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La otra mirada

En el fútbol, la muerte solo dura un rato

Publicado el

Prensa Riestra

«Esto es un desastre”, dice Sylvia Weis (Amanda Seyfried) con una mezcla de enojo y temor, «Bienvenida a mi mundo», le responde socarronamente Will Salas (Justin Timberlake), en la película estadounidense de 2011, «El precio del mañana», escrita y dirigida por Andrew Niccol.
Faltan 15 minutos para las siete de la tarde en Argentina y el living de mi casa es la postal de una película de Fellini. El televisor de la sala trae lo que ocurre en el estadio Monumental de Lima, Perú, donde River le gana la final de la Copa Libertadores al Flamengo, a falta de dos minutos para que todo termine. En la mesita central, la pantalla de la computadora me muestra el partido entre el Deportivo Riestra y Atlético en el estadio Guillermo Laza, en el barrio de Villa Soldati. En los sillones, solo yo, con cara de derrotado-acostumbrado, sigo lo que ocurre en el torneo de Primera Nacional. El resto de los presentes, visitantes con la obligación de mantenerse callados para que mi señora no nos eche a todos a la calle, mayoritariamente hinchas de River, o al menos deseosos de una victoria de un club argentino sobre otro de Brasil, preparan el festejo final. Hasta que el diablo metió la cola tras un error del Oso Pratto que dejó a River descompensado y generó el empate que llevaba el partido a otra instancia. Y enseguida, otra estocada mortal, error defensivo del Millonario y el tremendo Gabigol Barbosa que mete el segundo y manda la copa a la vitrina del Mengão. Entonces la banda se revolvió en el sillón, todos con un gesto muy parecido al grito mudo de Pacino cuando asesinan a su hija (Sofía Coppola) en El Padrino III. Es una de las escenas más desgarradoras e impresionantes de la historia del cine. Una escena que me mata, de verdad. La del cine, no la de este sábado. Me da ganas de decirle que eso les pasa por estar acostumbrados a ganar, y que yo no tengo ese problema. Todo lo contrario.
Lo primero que se me ocurriría preguntar es quién fue el cráneo que puso Riestra-Atlético en el mismo horario de la final de la Libertadores. Un crack. Pero también de este tipo de cosas estoy acostumbrado, porque en este manicomio con fronteras lo único que se repite sistemáticamente son los errores. Reelegir políticos fracasados o corruptos, mantener en el cargo jueces bipolares y acomodaticios, dejar libres a violadores y otras lacras, y una larga lista de dislates. Así que no tiene sentido sorprenderse por un horror en el maravilloso mundo del fútbol. Lo segundo es cómo hará Walter Otta para que Atlético pueda ser un equipo confiable, aún con sus limitaciones, porque pocos como el cremoso han merecido tanto y logrado tan poco en un torneo tan exigente como parejo. Pero no se trata de mala suerte ni de una confabulación arbitral (¿es así, no?, ¿seguro que no nos tiran al bombo los del pito?), se trata de no saber aprovechar las posibilidades de gol que tiene. Este sábado, por ejemplo, cuando en el primer tiempo mereció sacar ventaja por ser claramente mejor que su adversario. Pero ante el primer error, en este caso de Fernández (no, ese no, ese todavía no asumió…), que había sido figura hace solo una semana, nos hicieron un gol y adiós a cualquier posibilidad de vivir una alegría.
Nos ganó Deportivo Riestra, un club que recién estamos conociendo, objeto de placer de Víctor Stinfale, abogado penalista, fan de la música electrónica, empresario de bebidas energizantes, y organizador de eventos, que lo potenció para ganar plata gracias a su astucia y una total falta de escrúpulos. Al club que preside Fabio Pirolo lo apodan «Los malevos de Pompeya». Fahhh, eso asusta un poquito. El equipo no, pero igual nos ganó. Fue más o menos lo mismo de otros partidos, Atlético es un conjunto optimista que busca la victoria pero que sufre del enemigo interno, es decir sus propias falencias. Falta de contundencia y debilidad a la hora de defender. La mala suerte y los perjuicios arbitrales terminan por armar un combo que deja al equipo donde está en la tabla.
De golpe explotan algunas bombas en la calle. No creo que sean hinchas de Flamengo. Ni de Riestra. Detesto estas cosas, fundamentalmente por los perros (hablo de los canes…). No era una tarde de sábado para festejar. Pero tampoco es un desastre. Como dice Eduardo Sacheri, «la ventaja del fútbol en relación a la vida es que la muerte dura solo un rato». Ojalá revivamos la semana próxima.

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