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Pequeño gigante

Publicado el

- 02:28 am

Última actualización: 24 de Febrero de 2020 - 12:29 am

Por Oscar Martínez – oscarmartinez@wilnet.com.ar – El mejor tenista sudamericano de la actualidad se recupera de la lesión que sufrió en el Abierto de Buenos Aires y rearma su calendario buscando convertirse en top ten. Mientras, El Peque se toma un tiempo para analizar su presente y recordar el pasado.

No tiene la imagen típica de un tenista profesional de este tiempo, esos gladiadores que promedian el metro ochenta de altura, ni tampoco el séquito de asistentes que rodean a los que están entre los veinte mejores del ranking. Parece un adolescente dispuesto a jugar un picado con sus amigos, aunque el documento diga que tiene 27 años. Aún sufre por no haber ganado el Abierto de Córdoba y, fundamentalmente, por haberse lesionado en su inolvidable victoria en los cuartos de final del Buenos Aires Open, que le impide jugar el ATP 500 de Río de Janeiro. «Las dos cosas me duelen. Uno, porque el objetivo de este año es meterme entre los mejores diez del mundo, algo que vengo amenazando hacer desde hace un tiempo. Y dos, porque ganar en Argentina sería fantástico. Por más que en todos lados los puntos valen igual, ganarlo acá es mi sueño».

Wikipedia dice: «Diego Sebastián Schwartzman (pronunciado /shvártsman/ en fonética española; Buenos Aires, 16 de agosto de 1992) es un tenista formado en el Club Náutico Hacoaj. «Hoy por hoy soy de otro club, pero nací en Hacoaj. Mis amigos son de la colectividad, pero tengo mucha otra gente amiga. Soy una persona muy tranquila en cuanto a la religión y trato de respetar a todos». El encabezamiento debería decir que es «el número uno de Argentina, el número uno de América Latina, un hombre respetado entre sus colegas y al que Roger Federer le hace «60 veces» la misma broma. El que le pone límites a uno de los más polémicos del circuito, el ruso Daniil Medvedev. El que consiguió por sola presencia llenar el Buenos Aires Lawn Tennis Club».

En todas las entrevistas te consultan por tu altura. ¿Te molesta?

«No sé, depende de cómo me lo pregunten. Hay cosas en que mi altura me beneficia y otras en las que me perjudica. No hay mucho más que eso».

El año pasado estuviste cerca del Top 10, ¿Esa es tu meta principal?

«Antes de la lesión, sí. Es un salto grande que tengo que dar, un salto más de calidad. Ser 11 no es lo mismo que ser 10, 9 u 8. Quizás ser 7 del mundo es hacer semi o final de un Grand Slam, final de un Masters 1000 o ganar varios 500 en un año. Son diferencias grandes que me harían estar ahí. Tengo que estar sano, preparado y ser muy regular en todo el año. Si logro cada detalle de esos, puede que lo haga».

Ya maduro, Schwartzman es un tenista distinto, alguien que piensa, que lee mucho, que se interesa por la realidad. En los aviones que lo llevan de una punta a otra del planeta, o en la habitación de su hotel, cuando descubre que tiene un tiempo muerto, en lugar de meterse en las redes sociales, lee un libro.

¿Pensás en que sos el 14 del mundo y hay solo 13 tenistas que están mejor que vos?

«En todo caso, hay 13 que están por delante mío, porque el tema del ranking no se basa en tu talento para jugar sino en lo que pudiste conseguir y ahí son varios factores los que juegan. Soy demasiado perfeccionista, entonces sufro cuando bajo un puesto. Pero cuando estoy un poco frío y tengo un poco de calma, intento pensar en todo lo positivo que me está pasando».

¿Cuándo podés estar con vos mismo en medio de la vorágine del circuito?

«En los aviones… Cuando estoy solo alguna tarde en el hotel me pongo a pensar cosas de Buenos Aires, del tenis. O cuando me recuerdan algo de hace diez años y tomo perspectiva. Los aviones son un lugar especial, ahí no tenés conexión».

