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La otra mirada

El acto fallido y el optimismo

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Reinaldo Alderete // D. Camusso

«A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contario, a quien no conocés y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia». Roberto Bolaño (1953-2003), escritor y poeta chileno.
El 2 de febrero de 2013, el Granada derrotó en su estadio al Real Madrid de José Mourinho por 1 a 0, y lo dejó a 13 puntos del Barcelona. Pero no fue esa la noticia central, sino lo que pasó en el minuto 22. Córner desde la izquierda del ataque local y Cristiano Ronaldo que «peina» la pelota en el primer palo para descolocar a Diego López y marcar un gol en su propio arco. En ese instante, la suma de error, de azar y belleza, hizo que CR7, quien posa para las cámaras además de jugar de maravilla, buscara pasar desapercibido para no hacerse cargo del oprobio que significa hacer un gol en contra. Porque un autogol siempre es un golpe bajo, se trata de un acto contranatura que paraliza. Desconcierta. Provoca reacciones inesperadas. Impredecibles. Y en ocasiones, violentas, como lo fue en el famoso caso de Andrés Escobar, aquel defensor colombiano que el 22 de junio de 1994, en el Mundial de Estados Unidos, en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles y ante más de 93.000 personas, intentó despejar la pelota que terminó en su propio arco. El resto de la historia ya la sabemos. «Nunca un gol ha costado tan caro. Una vida», dijo la prensa. Aquello fue una locura, irracional, es cierto. Pero por la cabeza de cualquier hincha de Atlético desfilaron, en el minuto 56 del partido de este sábado, una larga lista de maldiciones para Reinaldo Alderete, cuando en su desesperación por evitar el peligro en su área, mandó la pelota al fondo del arco. Gol en contra, empate y el dolor de saber que en ese instante todas las miradas se posaban sobre él. No es justo, claro. Pero es fútbol.
Me cae bien Alderete, y tal vez por eso me dolió más ese gol. Fue un error grosero para un futbolista profesional, es cierto, pero también se trató de un error generado en su afán por colaborar con un equipo que tiene una virtud central, tiene optimismo. Y generosidad para buscar la victoria. Lo marca su entrenador con la disposición táctica y con los nombres que pone en cada posición. Y lo remarcan sus futbolistas a la hora de pensar en el arco de enfrente. Con limitaciones a veces alarmantes, como las que muestra en defensa, fundamentalmente por la permeabilidad que sufre por los laterales o la fragilidad que lo pone shock ante cada pelota que le cruzan. Pero también con la capacidad de conocer su realidad y trabajar para mejorar. Por eso este presente de resultados positivos que le permiten mantenerse expectantes en una tabla por demás de pareja. No es un gran equipo este Atlético, ni siquiera sé si es un buen equipo, pero tiene la intención de ser mejor. Eso es altamente valorable. Y ha conseguido lo que no pudieron otros planteles con nombres dorados y entrenadores con marcos de estrellas y sueldos acordes: recuperaron el valor de la localía. Nuestro Monumental ha vuelto a ser nuestra casa segura.
Viejo es el viento y aún sigue soplando, dice el refrán popular escrito especialmente para Nereo Fernández. Lo del arquero eterno fue este sábado extraordinario. Tuvo cuatro o cinco jugadas de Fillol (esto es lo bueno de tener mi edad, yo lo vi a Ubaldo. Los jóvenes, que lo busquen en You Tube). La suerte de Atlético estuvo en sus manos y el Flaco respondió con maestría.
El sábado, los dos puntos perdidos dolían en el alma, porque al ir ganando, el hincha miraba la tabla y pensaba un 2020 ilusionante. Pero hoy, después de analizar todo lo vivido y fundamentalmente la capacidad de Sarmiento, se valora el punto. Y no haber perdido, cosa que claramente pudo ocurrir. Además, para lo que amamos el futbol, el partido fue una maravilla. Que mereció otro marco. Pero claro, que la gente no vaya al estadio es culpa de otros equipos. Este trabaja para enamorar al hincha. No es un gran seductor, es cierto. Pero tiene actitud y optimismo. Y para el hincha, que ha besado tantos sapos buscando un príncipe, no debería ser poco.

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