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La otra mirada

Entre el mito y la fantasía

Publicado el

- 02:52 am

Última actualización: 11 de Mayo de 2020 - 10:54 pm

El futbolista que se convirtió en leyenda murió este viernes a los 74 años. Esta es la historia de un hombre que eludió la tentación del profesionalismo que le aseguraba fama y fortuna. Porque le exigía dejar de jugar en libertad.

Algo más de quince años atrás, cuando la revista El Gráfico hizo una encuesta en la que preguntaba sobre los mejores jugadores que habían pasado por el fútbol argentino, José Néstor Pekerman no dudó en elegir a Tomás Felipe Carlovich como «el futbolista más maravilloso que vi». También en ese tiempo, Carlos Timoteo Griguol aseguró que «Carlovich tenía condiciones técnicas únicas, maravillosas. Era dueño de una habilidad muy difícil de explicar con palabras. Es como si al enfrentarlo, al marcarlo, el tipo desapareciera por cualquier lado llevándose la pelota con él. Es imposible, por eso, compararlo con cualquier jugador de este tiempo». Después, la ya desaparecida revista Mística ahondó en el tema, y aparecieron Daniel Passarella, Cesar Luis Menotti, Ubaldo Fillol, Aldo Pedro Poy y hasta el mismísimo Roberto Fontanarrosa hablando maravillas del eslabón perdido. Una suerte de Maradona o Messi invisible. Desde siempre la pregunta desvela a muchos. De verdad, Carlovich futbolista, ¿existió o solo se trata de una fábula futbolera?
La historia real dice que el Trinche –»nunca supe porque me pusieron ese sobrenombre», aseguró alguna vez-, era el séptimo hijo de una pareja de yugoslavos que había llegado a Argentina en 1.929. Tomasito, como siempre lo llamó la familia, se pasaba el día jugando descalzo a la pelota en los campitos de barrio Belgrano hasta que lo vieron y lo llevaron a las inferiores de Rosario Central, club del cual fue hincha y en el que pudo jugar muy poco: «Solo me pusieron en un partido de Primera, contra Los Andes. Pero en esa época no había lugar para mí. Era el final de los años sesenta y el técnico Miguel Ignomiriello prefería a otro tipo de jugador. Así que me fui a Central Córdoba», conto el mismo Carlovich.
El suyo es, quizás, el caso más extraño del fútbol argentino. No son tantos los que lo vieron jugar, pero quienes tuvieron esa fortuna, hablan de ello como si se tratara de un hecho sobrenatural. El Trinche hizo gran parte de su carrera en Central Córdoba, club con el que fue campeón del torneo de Primera C en 1973 y 1982, un año antes de su retiro oficial. Entre un hecho y otro, jugó en Independiente Rivadavia y Deportivo Maipú, ambos de Mendoza, y en Colón de Santa Fe, donde se encontró con la Chiva Edgardo Di Meola. «En Colón tuve mala suerte, porque las tres veces que me tocó entrar como titular, me lesioné el abductor de la pierna derecha. Y eso que nunca antes había tenido problemas físicos. Como el Vasco Urriolabeitia, que era el entrenador, creía que se trataba de un problema mental, pedí una junta médica. Cuando me revisaron se dieron cuenta que les decía la verdad. Entonces agarré mis cosas y me volví a Rosario. Yo no me podía quedar donde no creían en mí», le aseguró a Mística.
La leyenda sobre el talento de Carlovich es algo con lo que él nunca se llevó muy bien. «En Rosario han inventado un montón de cosas acerca de mi. A la gente de aquí le gusta contar historias. Algún caño de ida y vuelta habré hecho, pero no es para tanto», afirmó. Claro que la leyenda se acentuó el miércoles 17 de abril de 1974. Aquella noche, la Selección Argentina que iba a jugar poco después el Mundial de Alemania, se enfrentó en un encuentro amistoso con un combinado rosarino armado de apuro. Había cinco futbolistas de Rosario Central (Biassutto, González, Mario Killer, Aimar y Kempes), cinco de Newell’s (Pavoni, Capurro, Zanabria, Robles y Obberti), y Carlovich, de Central Córdoba. Al combinado lo dirigía Carlos Timoteo Griguol. La leyenda cuenta que ese partido, que debía ser solo un entrenamiento para la selección que dirigía Vladislao Cap y que tenía figuras de la talla de Brindisi, Houseman, Poy o Potente, se convirtió en «el partido de Carlovich». Es que al Trinche le salieron todas. Dio una lección de caños, tacos y rabonas. Tanto que, en el entretiempo, alguien se acercó al vestuario de los locales y les pidió que por favor levanten el ritmo. «Se habían puesto nerviosos. Nos insultaban porque no les salían las cosas. Pero son esos partidos especiales. Capaz que jugás 200 y perdés todos. Esa noche les ganamos 3 a 1», le dijo a El Grafico.
