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La otra mirada

La casa está en orden

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«La batalla entre el amor y el miedo determina el fin de la contienda para acabar con un maleficio. Sí simplemente pudiéramos sentir un amor profundo hacia la vida, Dios, la naturaleza o el propio fútbol, de tal magnitud que las lágrimas brotaran de nuestros ojos, sería una manera simple de limpiar nuestra aura de cualquier influencia negativa tanto interna como externamente. El amor barre con cualquier clase de maleficio», Andrea Salgado, escritora y periodista española.
La sensación es de alivio. La mía e, imagino, la del resto de los hinchas de Atlético. Incluidos, claro está, los dirigentes, jugadores e integrantes del cuerpo técnico. Es la primera sensación, incluso por sobre la felicidad, esa felicidad tan fuerte como efímera que entrega una victoria en fútbol. Lo primero que hago es dejar pasar unos minutos para que la columna no este demasiado impregnada de triunfalismo. Es que nos costaba tanto sumar de a tres en casa que ya ni siquiera imaginaba lo que sentiría en el reencuentro. En la previa el análisis era claro: «Hay que ganar este partido. No hay otro. Porque después de la derrota ante All Boys y de tantas frustraciones en el Monumental, si hoy no se gana el clima va a ser pesado», me decía un amigo en la mañana del viernes. Y a medida que se acercaba el horario del juego los fantasmas de un momento difícil se agigantaban. El tema era como haría este equipo sin juego y con una alarmante fragilidad defensiva para lograr esa victoria.
Hay una frase de Jorge Luis Borges, «Siempre el coraje es mejor», que se condice con el pensamiento de Jorge Valdano: «Decir que si es triunfar sobre el miedo». Pareció, y quiero creer que fue así, que el entrenador de Atlético logró convencer a sus jugadores, los mismos que no conseguían ser un equipo que valiera la pena ver hace solo unos días, que podían jugar bien y ganar si se lo proponían, si tenían el valor de intentarlo. Tal vez sin saberlo, apostaba al concepto de esas dos frases y a aquella de Salgado, «el amor barre con cualquier clase de maleficio». En este caso el amor al juego terminó, al menos por esta vez, con esa maldición que sufría el Monumental. Porque si algo tuvo el equipo en la noche de viernes fue determinación para buscar la victoria con la sana intención de hacerlo jugando.
¿Fue entonces una actuación soberbia, sin fisuras? No, para nada. Queda claro que le cuesta generar juego, y que las falencias defensivas son alarmantes. Pero en una categoría con excesos de grises, la determinación y la convicción pueden ser determinantes. Y esta vez ocurrió.
A diferencia de aquella victoria ante el otro Gimnasia, en Mendoza, cuando se ganó sin merecerlo, tal vez esta alegría sirva para iniciar un camino distinto. Aquellos tres puntos eran importantes para sumar en la tabla, pero no dio impulso futbolístico simplemente porque no se consiguió con juego. Esta vez la victoria se logró con mérito y buen juego, escaso pero incipiente, que antes el equipo no había mostrado.
Ganar regala tiempo para construir futuro. Otta dio un golpe de timón que, ojalá, le permitirá hacer «su» equipo, es decir, lograr que este Atlético juegue como él quiere. Él y sus futbolistas saben que en pocos días habrá que rendir un nuevo examen. Pero entendieron que pueden vencer si hacen las cosas bien. Algo tranquilizador después de haber estado cerca de acostumbrarse al fracaso.
No me voy a meter en política en estos tiempos de definiciones, pero recordar a Ricardo Alfonsín siempre es una caricia para el alma. Como también aquella frase del título, expresada cuando salíamos de una noche dramática. En este tiempo en donde la localía pasó a ser u trauma, he leído y escuchado decenas de análisis sobre el tema. Sobremanera a entrenadores, nuestros y ajenos, que explicaban lo que para nosotros era inexplicable. Imaginé antes del partido los pizarrones de ambos vestuarios llenos de flechas y cruces, y computadoras que mostraban rendimientos físicos y todas esas cosas que distinguen al fútbol moderno. Pero recordé que hace unos años, un viejo técnico argentino aseguraba que en fútbol no hay nada más antiguo que el balón y sin embargo sigue siendo redondo. Eso es, y lo siguen gestionando los jugadores. Como Ijiel Protti, ese goleador de andar incierto que nos regaló estas horas de felicidad. Ojala solo sea una muestra de lo que viene.

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