo sola. Me gusta el silencio de la casa a esta hora.

Saco la silla verde a la galería. Las sombras ya no están, sólo oscuridad. No voy a prender la luz, así está bien, digo por lo bajo.

El cumpleaños me tuvo de aquí para allá. Me siento contenta, fue como yo quería.
A pesar de la intención, después de dos cigarrillos, me acuesto tarde en la pieza de los chicos.

El calor y este que pone las piernas en cualquier lado, protesto, no me va a dejar dormir.

Con las manos de la nuca a los pechos, sin poder conciliar el sueño, obstinada, me entretengo tratando de hacer presente la voz áspera, pero ancha del amante judío, aquel del tiempo fugaz, el hombre ineludible de manos grandes, oscuras y mujeriles de tan pulidas.

En el techo, por encima de la lámpara, una araña violinista teje hebras doradas de las mil y una noches. Fascinada por la luna que no es, una mosca blanca asciende en círculo desde la flor de zinnia del mantel hacia la muerte, un poco más arriba, en un foco negado a perder incandescencia.

A la madrugada recién puedo dormir. Sueño.

La chica corriendo por el puente de la laguna para entrar al bosque de pezuñas de vaca y ceibos, perseguida por el muchacho cobrizo, mano larga, sin camisa y descalzo, de risotadas contagiosas, en paisaje tan agreste, es la única parte del sueño que elijo recordar.

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