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Historias del Automovilismo

Una carrera para el recuerdo

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Por Jorge Ternengo. Realizar una carrera con los autos de Indianápolis era un sueño con mucho de utopía, que los dirigentes de Atlético, tanto los pioneros organizadores de las míticas 500 Millas como los que los sucedieron, anidaron en el tiempo. Sueño comprensible si pensamos que nuestras 500 fueron inspiradas justamente en la agotadora carrera norteamericana.
Como siempre que se ponen en juego enormes dosis de fe y sacrificio, los sueños, por más inalcanzables que parezcan, terminan por hacerse realidad. Y así ocurrió en este caso, en el que como resultado de una empresa titánica, se logró el objetivo largamente anhelado, en el que algunos escépticos solamente creyeron cuando con asombro, vieron arribar las máquinas a Rafaela..

Todo se dio hasta que los americanos aceptaron el desafío de salir por primera vez de su reducto para trasladarse a una pequeña comunidad del extremo sur del continente, una ciudad tranquila y apacible, amante de los fierros y la velocidad.. Trajeron autos muy modernos y otros no tanto, pero cumplieron el compromiso, con ellos llegaron todos los componentes de ese “circo”: dirigentes, mecánicos, familiares.
La ciudad recibió a los visitantes con la algarabía de una espléndida fiesta. Los norteamericanos sintieron el calor fraterno y las manos extendidas francas y generosas, en todo lugar al que concurrían. Rafaela se puso sus mejores galas y se brindó con gozo y emoción.

Todavía hoy, pasados bastantes años, los memoriosos recuerdan con pasión esas 300′, y también suelo escuchar el lamento de muchos por no haberlas presenciado y no haber visto rodar esos bólidos a más de 350 km/h en las rectas del autódromo de Atlético.
Volviendo a la carrera en sí, la gente de Indy trajo algunos autos para alquilar a pilotos argentinos y fui invitado junto a otros corredores, para participar representando al país. Era una oportunidad fantástica para alguien que como yo amaba los monopostos y sentía especial predilección por el óvalo y las altas velocidades que se pueden desarrollar.

Para realizar las tratativas correspondientes me reuní con el manager de la categoría, personaje famoso de la troupe que se encargaba de ese aspecto, entre otras muchas cosas.Traductor mediante, nuestra conversación comenzó con el tema del alquiler requerido para pasar luego a aspectos técnicos. Al preguntarle qué potencia tenía el motor y qué combustible utilizaba el auto que me ofrecían, la respuesta a la primera cuestión fue 700 HP y a la segunda, aeronafta. Inmediatamente le dije que era imposible, ya que para tener esa potencia necesitaba utilizar alcohol metílico como carburante. Al advertir cierta inquietud en su rostro le aclaré que unos años atrás había presenciado la carrera de Indianápolis, había visitado los talleres y los boxes y había conversado con preparadores, entre ellos el mítico Colin Chapman, razón por la cual, unido a las frecuentes lecturas que realizaba sobre el automovilismo de su país, tenía bastante información técnica al respecto. Frente a mis palabras aclaró que bueno…, no tendría 700, andaría por los 500 ! Pavada de diferencia; 200 HP.! La conversacion terminó con mi compromiso de contestar al día siguiente por sí o por no.

Debía tomar una decision nada fácil, por un lado estaban mis tremendas ganas de correr, pero eso significaba embarcar a mis sponsors, tres empresas de Buenos Aires, en algo que sabía de antemano, sería un gran fracaso. ¿Por qué ? Muy simple, porque evidentemente el auto era obsoleto. Si bien yo no pretendía un coche súper, lo que hubiera sido incoherente, sí algo que me permitiera desempeñarme con decoro. No se trataba únicamente de darme el gusto, sino del compromiso asumido con esas empresas que me apoyaban habitualmente. Lo conversé largamente con ellos, con la gente que me rodeaba y en la que confiaba, lo analicé acompañado y a solas. Finalmente, dejando de lado mis ansias de ver cumplido un anhelo de casi toda la vida, decidí no alquilar el auto, por respeto a los sponsors y a todos mis hinchas rafaelinos, porque en esas condiciones, no tenía sentido. El día de la carrera pude comprobar que no me había equivocado, ya que el coche, tripulado por un americano, marchaba cómodamente entre los últimos.

Al advertir cierta inquietud en su rostro le aclaré que unos años atrás había presenciado la carrera de Indianápolis, había visitado los talleres y los boxes, y había conversado con preparadores, entre ellos el mítico Colin Chapman, razón por la cual, unido a las frecuentes lecturas que realizaba sobre el automovilismo de su país, tenía bastante información técnica al respecto. Frente a mis palabras aclaró que bueno…, no tendría 700, andaría por los 500 ! Pavada de diferencia; 200 HP.! La conversación terminó con mi compromiso de contestar al día siguiente por sí o por no.

Viví una tremenda desilución, la dolorosa frustración de ver escaparse la posibilidad de cumplir el sueño del pibe: correr un auto de Indy, en el óvalo de mi ciudad y frente a mi gente. Más redondo, imposible.
El domingo, cuando escuché el grito de: ” Señores, pongan en marcha los motores”, y el ruido descomunal hizo temblar el asfalto, al tiempo que rugían las tribunas, un nudo cerró mi garganta. Se esfumaba, ahora sé que definitivamente, mi ilusión, pero Rafaela vivía un momento trascendente porque los monstruos de Indy estaban haciendo historia grande en el autódromo. Vaya mi tristeza por la alegría de la ciudad y su gente.

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