Recordando el Combate de San Lorenzo 

Por Lic. Laura Ludueña (*). Para los sanmartinianos, el mes de febrero es altamente significativo. Este 3 de febrero se conmemora el 213ª Aniversario del famoso Combate de San Lorenzo. Así lo siente  la Asociación Cultural Sanmartiniana “Mario Colucci” que, como parte del Instituto Nacional Sanmartiniano, organismo descentralizado dependiente del  Ministerio de Cultura de la Presidencia de la Nación, está dedicado a la difusión de la vida, personalidad e ideario del Libertador General José de San Martín.

Respecto del Combate de San Lorenzo, es interesante el relato de un testigo directo de este hecho histórico: Guillermo Parish Robertson. Se trata de un comerciante inglés, que hacía poco había llegado al país y que viajaba a Paraguay por Santa Fe. Robertson relata  su encuentro con San Martín, a quien ya conocía, y describe así el combate de San Lorenzo en su libro «Letters on Paraguay»:

«Por la tarde del quinto día llegamos a la posta de San Lorenzo, distante como dos leguas del convento del mismo nombre, construido sobre las riveras del Paraná, que allí son prodigiosamente altas y empinadas. Allí nos informaron haberse recibido órdenes de no permitir a los pasajeros seguir desde aquel punto, no solamente porque era inseguro a causa de la proximidad del enemigo, sino porque los caballos habían sido requisados y puestos a disposición del Gobierno y listos para, al primer aviso, ser internados o usados en servicio activo. Yo había temido encontrar tal interrupción durante todo el camino porque sabía que los marinos en considerable número estaban en alguna parte del río; y cuando recordaba mi delincuencia en burlar su bloqueo, ansiaba caer en manos de cualquiera menos en las suyas. Todo lo que pude convenir con el maestro de posta fue que si los marinos desembarcaban en la costa, yo tendría dos caballos para mí y mi sirviente, y estaría en libertad de internarme con su familia, a un sitio conocido por él, donde el enemigo no podría seguirnos…


No habían corrido muchas horas cuando desperté de mi profundo sueño a causa del tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando a inmediaciones de la posta. Vi confusamente en las tinieblas de la noche los tostados rostros de dos arrogantes soldados en cada ventanilla del coche. No dudé estar en manos de los marinos.
– ¿Quién está ahí?, dijo autoritariamente uno de ellos.
– Un viajero, contesté, no queriendo señalarme inmediatamente como víctima, confesando que era inglés.
– Apúrese, dijo la misma voz, y salga.
En ese momento se acercó a la ventanilla una persona cuyas facciones no podía distinguir en lo obscuro, pero cuya voz estaba seguro de conocer, cuando dijo a los hombres:
– No sean groseros; no es enemigo, sino, según el maestro de posta me informa, un caballero inglés en viaje al Paraguay. Los hombres se retiraron y el oficial se aproximó más a la ventanilla. Confusamente, como pude entonces discernir sus finas y prominentes facciones, combinando sus rasgos con el metal de voz, dije:
– Seguramente usted es el coronel San Martín, y, si es así, aquí está su amigo mister Robertson. El reconocimiento fue instantáneo, mutuo y cordial; y él se regocijó con franca risa cuando le manifesté el miedo que había tenido, confundiendo sus tropas con un cuerpo de marinos. El coronel entonces me informó que el Gobierno tenía noticias seguras de que los marinos españoles intentarían desembarcar esa misma mañana, para saquear el país circunvecino y especialmente el convento de San Lorenzo. Agregó que para impedirlo había sido destacado con ciento cincuenta Granaderos a caballo de su Regimiento; que había venido (andando principalmente de noche para no ser observado) en tres noches desde Buenos Aires. Dijo estar seguro de que los marinos no conocían su proximidad y que dentro de pocas horas esperaba entrar en contacto con ellos…

San Martín había ordenado que se apagaran todas las luces de la posta, para evitar que los marinos pudiesen observar y conocer así la vecindad del enemigo. Sin embargo, nos manejamos muy bien para beber nuestro vino en la oscuridad y fue literalmente la copa del estribo; porque todos los hombres de la pequeña columna estaban parados al lado de sus caballos ya ensillados, y listos para avanzar, a la voz de mando, al esperado campo del combate. No tuve dificultad de persuadir al general que me permitiera acompañarlo hasta el convento. Recuerde solamente, dijo, que no es su deber ni oficio pelear. Le daré un buen caballo y si usted ve que la jornada se decide contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marineros no son de a caballo. A este consejo prometí sujetarme y, aceptando su delicada oferta de un caballo excelente y estimando debidamente su consideración hacia mí, cabalgué al costado de San Martín cuando marchaba al frente de sus hombres, en obscura y silenciosa falange.

