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Historias del Automovilismo

Las carreras se ganan cuando bajan la bandera

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En los primeros años de la década del 60 el motociclismo estaba en pleno auge, normalmente se disputaban tres carreras por mes. En esa etapa viví uno de los momentos más intensos de mi vida como corredor de motos, tal era la actividad que en un las carreras son así, se ganan en la pista, cuando bajan la bandera, lo demás es puro cuento.


Un domingo participaba en tres categoría diferentes con sus respectivas series y, como si todo eso no fuera suficiente, en las fechas libres casi siempre recibía invitaciones para correr en otras provincias, como por ejemplo en Tucumán, Corrientes, Chaco, etc.

“las carreras son así, se ganan en la pista, cuando bajan la bandera, lo demás es puro cuento.”

Transcurría el mes de setiembre del 62, cuando fui invitado para competir en un espectáculo nocturno de motociclismo que se realizaba en la ciudad de Colón, en la Pcia. de Buenos Aires, en cuya programación estaban las categorías 50, 100 y 175 c.c.. Habitualmente, cuando me trasladaba a competir a lugares distantes, trataba de llevar dos motos, para asegurarme poder correr en caso de rotura de una de ellas y de esa manera salvar, aunque sea medianamente, el viaje. Es por eso que viajé con una Tehuelche, de 100 c.c., cuatro tiempos, que estaba muy bien preparada, a tal punto que fue una de las motos más veloces que conduje en esa cilindrada y para 175 c.c. llevé una Gilera, propiedad del inolvidable Manlio Romitelli, una moto de excelente performance. Hacia Colón partimos con Manlio, con la casi seguridad de que, si todo transitaba por carriles medianamente normales, volvíamos a Rafaela con dos triunfos.


Salimos un viernes por la noche, como si fuera un mal presagio, a poco de salir se desató una tormenta con vientos muy fuertes, que nos obligó a refugiarnos por un largo rato en una estación de servicio. Llegamos a destino el sábado por la mañana y por la tarde pudimos probar sin ningún contratiempo. Después de los ensayos y de poner las motos a punto para el óvalo, estábamos convencidos que de no pasar nada raro podía ganar en las dos categorías.


Llegó la noche y con ella la hora de la verdad, gané la primera serie de 100 c.c. y la de 175 c.c. Todo andaba fenómeno hasta que llegó la final de 100 c.c. y apareció un piloto de Colón, Inchauza, con una Tehuelche más rápida que la mía y me ganó. Fue la primer sorpresa, pero todavía faltaba correr en 175 y en esa estaba seguro que el triunfo no se podía escapar, porque la moto andaba muy rápido. Pero como no hay primera sin segunda, llegó la otra sorpresa, porque un piloto de Buenos Aires, Juan Carlos Fernández, un piloto excepcional también con una Gilera, me ganó en buena ley.


El regreso no fue muy alegre, quizás estaba demasiado acostumbrado a ganar y no me hizo nada feliz salir segundo las dos veces. Pero, como todo en la vida, esto también me dejo una enseñanza: las carreras son así, se ganan en la pista, cuando bajan la bandera, lo demás es puro cuento.

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