El 1° de julio ocupa un lugar especial en la historia política argentina. Ese día, pero de 1974, falleció Juan Domingo Perón, quien por entonces ejercía la Presidencia de la Nación y transitaba su tercer mandato al frente del país. Tenía 78 años y su muerte, producto de una compleja afección cardíaca agravada por otros problemas de salud, provocó una conmoción de dimensiones inéditas tanto en el ámbito político como en la sociedad.
Perón había regresado definitivamente al país en 1973 luego de casi 18 años de exilio, tras el derrocamiento de su gobierno en 1955. Su vuelta representó uno de los acontecimientos políticos más relevantes de la época y culminó con su elección como presidente en septiembre de ese mismo año, acompañado en la fórmula por su esposa, María Estela Martínez de Perón.
Sin embargo, menos de un año después de haber asumido, el deterioro de su estado de salud se hizo cada vez más evidente. El 29 de junio de 1974 delegó el mando presidencial en la vicepresidenta, quien dos días más tarde, a las 14.10, comunicó oficialmente al país el fallecimiento del mandatario.
Un funeral que movilizó a millones de argentinos
La noticia paralizó la actividad en todo el país. La Confederación General del Trabajo (CGT) decretó un cese general de actividades en señal de duelo y numerosas instituciones, organizaciones y organismos públicos suspendieron sus tareas. Incluso, debido a un conflicto que mantenían los trabajadores gráficos con las empresas periodísticas, los diarios no pudieron publicar la noticia ese mismo día y recién lo hicieron en sus ediciones del 2 de julio.
Los restos de Perón fueron velados inicialmente en la residencia presidencial de Olivos y luego trasladados a la Catedral Metropolitana, donde se celebró una misa de cuerpo presente. Posteriormente, el féretro fue llevado al Palacio del Congreso Nacional, donde permaneció durante casi dos días para que la ciudadanía pudiera despedirse.
Las cifras reflejan la magnitud del acontecimiento. Se estima que unas 135.000 personas lograron ingresar al Congreso para rendir homenaje frente al féretro, mientras que más de un millón permaneció en las calles sin alcanzar a ingresar. A pesar de las intensas lluvias que cayeron sobre Buenos Aires durante aquellas jornadas, una multitud acompañó el recorrido del cortejo fúnebre hasta la residencia de Olivos.
La repercusión trascendió las fronteras argentinas. Cerca de 2.000 periodistas extranjeros cubrieron las ceremonias y varios jefes de Estado viajaron especialmente al país para participar de las exequias, entre ellos los presidentes Juan María Bordaberry, de Uruguay; Hugo Banzer, de Bolivia; y Alfredo Stroessner, de Paraguay.
Hablar de Juan Domingo Perón implica referirse a una de las figuras más influyentes de la historia contemporánea del país.
Militar de carrera, fue presidente en tres oportunidades —1946, 1952 y 1973— y creador del movimiento justicialista, una fuerza política que continúa teniendo una presencia determinante en la vida institucional argentina.
Durante sus gobiernos impulsó profundas transformaciones en materia laboral, social y económica, promoviendo un fuerte protagonismo del Estado y una estrecha relación con el movimiento obrero organizado. Al mismo tiempo, su figura generó intensos debates y divisiones políticas que atravesaron generaciones y siguen formando parte del análisis histórico nacional.
Su fallecimiento abrió una nueva etapa para la Argentina. María Estela Martínez de Perón asumió la Presidencia en un contexto de creciente conflictividad política, económica y social que desembocaría menos de dos años después en el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
A más de medio siglo de su muerte, la figura de Juan Domingo Perón continúa siendo objeto de estudio, debate y reflexión. Admirado por unos, cuestionado por otros, su legado permanece inseparable de la historia política argentina y del desarrollo de uno de los movimientos más trascendentes e influyentes del país.



