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Cultura

Los gigantes de Vinadio

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Los gigantes de Vinadio

En 1932 fue estrenada Freaks en los cines estadounidenses, dirigida por Tod Browning. Aunque hoy en día se la considera una película de culto, esta producción cinematográfica no tuvo una vida fácil al principio. Fue criticada, cortada y censurada. Alemania y el Reino Unido prohibieron la proyección, en Italia llegó solo en los años ’80. Y, para no perderse nada, también fue catalogada como una película maldita. ¿Pero de qué trata la película? Freak es un término en inglés que significa «capricho, monstruo, burla de la naturaleza». De esta manera, más bien cruda, eran llamadas una vez las personas que presentaban deformidades, disca­pa­cidades o características físicas o estéticas particulares: enanas, obesas, mujeres con barba, albinos, gemelos sia­meses y así sucesivamente.

Todos los que eran percibidos como «diferentes» por la multitud eran llamados freak. A menudo, los freaks terminaban trabajando en los circos, donde la morbosa curiosidad de los «normales» podía satisfacerse. La película de Tod Browing cuenta la historia de este mundo, de las relaciones de amistad y amor que se establecen entre los extraños artistas de un circo. Es una película alegórica, que invita a reflexionar sobre el concepto de monstruosidad y sobre cómo esto a menudo se oculta bajo las características más comunes en lugar de bajo aquellas que a primera vista son inquietantes.
Piamonte tuvo su pareja de famosos freak. Se llamaban Battista y Paolo Antonio Ugo.

Su historia, que parece casi una leyenda, tuvo lugar durante la Belle Époque, entre los siglos XIX y XX y comenzó en la tranquilidad de las montañas del Valle Stura, en Cúneo, para terminar en el frenesí de Francia y los Estados Unidos.

Battista y Paolo Ugo eran nativos de Vinadio, un pueblo de Cuneo, famoso por el Fuerte Albertino y las termas. Battista vio la luz el 21 de junio de 1876 y ya desde el nacimiento se habló de él. El bebé, definirlo «pequeño» sería algo forzado, puesto que pesaba 7,3 kilos. Paolo nació el 28 de junio de 1887. Su padre Antonio y su madre, María Teresa Chiar­dola, eran personas humildes y laboriosas que tenían que criar a siete hijos.

La familia era numerosa y pobre y Battista pudo estudiar sólo hasta tercer grado, antes de ayudar con su ya notable fortaleza al presupuesto familiar. Pastó las pocas vacas de la familia, recolectó leña y juntó setas y castañas, todo podía servir para llegar a fin de mes.

Todo el valle hablaba del peso y la fuerza física de los hermanos Ugo. Se decía que cuando iba a la escuela primaria, Battista era tan imponente que no podía sentarse en los bancos como sus otros compañeros y que, por lo tanto, debía usar el tronco adaptado de un castaño. Cuando era niño, podía cargar sobre sus hombros un pesado carro de 400 kg y, paseando bajo los pórticos de Cúneo, se veía obligado a caminar inclinado para no golpearse la cabeza.

En cambio, las características de coracero de Paolo llevaron al arrebato al médico del ejército, que exclamó al revisarlo: «¡Sería un buen guardia en el Palacio Real de Roma!». Ironía de la suerte, su hermano Giuseppe fue refutado debido a su insuficiente estatura. Tenía solo 1,50 m de altura.

La peculiaridad de Battista y Paolo era evidente: eran dos gigantes. Battista medía 2,65m de alto y pesaba más de 200 kilos. Paolo era ligeramente más bajo. Comían media docena de huevos a la vez y bebían en tazas de medio litro. Incluso vestirlos era una hazaña, porque necesitaban ropa y zapatos hechos a medida.

La vida en las montañas era difícil. A pesar de la abundancia de agua, con la agricultura no podían sobrevivir y muchos emprendían la vida estacional de los transfron­terizos yendo a trabajar a la vecina Francia, ayudados por un dialecto común, el occitano y por lazos de parentesco que se remontaban a lo largo de los siglos.

Fue en el otoño de 1891 que la vida de los gigantes pia­monteses sufrió un cambio. También Battista tomó el camino a Francia. Fue enviado por su padre al otro lado de los Alpes, a Francia, para trabajar como leñador en Bar­cellonette.

A los15 años, este gigante tenía más de 1,80 m de altura y aparentemente tenía músculos dignos de su estatura. Fue contratado a tiempo completo sin ningún problema, saltándose los trabajos menos remunerados que correspondían a los jóvenes de su edad. La paga en Francia era buena y el trabajo no era más extenuante que el que tenía en casa. Cada otoño, el joven regresaba con su familia, para reaparecer en la primavera en Barcellonette, como siempre lo habían hecho las poblaciones alpinas, en un intercambio que aún continúa hoy.

Pero el trabajo en Francia no estaba destinado a durar mucho tiempo. Mientras descansaba los domingos en una taberna, bromeando como de costumbre con los clientes, un caballero elegante lo descubrió. Era el dueño de un circo ambulante que le propuso unirse al carromato (para exhibirlo, como estaba de moda en aquellos días), proponiéndole ganancias y notoriedad. Ba­ttista aceptó.

A medida que se acercaba 1900, todo tenía que ser grande, sobredimensionado, como la famosa Torre Eiffel y Battista respondía plenamente a la expectativa de grandeza de su público.
El gigante había alcanzado su pleno desarrollo y, con sus 2,65 m de altura y sus 215 kilos de peso, era un espectáculo electrizante en un momento en que la altura promedio era de poco más de 1,60 m. Su nombre y origen fueron afrancesados: se convirtió en Baptiste Hugo, nativo de Saint-Martin-Vésubie, un pequeño centro en los Alpes Marítimos.

Así comenzó la vida errante de una nueva estrella del circo conocida como el geant des Alpes y cada espectáculo era un éxito.

El público se congregaba en multitudes para verlo, tanto, que se imprimieron como recuerdo numerosas postales que lo representaban en las situaciones más dispares. Por unos pocos centavos, la gente podía llevarse la imagen de esta increíble criatura.

A veces Battista volvía a casa y era una fiesta. Un zapatero de Cuneo le pidió una de sus botas, con una suela de 42 × 17 cm, para exponerla en la vidriera de su negocio. Algunos de sus familiares, orgullosos de este pariente tan extraño que incluso se hizo famoso, abrieron la Trattoria del Gigante en Pratolungo, de la que hoy solo queda el desvanecido signo del tiempo.

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