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La otra mirada

La Casa Maldita

Publicado el

D. Camusso

“No tengas miedo, las maldiciones no existen, son solo sugestión, es la mente que te juega una mala pasada. Mírame, ¡mírame bien! Y repite conmigo. Las maldiciones no existen, ni las casas embrujadas, ni los monstruos”, le dice Matías Elías Díaz a Irene Renée Levene en La Casa Maldita, el libro de Ricardo Mariño. Luego se da vuelta y murmura por lo bajo, “Y si existieran los monstruos, no vendrían, le tendrían miedo a esta casa”.
Cuando miré la cara del plateísta que estaba cerca de mi lugar de trabajo, apenas terminado el partido entre Atlético y Quilmes, certifiqué que el fútbol es un mapa de la condición humana. Es que ningún deporte como éste entrena en alegrías, en engaños, en decepciones, en júbilos, en lealtades, en encuentros y en adioses. Todo eso es posible en todos los partidos, fundamentalmente en aquellos como éste, en que se juega mucho más que tres puntos. Y cuando el equipo del que se es hincha termina otro encuentro más sin conseguir la victoria en su estadio y la ubicación en la tabla comienza a ser muy incómoda, el fútbol se termina por convertir en un recurso para aprender a vivir con el dolor.
Atlético se miró al espejo en los días previos y se vio desmejorado. Entonces Walter Otta decidió un par de cambios seguramente buscando conseguir lo que este equipo no ha tenido hasta aquí: generación de juego. Porque este Atlético, que tiene algunos puntos menos de los que ha merecido, se había mostrado en los dos primeros partidos como un equipo sin brillo aunque con chances de crecer. Pero en el último encuentro, que increíblemente no fue victoria por la ineptitud del árbitro, se vio la peor versión por lejos. ¿Mejoró con los cambios? En la intención, solo en eso.
En esta categoría, en el centro del campo no hay espacios para un balón ni tiempo para un pestañeo. Sin embargo, los campos miden lo que han medido toda la vida, de modo que las explicaciones hay que buscarlas en otra parte. Este Atlético corre y mete, y busca correctamente el gol con disparos desde media y larga distancia. Defiende bien en general pero tiene desatenciones grotescas que arruinan largamente el análisis sobre sus tácticas de contención. Pero hay otra razón más preocupante, no tiene mediocampistas que le den elasticidad, sensatez y atractivo a su juego de equipo. Y fundamentalmente, que entreguen alguna asistencia o un desborde con centros que amenacen la defensa del rival. El partido de este lunes demostró que para dominar hacen falta cuatro mediocampistas, y para marcar goles no alcanza con dos delanteros sin voracidad. Así como decimos que la defensa incumbe a todo el equipo, es el momento de entender que, ante la falta de especialistas, los goles también son un compromiso colectivo.
El equipo dominó y dispuso de chances de gol, incluido un penal disparado con exceso de suficiencia o de falta de confianza. Pero los que deben llegar al grito sagrado son como el Sátiro virgen, aquel entrañable personaje de Oskar Blotta. ¿Será nomás que habrá que buscar un brujo para combatir la maldición del Monumental? Es que ese estadio que alguna vez fue un bastión que daba respaldo a buenas campañas y generaba el temor y el fastidio de los entrenadores visitantes, desde hace varios años se ha convertido en una Casa Maldita. Yo no creo en brujerías, pero mientras escribo ésto coloco un manojo de ruda en las puertas y ventanas para ahuyentar los malos espíritus. Por las dudas. Le recomiendo a los dirigentes de Atlético que hagan lo mismo en el Monumental. Y al entrenador que trabaje el doble con sus futbolistas. Y que pateen penales hasta el amanecer. Porque no hay otro antídoto para la impericia.

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