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La otra mirada

La catedral del tenis argentino

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«Hay personas cuya mirada nos acelera el pulso, música que nos hace seguir el ritmo aunque no lo queramos, libros que nos mantienen despiertos toda una noche, películas que nos transportan en el tiempo, olores que nos llenan la boca de saliva, noticias que nos hacen llorar. Y hay lugares en los que la emoción y la nostalgia consiguen que se nos desboque el corazón». Fernando Savater, filósofo, activista y escritor español nacido en San Sebastián, España, el 21 de junio de 1947.
Los argentinos aprendimos a disfrutar del tenis grande en las décadas del 70 y 80, cuando a fin de año el polvo de ladrillo del Buenos Aires Lawn Tenis recibía al Abierto de la República o Abierto de Sudamérica, según la denominación internacional. Para los que seguimos la actividad desde hace muchísimo tiempo, es un placer recordar aquella primera edición por el circuito profesional en 1972, cuando un zurdo llamado Guillermo Vilas perdió la final ante Karl Meiler. O la de 1973, con el mismo Vilas, que ya pintaba para ser uno de los grandes ídolos de la historia, ganando por abandono frente a un rubio que jugó con ropa de marca Depor Hit, llamado Bjorn Borg y que más tarde ganó Wimbledon cinco veces consecutivas.
Ya con Vilas como estandarte, la gente agotaba las entradas para ver al gladiador de la vincha. Y el Buenos Aires lo vio triunfar en el 74 (la final ante el español Manuel Orantes), en el 75 (derrotó al italiano Adriano Panatta), en el 76 y 77 (al chileno Jaime Fillol), en el 79 (a José Luis Clerc) y en el 82 (a Alejandro Ganzábal). También Clerc tuvo su momento de gloria en el 78 y 80. Mi primer torneo allí como periodista fue en la edición 1.992, cuando sorprendió el español Juan Gisbert jr. al superar en la final al alemán Carsten Arriens.
Eran épocas de tribunas colmadas, gritos, estrellas, paciencia para aguantarse el sol abrasador. Eran citas ineludibles. No se jugó en 1983 y 1984. Volvió en el 85 con el título logrado por Martín Jaite (jugó un partido inolvidable en semifinales con Horacio De la Peña); en el 86 Franco Davín perdió la final con Jay Berger y en el 87 se consagró Guillermo Pérez Roldán. Las tres últimas (93 al 95) fueron de los españoles (Carlos Costa, Alex Corretja y Carlos Moya). La del 95 se jugó casi en familia.
Para peor, la Copa Davis, aún con su formato anterior, dejó al Buenos Aires Lawn Tenis Club de lado para emigrar a estadios muchas veces improvisados. Pero desde 2.001, con el nacimiento del Abierto de Argentina, la Catedral del Tenis Argentino volvió a vivir, solo que en lugar de hacerlo a finales de cada temporada lo hace al comienzo de las mismas. La gente disfruta del juego pero también de un entorno formidable al costado de los bosques de Palermo. Y los más grandes, entre los que me incluyo, aquellos que estuvimos en tantas ocasiones y vivimos tanto del presente como del pasado, nos sentimos en un sitio cargado de mística «un lugar en el que la emoción y la nostalgia consiguen que se nos desboquee el corazón».

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