¿Cómo controlás la adicción al celular? Porque hoy, la gente, cuando tiene un momento libre lo que hace es mirar la panta­llita…

«Sí, es terrible. Tengo momentos…Cuando estoy en competencia lo miro muy poco, son muchas horas del día que estoy sin el celular. Pero después agarro el teléfono y me hablan de Buenos Aires y aparecen mis amigos, mi novia, mi familia… Y empiezo a responder y me contestan ellos y no paro más. Habría que bajar un poco ese ritmo, pero es difícil porque todo está ahí, en el teléfono, en la tableta».

Me dicen que lees mucho.

«Sí. Me gusta leer, fundamentalmente cuentos sobre fútbol, de Fontanarrosa, Sache­ri. Hay un novelista de afuera, John Katzenbach, que me gusta mucho. Ahora estoy leyendo ‘El robo del siglo’.

Sos número uno de Argentina y de América Latina con un perfil muy bajo. ¿Es natural?

«Me parece que me lo impusieron un poco porque no tengo nadie alrededor que peque de soberbio. Si hago alguna cosa de más, mis amigos me van a joder toda la vida y mi familia me va a preguntar qué estoy haciendo. Soy muy social, pero no soberbio».

¿Qué te pasó con Medve­dev en la ATP Cup?

«Me cuesta mucho separar lo que pasa en la cancha de lo de afuera. Yo tenía una muy buena relación con él, porque entrenamos varias veces juntos, y no esperaba que tuviera esa reacción. Le hacía gestos al banco argentino, que no había hecho nada, ¡me gritaba a mí! Lo mandé a cagar y le dije bobo dos veces. Le pegó dos raque­tazos a la silla del juez… Tiene reacciones que no son acordes con el nivel de su juego».

Le dijiste también algo en la red al final del partido.

«Me dio la mano y me dijo «buen partido», como si no hubiese pasado nada. Le dije que sí, que muy buen partido, pero «tenés que cambiar mucho, porque como persona y como jugador tenés cero respeto». Y se lo repetí. No me dijo nada, repitió «great match» y no le dio importancia. Yo corté la relación, porque no separo lo que sucede en la cancha de lo de afuera».

¿Por qué hay tanto respeto por Federer o Nadal?

«Porque generan eso, son un ejemplo en todo sentido. En trabajo, adentro de la cancha, en fair play, en todo. Y no es una exageración ni nada, es muy bueno tenerlos al lado. Federer jugó el Abierto de Australia en cuatro décadas distintas a partir de los 90, y entra al vestuario y saluda a cada uno».

¿Cuál es la broma de Federer?

«Últimamente, cada vez que lo veo a Roger le gusta mucho como digo su nombre. Royyyyyyyeeeer, dice, estirando la «y». Es una sh, «she». Cada vez que me ve dice «Rosssshhheeerrr…». Me lo dice 60 veces por día. Y su entrenador también. Lo repite con acento argentino. La verdad que tenemos buena relación. Y con Rafa me une el idioma y estamos todo el día hablando de fútbol».

Tu familia tenía fortuna y en una de las tantas crisis de Argentina perdió casi todo, ¿es así?

«Sí. Saber por lo que ellos pasaron me enseñó valiosas lecciones sobre la importancia de la familia y me dio una mejor comprensión de cómo ver el panorama general en lo que respecta a los deportes. Pase lo que pase en mi carrera, nada se comparará con lo que mis padres soportaron».

Una familia que nace por una casualidad…

«Tengo raíces judías. Mi bisabuelo del lado de mi madre, que vivía en Polonia, fue llevado en un tren a un campo de concentración durante el Holocausto. El acoplamiento que conectaba dos de los vagones se rompió. Parte del tren continuó y el otro se quedó atrás. Eso permitió que todos los que allí viajaban, incluido mi bisabuelo, corrieran por sus vidas. Afortunadamente, sin ser descubiertos. Solo pensar en eso me hace darme cuenta de cómo las vidas pueden cambiar en un instante. Mi bisabuelo trajo a su familia en bote a Argentina. Cuando llegaron, solo hablaban yiddish. La familia de mi padre era de Rusia, y también llegaron a Argentina en barco. No fue fácil para todos ellos cambiar totalmente sus vidas después de la guerra, pero lo hicieron. Por eso me considero un afortunado».

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