Consumir menos, disfrutar más

Cada vez que aparece un dato que habla de caída del consumo, pareciera que automáticamente tenemos que preocuparnos. Supermercados que venden menos, familias que postergan compras, menos salidas, menos gastos con tarjeta. La noticia parece sencilla: si consumimos menos, estamos peor.

Pero quizás haya una pregunta que vale la pena hacerse: ¿tenemos que consumir permanentemente más para ser más felices?

Los números están ahí. En agosto, el consumo de los hogares cayó 1,1% interanual y 0,8% respecto de julio, según el Indicador de Consumo de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios. Otros relevamientos también mostraron retrocesos en el consumo masivo.


Y sí: hay familias que están ajustando porque el dinero no alcanza. Eso no hay que maquillarlo. Hay hogares que tuvieron que postergar compras, buscar precios, cambiar marcas, reducir gastos y mirar dos veces antes de sacar la billetera.

Pero la Argentina también está aprendiendo, después de muchos años, que no todo se puede comprar. Durante demasiado tiempo confundimos bienestar con consumo. Si cambiábamos el celular, estábamos mejor. Si comprábamos el auto nuevo, mejor. Si llenábamos el changuito, mejor. Si financiábamos las vacaciones con doce cuotas, mejor. Con una inflación desbocada y sin poder planear a largo plazo, ese proceder era correcto.

La austeridad tiene mala prensa. Parece una palabra triste, asociada a privaciones, sacrificios y tiempos difíciles. Pero austeridad no significa vivir mal. Significa aprender a distinguir lo importante de lo accesorio. Pero nuestros abuelos eran así. Una familia austera no es necesariamente una familia que no disfruta. Puede ser justamente lo contrario: una familia que decide dónde poner su dinero.

Quizás este sea el momento de recuperar algo que habíamos perdido: la capacidad de decir “esto no lo necesito”. No comprar por comprar. No gastar porque todos gastan. No endeudarse para aparentar un nivel de vida que todavía no podemos sostener. No confundir una tarjeta llena de cuotas con prosperidad.

Y hay algo todavía más interesante: muchas de las cosas que realmente nos hacen felices no pasan por un QR.

Una sobremesa larga. Un mate con amigos. Una caminata. Un partido. Llevar a los chicos a la plaza. Una charla sin mirar el celular. Una misa. Un domingo en familia. Ayudar a alguien. Hacer deporte. Leer. Aprender algo nuevo.

La alegría no siempre tiene ticket de compra. Por eso, atravesar un período de ajuste también puede ser una oportunidad para revisar nuestras prioridades.

No se trata de celebrar que las familias consuman menos. Tampoco de negar las dificultades de quienes hoy llegan con lo justo. Se trata de entender que una economía sana no puede construirse solamente sobre la idea de consumir cada vez más.

Necesitamos producir más, invertir más, trabajar más, exportar más y generar mejores ingresos. Y mientras ese proceso ocurre, también necesitamos aprender a administrar mejor lo que tenemos.

Y quizás haya una pequeña revolución silenciosa en aprender a gastar menos en lo que no importa para poder conservar, o incluso aumentar, aquello que verdaderamente importa.

Argentina está atravesando un ajuste. Nadie dijo que fuera sencillo. Pero podemos atravesarlo de dos maneras: protestando porque no podemos mantener todos los hábitos de consumo del pasado, o aprovechando la oportunidad para construir una cultura diferente.

Una cultura donde ahorrar vuelva a ser una virtud. Donde endeudarse sea una decisión y no una costumbre. Donde comparar precios no dé vergüenza. Donde reparar algo vuelva a tener sentido. Donde enseñarles a nuestros hijos a administrar el dinero sea tan importante como enseñarles a ganarlo.

Y, sobre todo, donde entendamos que tener más cosas no necesariamente significa ser más feliz.

#BuenaSaludFinanciera   @ElcontadorB   @GuilleBriggiler

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