No hubo, no hay, ni habrá ninguno mejor que él, aseguran en Rosario. Y siempre hay una anécdota a mano que busca acrecentar el mito. Dicen que tras la llegada de Diego Maradona para jugar en Newell’s, un periodista local le pregunto qué se siente ser considerado como el mejor futbolista del mundo. A lo que el Diez, aseguran, respondió: «Yo creía que era el mejor del mundo, me lo decían en todos lados, hasta que al llegar aquí muchos grandes ex jugadores a los que respeto, me aseguraron que un tal Carlovich era mejor que yo». Otra. Hugo Mémoli, que fue compañero del Trinche en independiente Rivadavia, cuenta. «Jugábamos contra San Martín en su cancha. Tomás se quería ir esa misma tarde para Rosario. Pero si jugaba el partido entero perdía el micro. Así que se hizo expulsar en el primer tiempo. Se bañó y salió corriendo. Fue el mejor jugador que vi, a la altura de Diego y por sobre Francéscoli. Pero no se lo tomaba muy en serio». O también, como detalló un ex colaborador de Menotti en la Selección: «El Flaco estaba deslumbrado con Carlovich, pero sabía de su bohemia. Entonces lo llamó para integrar la preselección del interior, para llevarlo de a poco a la mayor. El Trinche se vino para Buenos Aires respondiendo a la convocatoria, pero se colgó pescando en la costanera. ¡Y nunca se presentó a jugar!». La última, aunque solo de esta nota. Años 70. Central Córdoba está por jugar con Los Andes en Lomas de Zamora. Estadio Eduardo Gallardón. Cuando van a presentar las planillas, Tomás Carlovich no tiene sus documentos, se los olvidó en Rosario. Entonces José Tarilo, dirigente del club local, se para ante la terna arbitral y les pide que lo autoricen igual, que él sale de garante de que ese tipo con los pelos larguísimos, ensortijados y bigotes mostachos es realmente quién dice ser. Y cierra con forma de plegaria el hombre de Los Andes: «Déjelo juez, por favor, es una de las pocas oportunidades que tenemos de verlo jugar en Buenos Aires».
Si todo esto es tal cual se describe, entonces, ¿por qué Carlovich no llegó? El mismo sonríe desde un viejo video y responde: «Llegar. ¿Qué es llegar? La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar a la pelota. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos, de mis mejores amigos. Además, yo soy una persona solitaria. Cuando jugaba en Central Córdoba, si podía, prefería cambiarme solo, en la utilería en lugar del vestuario. Y no se trata de no tener buena voluntad o ser agrandado, solo me gusta estar tranquilo». El jueves 24 de noviembre de 2011, el Canal+ de España emitió una edición del exitosísimo programa Informe Robinson dedicado enteramente al enigma Carlovich. Desde ese día el mito se tornó internacional.
Este viernes, a los 74 años en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, después de estar dos días en coma inducido tras el brutal ataque que sufrió, en la zona oeste de Rosario, para robarle su bicicleta, murió el hombre. Y como siempre ocurre en estos casos, la leyenda del futbolista se hizo aún más grande. Lo lloran los que lo vieron jugar y también los que imaginan cada una de sus gambetas simplemente porque aman al fútbol. Y aunque en este tiempo raro y difícil no podrán tener la despedida que se merece, el futbol le guardará un lugar central en el corazón de los hinchas. Ese sitio al que solo llegan algunos elegidos.

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