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La otra mirada

El milagro eterno de la literatura

Publicado el

- 02:28 am

Última actualización: 13 de Mayo de 2020 - 09:31 pm

«Un albañil puede habitar la casa que construye, decía más o menos Sartre. Y un sastre usar el traje que ha hecho. Pero un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez», Ser escritor, de Abelardo Castillo.
Encontré una vieja nota de Fernando Savater titulada «El milagro eterno de la literatura» de hace una década, que coincide con varios análisis que he escuchado en estos días. Constantemente oímos noticias dramáticas acerca de la lectura. Se asegura que los jóvenes no se interesan por ella, que los mayores ya no tenemos tiempo para practicarla, que en los países avanzados ni siquiera han prendido los libros digitales y en algunos sitios complicados hasta puede ser un deporte de riesgo. Y además se asegura que la mayoría consume la «lectura-basura» que desborda las redes sociales. El escritor polaco Stanislaw Lem aseguraba que «nadie lee nada; si lee, no comprende nada; y si comprende, lo olvida enseguida». Pero en aquella nota, Savater se resistía a esa realidad apocalíptica y se ilusionaba con algunas señales que veía. Como me pasó a mí con mi hijo, que leía ayer, sentado al sol, «El señor de los anillos». En tiempos casi sin autos y gente hablando en voz alta, el silencio era el dominador, y sin embargo yo, tal como le ocurrió a Savater, escuchaba al verlo leer: las bromas de los hobbits, las palabras serenas de Gandalf, el lúgubre cabalgar de los Nazguls, el roce etéreo de los elfos…La fábula heroica ambientada en la Tierra Media, creada en Oxford por un sudafricano y leída con pasión en Rafaela sesenta y seis años más tarde. Ese es el verdadero milagro de la literatura. Me pregunté cuántos otros, en este tiempo en que tenemos tiempo, recurren nuevamente a una lectura. Y recordé que recientemente había intercambiado libros de cuentos de fútbol con un amigo, y le había prestado tres sobre Valdano, Guardiola y Bielsa, a otro, y que esperaba recibir por correo Un mundo nuevo, la publicación de Guillem Balagué sobre Mauricio Pochettino.
Jorge Luis Borges dijo cierta vez que los buenos lectores son cisnes negros aún más raros y preciosos que los buenos escritores. ¿Si uno lee a Tolkien es un buen lector? ¿Y si simplemente se inclina por lecturas deportivas, es malo? Aunque el cerebro sea un órgano globular y no un músculo, como suele decirse, ejercitarlo como si en definitiva lo fuera es una excelente decisión. Además, dos cosas que aseguran la libertad son leer y jugar. Y si uno puede hacerlo paralelamente, es decir leer sobre el juego, el beneficio puede estar a la altura de Borges, Charles Dickens, Fedor Dostoievski o Gabriel García Márquez, por nombrar solo algunos.
El escritor mexicano Juan Villoro asegura que el fútbol requiere de palabras, no basta con ver los partidos. «Hay jugadas que en la cancha duran dos segundos y que nosotros podemos convertir en óperas de Wagner, de tres horas de duración», dice el autor de «Balón dividido». Es que el fútbol y la literatura tienen tantas articulaciones y desencuentros como arbitrariedades, contradicciones y paradojas. En esa relación hay de todo: literatura, ensayos, biografías, autobiografías y atlas. El fútbol se lleva el número uno simplemente porque es el más popular y pasional. Pero es el boxeo, un deporte que encierra la épica y el drama, además de las generalmente penosas historias personales de sus protagonistas, el deporte que aporta muchos de los mejores textos. Algo parecido ocurre con el hipismo y el automovilismo, en donde el drama parece estar siempre en el centro de la escena. Pero todos los deportes tienen quiénes le escriban, y muchos lo han hecho maravillosamente.
Por eso, en estos raros tiempos sin apuros, aporto algunas sugerencias, solo algunas. Dos de fútbol: «Fiebre en las gradas», de Nick Hornby, y «De fútbol somos: la condición argentina», de Rodolfo Braceli. Un par de boxeo: «El combate», de Norman Mailer y «Díganme Ringo», de Ezequiel Fernández Moores. «La increíble historia de Pete Maravich», de Mark Kriegel, sobre básquetbol, y «El factor humano», de John Carlín, porque siempre es bueno recordar a Mandela. Si le apasiona el atletismo, «Lágrimas por una medalla, de Tania Lamarca y Cristina Gallo, y si simplemente le gusta leer, «Remando como un solo hombre», la historia del equipo de remo que humilló a Hitler, es apasionante.
Hoy elijo «Seabiscuit, Una leyenda americana», de Laura Hillenbrand, sobre el mítico caballo americano de los años 30, tal vez porque empecé la columna recordando a Fernando Savater, el más famoso de los fanáticos del hipismo. Lo abro mientras imagino, como antes, cuántos más pueden estar haciendo lo mismo, con el libro que sea, y recuerdo a los apocalípticos que aseguran el final de esta magia. Y sonrío.

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