El día en que los descamisados reescribieron la historia: la génesis del 17 de octubre

A más de ochenta y un años de la epopeya obrera que colmó la Plaza de Mayo para rescatar a Juan Domingo Perón de su encierro, repasamos minuto a minuto la trama oculta, las tensiones sindicales y la irrupción de una masa sudorosa que transformó la política argentina para siempre. 

Hay jornadas en la memoria de los pueblos que no se miden por el paso ordinario de las horas, sino por el peso de los acontecimientos que las atraviesan. El 17 de octubre de 1945 es, sin lugar a dudas, la grieta definitiva donde terminó de nacer la Argentina moderna. Aquel miércoles primaveral, miles y miles de hombres y mujeres cuyas manos levantaban las cosechas, alimentaban los talleres del Gran Buenos Aires y movían los engranajes del ferrocarril decidieron que la historia ya no se escribiría a sus espaldas. 

Lo que comenzó como un murmullo de indignación en las barriadas populares ante el arresto del entonces coronel Juan Domingo Perón en la solitaria Isla Martín García, derivó en un torrente humano incontrolable que marchó desde la periferia industrial hacia el corazón del poder político. Los pies fatigados lavándose en la fuente de la Plaza de Mayo no fueron solo una estampa pictórica o un desafío a las buenas costumbres de la época: constituyeron la irrupción irreversible de la clase trabajadora como sujeto político central de la Nación. 


Del despzacho a la celda: la trama que encendió la mecha

Para dimensionar el sismo de aquel 17 de octubre es necesario retroceder unos días en el almanaque. Desde su puesto en la Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón había tejido una alianza inédita con el movimiento obrero. Salarios mínimos, vacaciones pagadas, jubilaciones, estatutos profesionales y el reconocimiento explícito a los sindicatos habían transformado radicalmente la vida de familias acostumbradas a la postergación. 

Ese empoderamiento popular despertó una feroz resistencia en los sectores empresarios, en las fuerzas tradicionales y en parte del propio arco militar. La presión interna escaló hasta el 8 de octubre, cuando el general Eduardo Ávalos, jefe de la poderosa guarnición de Campo de Mayo, exigió al presidente de facto Edelmiro Farrell la destitución inmediata de Perón de todos sus cargos concurrentes: la Secretaría de Trabajo, la Vicepresidencia y el Ministerio de Guerra. 

Sin el respaldo de las armas y acorralado por las concesiones de la Junta Militar a la oposición, el profesional que había cambiado la matriz social del país pareció ceder el paso. Sin embargo, antes de ser enviado a prisión, obtuvo una autorización crucial: despedirse de los trabajadores desde el balcón de la Secretaría de Trabajo, en la esquina de Perú y Alsina. 

Aquel 10 de octubre, ante una multitud estimada en setenta mil personas que desbordaba las calles gritando «Perón Presidente», el líder dejó una advertencia que resonó como una profecía en los talleres y fábricas: la justicia social no era una concesión otorgada, sino un derecho conquistado que debía defenderse. 

Tres días más tarde, el 13 de octubre, Perón era detenido y trasladado a Martín García. En las cúpulas de la patronal y en la prensa tradicional se festejaba la medida deslizando que la obra de la Secretaría de Trabajo pronto sería barrida por la nueva situación. Paralelamente, en el seno del movimiento sindical cundió la alarma. 

La rebelión de las bases y el llamado a la huelga

La dirigencia tradicional de la Confederación General del Trabajo mantuvo inicialmente una postura cautelosa, rozando la resignación. Sin embargo, desde el llano emergió una fuerza subterránea que desbordó los cálculos de las cúpulas. Cuadros gremiales intermedios —dirigentes de base como el telefónico Luis Gay, el cervecero Alcides Montiel, el ferroviario Ramón Tejada y el ladrillero Juan Pérez— comenzaron a tejer reuniones clandestinas en los barrios y a impulsar comités de huelga. 

La presión popular desde los talleres de Avellaneda, Berisso, Lanús y San Martín se volvió insostenible. Ante el evidente intento de los sectores patronales de desconocer las conquistas laborales, la CGT cedió a la marea interna y declaró la huelga general para el jueves 18 de octubre. 

Pero el pueblo no quiso esperar. El clima de efervescencia anticipó los tiempos y la huelga tomó las calles un día antes. Desde las primeras horas de la madrugada del 17 de octubre, miles de obreros abandonaron las líneas de montaje, cruzaron a pie los puentes del Riachuelo ante el bloqueo de los accesos y caminaron kilómetros bajo el sol primaveral con una única consigna indiscutible: la liberación inmediata de Perón. 

A medida que las columnas convergían sobre la Plaza de Mayo, los mandos militares comprendieron que cualquier intento de represión derivaría en un trágico baño de sangre. Ante la inminencia de un estallido descontrolado, las negociaciones entre el Comité de Huelga, los referentes militares y el propio Perón —que había sido trasladado al Hospital Militar por problemas de salud— concluyeron con la renuncia de los ministros Ávalos y Vernengo Lima. El pueblo había ganado la partida. 

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