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La otra mirada

La pasión Sabalera

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El fútbol se puede ver y disfrutar de maneras muy distintas. Con los ojos de la radio, pegados a la pantalla del televisor o en el mismísimo estadio. Y en cada sitio se encuentran motivos para entender porqué es el mejor juego del mundo. La historia de Omar, el hincha de Colón de 78 años que viajó más de 80 horas para ver a su equipo en el Mineirão, aún es noticia. Y se mezcla con una vieja nota que le hice a otro hincha como él, hace ya mucho tiempo.

«Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio…En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno…Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Mas bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música. Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval». El hincha de fútbol, Eduardo Galeano.
Alfonso vivió viendo nacer y morir miles de veces al sol, hundió día a día los pies en la tierra arada y supo temprano que un hombre era capaz de llevar dentro un mundo tan enorme como el que está afuera. Siempre jugó. Fue corredor de pájaros en los sembradíos, pescador de lo que hubiera en el canal cercano, saltador de alambrados que lastiman y cazador de aves en todos los estilos. Su asociación con el deporte no quedó en eso. Estudió los secretos del boxeo solo para descargar sus iras y entrenó su mente para entender todo lo que le llegaba a través de la radio. Creyó volar en el avión de Carburando cuando las carreras eran en rutas, dibujó en el aire cada golpe tirado por el boxeador de turno que describía Osvaldo Caffarelli, imaginó jugadas de básquet y partidos de tenis. Pero nada le aceleraba el pulso como los relatos radiales de fútbol. Por ello esperaba que alguien le acercara el diario del lunes para ver luego alguna foto que ratificara sus imágenes. Las que guardaba en su mente demorada en el aprendizaje. Todo era así, al mismo tiempo, libre y previsible. Todo era así hasta que un día se enteró de que, además, había otra cosa.
Omar es hincha de Colón desde que nació, hace ya setenta y ocho años. Lo siguió siempre como pudo, fundamentalmente por la realidad de su economía. Pero se sabía todas las formaciones, leía las estadísticas y sea apasionaba por el Sabalero, se angustiaba con la derrotas y se alegraba como pocos por las victorias. Y también debió soportar el dolor flagrante que genera la caída en un clásico o el descenso. Pero nunca, jamás, Omar se lamentó por llevar los colores rojo y negro bajo la piel.
Fue en una tarde que Alfonso no intuía, cuando el patrón del campo le regaló un televisor blanco y negro que el ya no usaría por la llegada del color. Apenas lo encendió se quedó maravillado. Sintió lo mismo que aquella vez en que con la escuela rural habían ido al cine. Estaba frente a una ventana al mundo. Era como si de pronto pudiera ver todo lo que había imaginado. Pero lo que lo paralizó no fue la imagen de algún lugar remoto, ni tampoco alguna cara que descubriera la voz que le traía la radio. Lo que lo conmovió fue ver un partido de futbol que se jugaba en un estadio, con jugadores vestidos de futbolistas y gente que los vitoreaba.
Cuando Omar festejó que su Colón cerró la serie de cuartos de final de la Copa Sudamericana ante Zulia Fútbol Club de Venezuela, y se enteró que el rival sería el Atlético Mineiro, comenzó a imaginar en secreto la gran aventura de su vida. Pero tenía reservas, porque jugar contra un equipo brasileño siempre genera temores. Aunque la primera semifinal se jugaría en el Brigadier López, el «Cementerio de los Elefantes», apodo que se ganó el estadio del Sabalero definitivamente tras aquella victoria por 2 a 1 ante ¡el Santos de Pele! de Brasil, claro. Entonces, ¿Por qué no soñar?
En poco tiempo Alfonso fue viendo las cosas que antes solo imaginaba. Vio a un jugador correr primero con un grito al viento solo segundos antes de abrazarse con sus compañeros festejando un gol. Supo enseguida que allí estaba la alegría. Vio a un arquero tomarse la cara con sus manos, las mismas que segundos antes dejaban escapar una pelota con destino de red. Y entendió que allí estaba la tristeza. Vio a un defensor duro con su rostro desencajado gritándole en la cara al árbitro que él no había cometido falta alguna y no merecía la expulsión. Descubrió en ese acto la furia. Vio tribunas enteras de gente llorando, gritando o festejando, según le fuera en suerte. Supo enseguida que allí anidaba la pasión.
Cuando el Pulga Rodríguez selló la victoria por 2 a 1 en la primera semifinal, Omar se lo propuso a su nieta Florencia. Cumplir 78 años sobre el colectivo que lo llevaría al mítico estadio Mineirão, en Belo Horizonte, para ver a Colón, eso quería. Entonces ocurrió la discusión lógica por la exigencia a su edad, antes de la aceptación final. Era el sueño de su vida. Más de ochenta horas sobre un colectivo, entre ida y vuelta, para ver un partido de fútbol. Con el riesgo de regresar derrotado. Pero valía la pena. Su amor por Colón todo lo justificaba. Y fueron juntos, abuelo y nieta.
Un día, un par de hombres que valoraban la humildad del hombre con mente de niño, decidieron regalarle un viaje. Hasta Rafaela, una ciudad no tan lejana con fútbol de Primera. Ya el viaje en auto fue toda una aventura para quien, al límite de los sesenta, había cambiado el galopar por el trotar sobre el lomo de su caballo. La llegada hasta el estadio le generó tanta maravilla como aquella primera y lluviosa imagen televisiva. Hasta que Alfonso estuvo por fin ante su Colón en un estadio de verdad, el Monumental. No importa el resultado, porque lo fundamental es que el hombre de la tierra arada, de las manos callosas, de andar silencioso y mirada trémula, Alfonso, esa tarde terminó de entender la pasión.
Hay una foto que es la imagen del amor por los colores, por un equipo, por el fútbol en general. La cara de Omar, vestido con la camiseta sangre y luto apenas cubierta por una campera negra, la gorra con el escudo de Colón, las manos de anciano vital aferradas al grueso cable que hace de baranda, y en medio de decenas de hombres que saltan y gritan por el último penal que le da a su equipo el pasaje a la final soñada, sus ojos testigos de la hazaña deportiva y su boca bien abierta en el grito sagrado mientras Florencia prepara el abrazo. La imagen de la emoción. ¿Usted no entiende de qué se trata el fútbol, cómo es que nos apasionamos tanto? Mire esa foto y entenderá todo.
¿Y qué hago yo, hincha de Atlético y Unión recordando una vieja nota y relatando tal vez la victoria más grande de Colón? Cumpliendo con mi función. No la de escribidor. La de hincha de fútbol, ese deporte que siempre es una excusa para ser feliz.

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