Fiesta y furia en un boliche: la violencia como modo de estar entre otros

El pasado sábado, la pista del club nocturno Teos, fue el escenario de una violenta gresca protagonizada por un grupo de mujeres jóvenes, que derivó en la intervención de la seguridad del establecimiento, las fuerzas policiales y el servicio de emergencia. Los videos que circularon por plataformas digitales no sólo muestran un grado de violencia preocupante, sino que también dan cuenta de la reproducción y legitimación de la misma por una parte de los jóvenes que observaban el episodio. Desde CASTELLANOS, tuvimos la oportunidad de dialogar con Marcelo Galiano, Licenciado en psicología; acerca de cómo repercute este fenómeno en el universo joven; qué nos está comunicando y que desafíos nos esperan en el corto plazo.

Por Nicolás Bordón- El reciente episodio ocurrido en el boliche Teos, de la ciudad de Esperanza, donde un grupo de jóvenes protagonizó una brutal pelea en medio de la pista, expone algo más que un hecho aislado. Cuando la violencia se presenta como forma de reconocimiento, pertenencia y hasta goce colectivo, nos interpela como sociedad y nos lleva a preguntarnos ¿Qué lugar está ocupando en los modos de vinculación juvenil? ¿Qué nos están comunicando este tipo de episodios? ¿Qué tramas sociales operan detrás de ellos?

Violencia, juventud y espectáculo: las claves para leer una escena social

En «Violencias urbanas» (2003), la socióloga Elizabeth Jelin advierte que las manifestaciones violentas no pueden leerse sólo desde el acto, sino desde las tramas sociales que las habilitan. En el caso de los jóvenes, esas tramas están atravesadas por la búsqueda de afirmación identitaria en un escenario de desafección institucional, hiperindividualismo y exposición constante. En particular, la autora señala que la fragmentación social que deviene de este nuevo escenario, deja a muchos jóvenes en territorios simbólicos y reales de incertidumbre, donde las formas de validación o reconocimiento circulan por canales alternativos, muchas veces atravesados por lógicas violentas. En ese marco, la violencia puede aparecer como un lenguaje de expresión, de demanda o incluso de pertenencia, en contextos donde la palabra, el diálogo o la política están clausurados para ellos.

Al respecto, Zygmunt Bauman, en «Tiempos líquidos» (2007), analiza cómo en una sociedad donde todo vínculo es precario y efímero, el cuerpo se convierte en uno de los pocos espacios sobre los cuales ejercer soberanía, incluso a través de la agresión. Golpear o ser golpeado se convierte, paradójicamente, en una forma de ser visto. En este sentido, la violencia no aparece como mera descarga, sino como performance: se produce frente a un público, se graba, se circula. El ocio nocturno se convierte así en un espacio de exposición simbólica, donde se juega el prestigio, la visibilidad y el estatus; no ya por lo que se es, sino por lo que se muestra.


Aquí, la violencia puede aparecer como una respuesta reactiva ante la frustración o el desplazamiento, pero también como una forma de lograr reconocimiento en un entorno donde el miedo a la irrelevancia es más potente que el miedo al castigo.

Lo que sorprende en el episodio de Teos no es sólo la pelea, sino la reacción del entorno. Aquí, podríamos recuperar los planteos de Rita Segato en textos como «Las estructuras elementales de la violencia» (2013), donde la autora agrega el carácter de ritualizado de estos episodios, donde la violencia funciona como mensaje, como puesta en escena para otros. En estos casos, la violencia se convierte en una forma de espectáculo, donde el agresor no busca solamente dañar al otro, sino mostrar algo de sí mismo: su capacidad de dominio, su lugar jerárquico dentro del grupo, su no sujeción a normas, su pertenencia. Es, como señala Segato, un acto que se inscribe en la lógica del reconocimiento (punto de acuerdo con los planteos de Jelin y Bauman), pero observado desde la lógica del ritual, de la ceremonia que marca posiciones dentro de una comunidad.

La violencia como lenguaje: una lectura desde la psicología

Desde una perspectiva psicológica y una vasta experiencia en el trabajo con adolescentes, el especialista Marcelo Galiano nos propone una lectura complementaria de los episodios, dialogando con los aspectos más trascendentes del mundo joven.

En relación al contexto actual del mundo adolescente, Galiano sostuvo: «A los adolescentes, les cuesta más controlar las emociones que transitan, son más extremistas; y eso en muchos casos habilita reacciones fuera de lugar y contexto. A esto se suman las eventuales situaciones de consumo que puedan existir, producto del entorno cultural en el que nos encontramos. Estamos presenciando un consumo constante que va desde las imágenes, hasta el resto de las cosas; desde lo prohibido hasta lo no prohibido. El cambio constante en el que se encuentran los adolescentes, los vuelve una materia más maleable o permeable a estas vulnerabilidades».

Para comprender el trasfondo de lo ocurrido el pasado sábado en Teos, Galiano nos acerca la idea de tribus y subculturas adolescentes. En este sentido, expresó: «Las tribus o subculturas tienen un gran valor identitario para el universo adolescente. Dentro de ellas, se establecen las formas de vestir, la música que se escucha, como se ejerce la comunicación, las lecturas sobre la realidad, entre otras cosas. En este caso particular, la situación desarrollada en el boliche nos muestra una masa de jóvenes con cierta uniformidad, que pierde estos valores identitarios y se vuelve permeable a este tipo de conductas violentas. Allí también, se pone en juego el orden y los límites que cada adolescente lleva consigo a partir de los valores signados por la educación en el seno familiar. En mi caso, lo que trato de trabajar con ellos es el trazado de objetivos a corto y a mediano plazo, el acompañamiento de la familia para el cumplimiento de esas metas; habilitando siempre la prueba y la experimentación a través de una mirada crítica en relación a las conductas estereotipadas que tienen nuestra sociedad. La dispersión y el encuentro en los adolescentes son continuo porque se mezcla con la actividad académica o deportiva de forma constante. Los jóvenes que atraviesan esta etapa, están buscando que la estimulación del medio ambiente les genere sensaciones distintas».

Por último, a modo de reflexión sobre las formas a través de las cuales se difunden estos episodios violentos, Galiano expresó: «Es clave considerar que hay gente más violenta y menos violenta en esta sociedad. Hay gente que raya lo patológico y gente que no; gente que responde a las agresiones; gente que necesita o tiene la necesidad de ser visto, de ser protagonista desde lo no sano; de ser tenido en cuenta o valorizado de este modo. También es cierto que nuestra sociedad tiene muchas falencias y cuestiones que hacen que la gente responda, como te decía, patológicamente. En este sentido, considero que todo esta vinculado con una cuestión aprendida en la escena familiar, y a su vez, con una cuestión que se publicita. Lo que más me llama la atención es como situaciones puntuales se viralizan por medio de videos, donde la comunicación entre adolescentes se establece por esos medios. Lo curioso también es que esta misma situación, se replica en otros espacios como la escuela pública, la escuela privada y el ámbito deportivo».

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