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Enfoques

Un continente convulsionado

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Por Rodolfo Zehnder *. Incierto destino el de América Latina. Por no decir triste. Un continente con creciente desigualdad social; de minorías ricas que tienden a gobernar sobre mayorías pobres. Con estabilidad institucional precaria (los recientes episodios de Venezuela, Ecuador, Chile y Bolivia son de por sí elocuentes y de difícil solución). Con grados de alfabetismo y de salud que apenas superan a los de África, por nombrar una región casi a la deriva. Con gobiernos que –pendular y cíclicamente- oscilan entre derechas e izquierdas (con toda la relatividad que implican estos términos, ya que abundan los casos en que gobiernos de «derecha» no ejecutan políticas neoliberales, y gobiernos de izquierda que tampoco efectúan reformas estructurales que permitan ubicarlos en tal signo ideológico). Un continente con graves y profundas divisiones internas, donde prima lo sectorial por sobre el bien común, y cuyos gobiernos sistemáticamente han fracasado en cuanto a lograr un orden justo, esto es, calidad de vida para todos o para una mayoría (ya que la perfección no existe). Con una marca registrada de la corrupción, ya no como casos aislados como ocurre en otros continentes, sino institucionalizada y estructural, una pandemia que –cuestión ética al margen- es un factor indiscutible del subdesarrollo. Con áreas de investigación esporádicas y de escuálido presupuesto, que no hace más que aumentar la brecha entre los países desarrollados y los que no, aunque se pretenda ubicarlos como «en vías de desarrollo»; un eufemismo falaz, porque dichos países no se acercan al desarrollo, como la ambigüedad del término pareciera indicar, sino que se alejan cada vez más de él, por más que algunas ilusiones de acceso a ciertos bienes materiales de confort ayuden a crear el espejismo. Un continente con escaso poder de decisión en la comunidad internacional, por más que el potencial de Brasil y Méjico obligue, al menos, a escucharlos.
Triste realidad, constatada a través de siglos de historia, que viene desde la matriz de la Corona española y se continuó luego de las guerras por la independencia, que no puede evitar un sentimiento de frustración y constituye una suerte de paradoja. Paradoja porque, al par de aquellas debilidades, se constata la existencia de un continente de enorme vitalidad, con grandes recursos naturales (depredaciones al margen); la gran reserva de espiritualidad en el mundo, como supo decir SAN JUAN PABLO II. Sin luchas fratricidas de enorme dimensión, como las que asolaron el continente europeo, con su secuela de millones de víctimas que marcaron a fuego sus sociedades y fueron una de las causas del creciente materialismo y secularismo que las embarga. En efecto, no tuvo la América hispana y lusitana tales horrores, aunque sí otros, sin duda: la feroz represión de las dictaduras militares en Chile y Argentina, las dictaduras neofascistas que supieron tener Paraguay y Nicaragua, entre otros; la dimensión guerrillera del narcotráfico en Colombia. Pero también, qué enorme fortaleza la de haber podido evitar –inconmensurable aporte de la Iglesia, no suficientemente reconocido- una guerra fratricida entre argentinos y chilenos por la cuestión del Beagle. Cabe asimismo recordar el aporte valioso al Derecho Internacional que proporcionó Argentina a través del Pacto Antibélico del canciller Saavedra Lamas, en 1933, que condenó toda guerra de agresión y propugnó el arreglo pacífico de las controversias; o la postura de Mariano Varela, ministro de Sarmiento, que en 1869 proclamó que la victoria no da derechos (olímpicamente desconocida por el Reino Unido en el caso Malvinas), que determinaba no aprovecharse del triunfo de la tristemente célebre Triple Alianza a expensas de Paraguay; o el principio latinoamericano del utis possidetis juris, («poseerás lo que poseías al momento de la emancipación de España»), a principios del siglo XIX, que permitió cerrar las puertas a una eventual conquista de las potencias coloniales que pretendían considerar estas tierras como res nullius y por tanto sujetas al poder de quien quisiera o pudiera ocuparlas.
Un continente, en fin, que prometió y sigue prometiendo mucho pero que brindó menos de sus potencialidades, y poco si lo medimos en términos de índice de desarrollo humano (IDH) desarrollado por Naciones Unidas, que es mucho más que una mera referencia cuantitativa de cuánto gana una persona o familia sino que se relaciona más bien con el efectivo empoderamiento, o capacidad y/o cualidad de generar efectivos cauces de desarrollo. Hablamos de desarrollo integral y -cómo diría PABLO VI- de todo el hombre (no sólo su aspecto económico) y de todos los hombres (no sólo una minoría privilegiada).
América Latina se debate en cíclicas y recurrentes convulsiones políticas; sigue buscando su identidad, que a esta altura debió haber superado, y con factores de poder que siguen hurgando en supuestos enemigos de afuera –en infantil mecanismo de traslación de culpas-, cuando el problema es ad intra. El riesgo está en que siga perdiendo el tren del progreso, ya no indefinido, al estilo del positivismo de COMTE, pero ciertamente posible, si se decide a torcer lo que parece ser un destino de mediocridad.
*Profesor universitario de Derecho Internacional Público y Derechos Humanos; miembro del C.A.R.I. (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales) y de la A.A.D.I. (Asociación Argentina de Derecho Internacional).

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