Por Nicolás Bordón – Las bolsas abiertas, los contenedores revueltos y los restos esparcidos por las veredas ya son parte del paisaje urbano de Rafaela. No es una imagen aislada, sino un síntoma. Detrás de cada contenedor manipulado a destiempo se refleja no solo la falta de cumplimiento de una normativa municipal, sino también, la realidad de una ciudad atravesada por tensiones sociales que se vuelven cada vez más visibles. Estas tensiones, se aparecen expresadas en otras imágenes como el aumento de personas durmiendo en la calle, el despliegue de asentamientos en terrenos públicos, el abandono de chatarra en espacios verdes, entre otras. Todas ellas, son la punta de un ovillo que remite a un problema social mayor, una crisis social estructural que viene creciendo paulatinamente en la ciudad. La falta de abordaje de esta problemática por parte del Ejecutivo Municipal, implica dar continuidad a la reproducción de estas problemáticas hasta consolidarlas estructuralmente.
La falta de conocimiento, tampoco es un argumento alegable. El reciente relevamiento socioeconómico elaborado por el ICEDeL confirma que en Rafaela crece la asistencia alimentaria: el 1,9% de los hogares asiste a comedores comunitarios, mientras que un 4,8% recibe viandas en sus domicilios. En total, más de 3.500 hogares dependen de algún programa estatal o comunitario para sostener su alimentación. Como advierte Maristella Svampa en «Debates latinoamericanos» (2016), las crisis no solo aumentan la demanda estatal, también visibilizan los bordes frágiles del tejido social, allí donde el mercado no llega y el Estado es incapaz de acceder.
La imagen de personas removiendo un contenedor abierto y sucio, no puede disociarse de estas cifras ni de esta falta de acción estatal. La precariedad se filtra en la vida cotidiana y se manifiesta tanto en la necesidad de una vianda como en el gesto de hurgar en los residuos. Elizabeth Jelin, en «Las tramas del tiempo» (2021), recuerda que cuando el salario no alcanza, la supervivencia se sostiene en redes afectivas y comunitarias: comedores barriales, iglesias, ONG’s. En Rafaela, esas redes crecen en paralelo al aumento de la basura en la calle y como resultado de la ausencia de políticas estatales concretas. En suma, dos caras de una misma fragilidad.
La basura en la calle y la precariedad social son dos caras de la misma crisis
Por todo ello, reconocer la vulnerabilidad social no significa desconocer la responsabilidad del Estado. En su obra «Efectos perversos y orden social» (1977), el sociólogo francés Raymond Boudon sostenía que la acción individual descoordinada puede producir efectos perversos para el conjunto social, incluso si parte de una necesidad legítima. Lo que observamos en estas escenas (ya cotidianas en la ciudad) es precisamente eso: un comportamiento que, aunque no tenga una intención dañina, desencadena consecuencias negativas para todos.
Sin embargo, no deberían ser leídas únicamente como faltas individuales, sino que también, son la expresión visible de un problema estructural que las políticas del estado local, no están logrando revertir.
En la misma línea, Zygmunt Bauman, en «Vidas desperdiciadas» (2003), alerta sobre el peligro de naturalizar la exclusión hasta volverla parte del paisaje social. Cuando aceptamos como rutina la basura desparramada y a personas revisando contenedores, lo que en verdad estamos aceptando es que la precariedad se instale en la vida urbana como si fuera inevitable. No se trata solo de un problema estético o sanitario, sino que además, es la evidencia de que la exclusión se vuelve paisaje y que el Estado prefiere mirar hacia otro lado.
La crítica entonces no debe recaer solamente en quienes aparecen en estas escenas, sino también (y principalmente) en la falta de sensibilidad y de políticas integrales que enfrenten esta realidad. La imagen de personas revolviendo la basura es, en última instancia, un espejo incómodo que el Estado Municipal parece no querer mirar: un reflejo de la crisis social que se multiplica en silencio.
Rafaela necesita reaccionar frente a estas dos dimensiones del desorden. Porque lo que está en juego no es solamente la limpieza de una esquina, sino la posibilidad de sostener la dignidad de una comunidad que no puede (ni debe) acostumbrarse a que la precariedad y el abandono institucional se naturalicen como parte del paisaje cotidiano.



