La infancia a la intemperie y la insensibilidad municipal

Hay señales que no admiten maquillaje ni relato. En los últimos meses, la ciudad muestra una postal cada vez más dura: niños y adolescentes que no llegan a los 15 años pidiendo limosna en la vía pública, o vendiendo lo que sea, muchas veces durmiendo en cualquier parte, o simplemente deambulando sin rumbo, a altas horas de la noche, en algunos casos con signos evidentes de estar bajo los efectos de estupefacientes.

Ante esta realidad, emerge un interrogante automático y evasivo a la vez: “¿Dónde están los padres?”. Es una pregunta inútil, porque no resuelve nada, y es probable que varios de esos pibes ni siquiera sepan responderla con claridad o certeza.

Es una pregunta que surge desde una posición en la que la familia aún funciona, con un hogar constituido, progenitores presentes, adultos que contienen, es decir, un mundo absolutamente ajeno a la realidad de esos chicos. Al mismo tiempo, la pregunta opera como un desplazamiento de la responsabilidad, porque clausura la discusión pública, la lleva al terreno del “problema privado”, de la cuestión individual, evitando así lo más incómodo: reconocer que hay un asunto público que exige una política pública. Porque los chicos están en Rafaela, son vulnerables en esta ciudad, están expuestos en estas calles, y el Estado local no puede hacer de cuenta que no sucede.


No existe una solución mágica ni instantánea, pero sí es razonable pedir algo básico: un esquema de trabajo sostenido, visible, medible por parte de la Municipalidad. Un dispositivo real que articule detección temprana, acompañamiento, abordaje territorial, coordinación con escuelas, centros de salud, organizaciones sociales, y derivación efectiva cuando corresponde. No alcanza con mensajes sueltos ni acciones aisladas, de ocasión.

El área de Desarrollo Humano del Municipio brilla por su ausencia. Y cuando el Estado se ausenta del cuidado de las infancias vulnerables, queda a la intemperie: queda la calle como hogar, como comedor, como escuela y como riesgo.

¿Qué será de esos niños y jóvenes cuando crezcan? ¿Qué ciudad se está incubando para el futuro si el gobierno local naturaliza este panorama, si demuestra desinterés e insensibilidad al ignorar y desentenderse del problema?

Es el mismo desinterés y la misma la insensibilidad que se repiten en otros planos, como sucede cada vez que la pirotecnia convierte la fiesta de algunos en el padecimiento de otros, y los funcionarios se tapan los oídos y miran para otro lado. Y lo mismo se evidencia cuando el intendente se preocupa por conflictos geopolíticos internacionales en vez de mostrar compromiso con la inseguridad desenfrenada en los barrios de su ciudad, la que le toca gobernar, la que está a la vuelta de su propia casa.

Y es la misma insensibilidad con la que se anunció la prohibición de los lavacoches en vísperas de Nochebuena, sin explicar un plan alternativo, sin un dispositivo de reconversión, sin un puente hacia otra salida. Prohibir la actividad es necesario, pero hay modos y momentos para hacerlo, con responsabilidad, con previsión, con una mirada humana.

Gobernar no es solamente prohibir, decomisar o sancionar. Gobernar es cuidar, planificar, tener presencia territorial, equipos profesionales, articulación interinstitucional y un compromiso serio y verdadero. Gobernar es querer a la ciudad y a su gente, especialmente a sus chicos.

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