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La otra mirada

El tiro del final y el cuello de La Cobra

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El Eco de Tandil

“El fútbol funciona como ajedrez. También allí, las reinas y los alfiles, las torres y los caballos pueden hacernos regresar a una olvidada Edad Media, pero lo único que cuenta es la muerte del rey, el mate. Y el mate, en el fútbol, es el gol”, Vladimir Dimitrijevic, ex-jugador serbio.
Dice el multifacético autor hispano argentino Andrés Neuman que una novela requiere “estructura y detalles”. Definición ideal para el fútbol, es que un equipo serio, o al menos con intenciones de ser un serio candidato a ganar algo importante, necesita una estructura sólida y detalles. Claro que estos detalles suelen ser los determinantes. Contar con una figura desequilibrante a la hora de armar el juego, o un diez como los de antes con valor para encarar hacia el arco rival, o un delantero decisivo y goleador, y hasta un arquero como los que hoy gozan River y Boca. Los detalles tienen que ver con el gol. Con la manera de impedirlo en nuestro arco o de lograrlo en el de los rivales. Decir que el fútbol es caprichoso es una generalidad. Caprichosos son los goles. El juego es el argumento, pero el gol es el problema, el detalle crucial, la llave que abre una puerta colosal.
Este Atlético ha tenido un andar casi a los tumbos a lo largo del torneo, sin encontrar resultados, y menos aún, rendimiento, identidad. Pero en la fecha anterior, en el Monumental, logró una victoria con condimentos que suman hacia el futuro. Arco propio en cero, dos goles conseguidos por un delantero, y tres puntos que sirven al proyecto tanto como para alejar los fantasmas de una localía negativa. Y con ese impulso el equipo se paró de manera perfecta en Tandil. Jugó un primer tiempo que hubiese sido ideal si convertía al menos un gol en alguna de las situaciones que generó y dilapidó. No haber conseguido asentar las bases de una victoria es responsabilidad de los jugadores en general y de los delanteros en particular, porque esta vez el entrenador paró el equipo que todos nos ilusionamos con ver. Uno que, aún sabiendo que no tiene generadores de juego vistoso y práctico en el medio, igualmente apostó a ser protagonista. Y lo fue.
Pero lo que no ha conseguido cambiar Walter Otta son las deficiencias defensivas. Para quienes entiendan de boxeo, les digo que este Atlético se parece a un noqueador de mandíbula frágil, que si no consigue acertar a su rival con un golpe certero, sabe que se expone a sufrir un nocaut. Como Tommy Hearns. “La Cobra” era un campeón mundial extraordinario que reinó en seis categorías en medio de una generación que estuvo plagada de estrellas como Marvin Hagler, Sugar Ray Leonard, Roberto Duran o Wilfredo Benítez , por nombrar a los más conocidos. La potencia de sus puños, el largo de sus brazos y su rapidez lo convertían en casi invencible. Casi, porque su cuello finito y endeble era su peor enemigo. El cuello de Cobra de Atlético es su defensa. No tengo dudas de que en un entrenamiento, su propia delantera la golearía. Anoche, un equipo con serias limitaciones con Santamarina, dispuso de muy pocas posibilidades. Entonces el propio Atlético se encargó de generar su propia caída. Falta innecesaria que hasta pudo ser de expulsión por parte de un descontrolado Bonansea, centro al corazón de un área que ve salir espantada a la defensa Celeste y Marcelo Barsottini que no tiene más remedio que hacer el gol.
Entre los otros detalles se puede resaltar que el arquero debutante no sufrió a pesar de que tenía toda la presión, que el equipo casi vencido y sin fútbol tuvo la entereza de pelear hasta el final, y que el empate lo consiguió uno de los responsables de la derrota parcial, lo que lo redime en parte. La estructura que armó Otta da para la ilusión. Los detalles preocupan. Si los delanteros, incluido Ijiel Protti que es claramente el mejor de todos, no encuentran la llave del gol, la puerta de la victoria permanerá cerrada. Y si los defensores siguen siendo tan generosos con los rivales, la derrota volverá a coquetear con nuestra red. Esta vez nos salvó el tiro del final. No hubiese sido justo otro resultado. Atlético fue más por puntos, si se tratara de boxeo, que un Santamarina al que debió ganarle desde el primer tiempo. Pero esta vez lo salvó de nocaut la última mano, esa que se tira con el alma abierta y con los ojos cerrados.

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