Justo antes de despuntar la aurora, por una tranquera en el lado del fondo de la construcción, llegamos al convento de San Lorenzo, que quedó interpuesto entre el Paraná y las tropas de Buenos Aires y ocultos todos los movimientos a las miradas del enemigo. Los tres lados del convento visibles desde el río, parecían desiertos; con las ventanas cerradas y todo en el estado en que los frailes atemorizados se supondría lo habían abandonado en su fuga precipitada, pocos días antes. Era en el cuarto lado y por el portón de entrada al patio y claustros que se hicieron los preparativos…. Por este portón, San Martín silenciosamente hizo desfilar a sus hombres, y una vez que hizo entrar los dos escuadrones en el cuadrado… el portón se cerró para que ningún transeúnte importuno pudiese ver lo que adentro se preparaba. El coronel San Martín, acompañado por dos o tres oficiales y por mí, ascendió al campanario del convento y con ayuda de un anteojo de noche y por una ventana trasera trató de darse cuenta de la fuerza y movimientos del enemigo. Cada momento transcurrido, daba prueba más clara de su intención de desembarcar; y tan pronto como aclaró el día percibimos el afanoso embarcar de sus hombres en los botes de siete barcos que componían su escuadrilla. Pudimos contar claramente alrededor de trescientos veinte marinos y marineros desembarcando al pie de la barranca y preparándose a subir la larga y tortuosa senda, única comunicación entre el convento y el río. Era evidente, por el descuido con que el enemigo ascendía el camino, que estaba desprevenido de los preparativos hechos para recibirlo, pero San Martín y sus oficiales descendieron de la torrecilla, y después de preparar todo para el choque, tomaron sus respectivos puestos en el patio de abajo…. Fue un momento de intensa ansiedad para mí. San Martín había ordenado a sus hombres no disparar un solo tiro. El enemigo aparecía a mis pies seguramente a no más de cien yardas. Su bandera flameaba alegremente, sus tambores y pitos tocaban marcha redoblada, cuando en un instante y a toda brida los dos escuadrones desembocaron por atrás del convento y flanqueando al enemigo por las dos alas, comenzaron con sus lucientes sables la matanza, que fue instantánea y espantosa. Las tropas de San Martín recibieron una descarga solamente, pero desatinada, del enemigo; porque, cerca de él, como estaba la caballería, sólo cinco hombres cayeron en la embestida contra los marinos. Todo lo demás fue derrota, estrago y espanto entre aquel desdichado cuerpo. La persecución y el triunfo siguieron al asalto de las tropas de Buenos Aires. La suerte de la batalla, aun para un ojo inexperto como el mío, no estuvo indecisa tres minutos. La carga de los dos escuadrones, instantáneamente rompió las filas enemigas y desde aquel momento los fulgurantes sables hicieron su obra tan rápidamente que en un cuarto de hora el terreno estaba cubierto de muertos y heridos.…. De todos los que desembarcaron, volvieron a sus barcos apenas cincuenta. Los demás fueron muertos o heridos, mientras San Martín solamente perdió en el encuentro, ocho de sus hombres.

La excitación nerviosa proveniente de la dolorosa novedad del espectáculo, pronto se convirtió en mi sentimiento predominante; y quedé contentísimo de abandonar el todavía humeante campo de la acción. Supliqué a San Martín, en consecuencia, que aceptase mi vino y provisiones en obsequio a los heridos de ambas partes, y dándole un cordial adiós, abandoné el teatro de la lucha, con pena por la matanza, pero con admiración por su sangre fría e intrepidez.

Esta batalla (si batalla puede llamarse) fue, en sus consecuencias, de gran provecho para todos los que tenían relaciones con el Paraguay, pues los marinos se alejaron del río Paraná y jamás pudieron penetrar después en son de hostilidades». G. P. Robertson. 

(*) Presidenta de la Asociación Cultural Sanmartiniana “Mario Colucci”.

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