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La otra mirada

La épica del Gladiador

Publicado el

N. Gramaglia

Jugador asociado al esfuerzo, tenista copero ideal para la Davis, competencia en la que representó al país en varias oportunidades, incluso en la parte previa a la final de 2016, cuando Argentina fue campeón. Charly, que llegó a ser 37 del mundo, pasó por Rafaela y dejó su sello dentro y fuera de la cancha.

«La valentía más grande del ser humano es mantenerse de pie, aun cuando se está cayendo a pedazos», Máximo Décimo Meridio (Russell Crowe) en Gladiator, película del año 2000 dirigida por Ridley Scott.
Carlos nació en Labardén, a un puñado de kilómetros de Maipú. Cuando era un niño su familia se mudó a Chascomús, donde se crió, creció, se hizo adolescente, maduró y tiempo después se enamoró de Esther, nacida en la ciudad de Raúl Alfonsín. Carlos, empleado de una empresa de electricidad, y Esther, peluquera, construyeron una gran familia con seis hijos. Carlos, que nunca había jugado al tenis con seriedad, comenzó a practicarlo de adulto, con una raqueta de madera que un compañero del trabajo le regaló. Cuando pudo, se compró una moderna y guardó la anterior hasta que Carlitos la encontró y la transformó en un arma destructora de adornos y paciencia. Y también en el elemento sobre el que construiría su futuro. Carlitos no es otro que Charly Berlocq, el gladiador que edificó una carrera de éxitos basada en el esfuerzo y la perseverancia. «Pero esa carrera se acaba de terminar. En algunos días lo voy a comunicar oficialmente. Fueron muchos años de sacrificio, de viajes, de mucho esfuerzo, pero también de mucho disfrute y de felicidad. Estoy abriendo una etapa nueva en mi vida personal y profesional, comienza mi tiempo de entrenador».

Lo decís con mucha seguridad y calma, ¿tan claro lo tenés?

«Si, ya el último tiempo de mi carrera lo viví distinto, me hice mucho más analista de mi juego y el de los rivales. Siempre me gustó hacer esto, pero desde hace unos años lo potencié. Me gusta este desafío, me ha dado energía nueva».

Te casaste joven, y también muy joven fuiste papá, ¿esa vida distinta a la que vive la mayoría de los tenistas te sacó de esa burbuja en la que suelen estar los deportistas profesionales?

«Es cierto que tuve siempre una vida familiar, viajando con ellos o volviendo cada vez que podía para compartir momentos. Y no sé cómo hubiese sido mi vida sin mi mujer y mis hijos y, fundamentalmente, como sería ahora tomar esta decisión. Fue difícil este tiempo en el que no tenía claro si seguir jugando o retirarme, pero una vez que lo decidí me saqué un peso de encima. Repase mi carrera, recordé muchos momentos y los revaloricé».

¿La prueba de fuego fue ir como espectador a la serie final de la Copa Davis en Madrid?

«Fue raro, porque la Davis es muy especial en mi vida, es parte fundamental de mi carrera, siempre me ponía muy feliz cuando me convocaban porque representar al país me llena de orgullo. Pero quería ver si lo podía disfrutar desde afuera, quería que mis hijos lo vivieran, tengo amigos en el equipo, estuve con la hinchada que siempre me apoyó, incluso cantaron por mí y me vinieron a saludar. Fue muy lindo».

¿El reconocimiento de la gente es un gran premio a tu carrera?

«Si, sin dudas. La gente reconoce lo que hice y me lo hace saber. Es muy motivante eso, por ejemplo lo que viví acá, en Rafaela, donde me dieron muchísimo cariño».
Su figura se emparentó con la imagen de un gladiador después de su gran triunfo en la apertura de la Copa Davis de 2.013 frente al alemán Philipp Kohlschreiber en el quinto set, que disparó por primera vez su festejo a lo Hulk, rompiendo su remera. A partir de ahí, a los 30 años, llegó a semifinales en Viña del Mar, a cuartos de final de San Pablo, barrió a dos top 22 en el Masters 1000 de Indian Wells, y colocó a Argentina en las semifinales de la Davis al vencer a Gilles Simón, 13 del mundo, en un Parque Roca desbordado, que lo ovacionó como nunca antes. En su carrera ha logrado 19 títulos de Challengers, 2 títulos de ATP en singles y otros 2 en dobles, además de haber llegado a ser el 37 del mundo en 2.012. Pero, claro, detrás de sus éxitos hay una historia de sacrificios. “Carlitos rompía todo. Saltaba en la cama y tiraba pelotazos para cualquier lado, volvía locos a sus hermanos, no sabía qué hacer con él. Lo llevé a un profesor en el Club Atlético Chascomús y empezó a jugar con los otros chicos”, contó cierta vez su padre. Pero entonces la familia debió trasladarse a Mar del Plata, donde se cimentó por 12 años. Allí, lo que para Charly representaba un juego, un pasatiempo, pasó a tomar seriedad. Pero el obstáculo siempre era el mismo: el dinero. Sin capital para contratar a un profe que moldeara su cuerpo con trabajos puntuales de tenis, se alistó en el Polideportivo para entrenarse con el equipo de menores de atletismo. «Era bueno corriendo. Les ganaba a sus compañeros y el profesor lo intentó convencer de que dejara el tenis y se hiciera maratonista, pero no le hizo caso», volvió a contar su padre. Cuando algunos junior podían alojarse en hoteles durante los torneos, Charly descansaba en casas de familia. «No me da vergüenza decirlo. Más de una vez tenía plata para que comiera sólo él, entonces esperaba que terminara y si dejaba algo, lo comía yo. Hicimos todo por él. La ropa la pagaba con tarjeta de crédito y en miles de cuotas. Los amigos organizaban rifas para ayudarlo. Y Carlitos siempre valoró lo que hacíamos, cuidaba sus cosas como si fueran oro. Era responsable de chico: si me pedía que lo despertara a las 8 y lo hacía 8.05, se enojaba. Todo lo que logró fue por su disciplina, su esfuerzo», cierra Carlos.
«Estoy feliz con mi carrera. El tenis es muy difícil, requiere de muchas condiciones, de parte de quién lo juega y también desde lo económico, porque jugar profesionalmente es caro. Y yo llegué a estar entre los mejores cuarenta, jugué los cuatro Gran Slam y todos los mejores torneos del mundo, representé varias veces al país en Copa Davis, con todo lo que eso significa, me enfrente a los mejores tenistas del mundo y, fundamentalmente, tuve la fuerza para sobreponerme a los momentos difíciles, que fueron muchísimos, y seguir hacia adelante».

¿La Davis marcó tu carrera?

«Creo que marcó mi vida. Un tenista siempre representa a su país, pero cuando juega la Davis eso se vuelve tangible. No solo te lo demuestran las personas que van al estadio, sino también los millones que cada día siguen lo que haces por televisión. Eso de romperme la remera fue un simbolismo de lo que representaba para mí jugar por el equipo, pero nunca fue algo que me propuse sino que así lo sentía. La Davis es sensacional».

Tuviste la suerte de enfrentar a los tres grandes de esta época, ¿Cómo es jugar frente a Roger Federer?

«Entrar a una cancha y tenerlo del otro lado de la red me generaba una sensación diferente a la habitual, es distinto a todo, y no hablo solo de lo que significa su talento sino de lo que me pasa al tener como rival a alguien que es una leyenda viviente».

¿Nadal?

«Era como enfrentar a mi ídolo, porque él tiene ese juego que me representa. Las cuatro veces que jugamos, fue como pasar por el gran desafío de superar lo que yo quería ser. Pero es tremendamente difícil en todo los órdenes, tenístico, mental y físico».

¿Y Djokovic?

«En mi podio está Rafa primero, Roger segundo y Novak tercero. De Nadal ya dije lo que siento, además hablamos el mismo idioma, con Federer está la cuestión de la magia y además cuando lo enfrenté fue muy cálido conmigo, y Djokovic fue siempre el que me resultó más duro, nunca tuve la sensación de que podía hacerle daño, ganarle».

¿Cómo será tu vida ahora?

«Me radiqué en Buenos Aires después de vivir el último año en España, y ya estoy trabajando con Agustín Belotti, un chico de Corrientes, que busca avanzar en el circuito. Trataré de corregir sus errores, potenciar sus virtudes y transmitirle mis experiencias. Es otra etapa. Un nuevo desafío. De eso se trata la vida, ¿no?».

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